10 datos del universo que parecen imposibles
El último cambia cómo ves el cielo nocturno.
29 de septiembre de 2026 · 26 min de lectura
El universo está lleno de cosas que desafían la intuición: planetas que giran al revés, estrellas tan densas que una cucharada pesaría como una montaña y tormentas que duran siglos. Lo que vemos en el cielo, además, siempre es el pasado.
Estos diez datos no son curiosidades sueltas. Cada uno explica algo importante sobre cómo funcionan los planetas, las estrellas y la luz, cómo lo descubrieron los astrónomos y qué preguntas siguen abiertas.
DATO 10Un día en Venus dura más que su año
Venus es el planeta más parecido a la Tierra en tamaño y masa, y aun así es un mundo completamente distinto. Una de sus rarezas más famosas es su rotación: gira sobre sí mismo tan despacio que una vuelta completa le lleva unos 243 días terrestres. En cambio, tarda solo unos 225 días en completar una órbita alrededor del Sol. Es decir, su “día”, medido como una rotación completa respecto a las estrellas, es más largo que su año.
Aquí hay un matiz importante que muchas veces se olvida. Los astrónomos distinguen entre el día sideral, el tiempo que tarda un planeta en girar 360 grados respecto a las estrellas lejanas, y el día solar, el tiempo entre dos amaneceres. En la Tierra casi coinciden: el sideral dura 23 horas y 56 minutos, y el solar, 24 horas. En Venus son muy diferentes. Como gira al revés mientras avanza en su órbita, los dos movimientos se combinan y el tiempo entre un amanecer y el siguiente es de unos 117 días terrestres. Aun así, un observador en Venus vería menos de dos amaneceres en todo un año venusiano.
¿Por qué gira tan despacio? No se sabe con total certeza, pero la explicación más aceptada tiene que ver con su atmósfera, que es enormemente densa. En la superficie, la presión es unas 90 veces mayor que en la Tierra, similar a la que hay a casi un kilómetro de profundidad en el océano. Esa atmósfera está formada en un 96 % por dióxido de carbono. El Sol calienta esa masa de gas y la hace moverse, y las mareas que provoca el Sol sobre ella, junto con las mareas sobre el propio planeta, habrían ido frenando su giro a lo largo de miles de millones de años hasta dejarlo en un equilibrio casi estático.
Otro dato curioso es que la atmósfera de Venus gira muchísimo más rápido que el planeta. En las capas altas, los vientos dan la vuelta completa al planeta en solo cuatro días terrestres, un fenómeno llamado superrotación. Es decir, el suelo casi no se mueve, pero el cielo corre a más de 300 km/h. Este fenómeno todavía no se entiende del todo y es uno de los objetivos de las próximas misiones a Venus.
Venus también es el planeta más caliente del sistema solar, más que Mercurio, aunque está al doble de distancia del Sol. Su superficie ronda los 465 °C, suficiente para fundir el plomo, por un efecto invernadero descontrolado: el dióxido de carbono atrapa el calor y no lo deja escapar. Las pocas sondas que han aterrizado allí, las soviéticas Venera, sobrevivieron entre unos minutos y dos horas antes de quedar destruidas por el calor y la presión. En los próximos años, las misiones VERITAS, DAVINCI y EnVision estudiarán su atmósfera y su superficie.
Venus fue durante siglos un enigma. Hasta mediados del siglo XX, algunos científicos imaginaban que bajo sus nubes podía haber pantanos o selvas tropicales. Las primeras sondas, como la Mariner 2 en 1962, acabaron con esa idea al medir temperaturas altísimas.
Por qué importa. Venus nos enseña cómo la atmósfera y las mareas pueden transformar un planeta muy parecido a la Tierra en uno radicalmente distinto, y ayuda a entender los riesgos de un efecto invernadero extremo.
DATO 9En Venus el Sol sale por el oeste
En el sistema solar hay una especie de regla general: casi todos los planetas giran sobre sí mismos en el mismo sentido en que orbitan el Sol, que visto desde encima del polo norte es en sentido contrario a las agujas del reloj. Esta dirección común se explica por cómo se formó el sistema solar, a partir de una nube de gas y polvo que giraba en una sola dirección. Al condensarse en planetas, estos heredaron ese giro. Venus rompe la regla: gira al revés, en lo que los astrónomos llaman rotación retrógrada.
La consecuencia más llamativa es que en Venus el Sol sale por el oeste y se pone por el este. Aunque, como vimos, un amanecer allí es un acontecimiento lento que ocurre cada 117 días terrestres. Además, desde la superficie de Venus no se vería nada: sus nubes de ácido sulfúrico cubren todo el cielo y dejan pasar solo una luz anaranjada y difusa.
¿Por qué gira al revés? No se sabe con certeza, y hay varias hipótesis. La primera propone que, al principio de su historia, Venus recibió un gran impacto de otro cuerpo grande que invirtió o alteró su giro. La segunda sostiene que el planeta en realidad está “boca abajo”: su eje se habría inclinado casi 180 grados por efectos de las mareas y de la fricción entre su núcleo y su manto, de modo que, visto desde fuera, parece girar al revés. Una tercera propone que la propia atmósfera, empujada por las mareas solares, fue frenando el giro original y acabó invirtiéndolo poco a poco. Es posible que la respuesta sea una combinación de estos procesos.
Venus no es el único caso raro. Urano tiene su eje de rotación inclinado unos 98 grados, así que gira prácticamente tumbado, como una pelota rodando sobre su órbita. Esto provoca estaciones extremas: cada polo pasa unos 42 años seguidos de día y luego 42 años de noche. La explicación más aceptada es que un choque gigante con un cuerpo del tamaño de la Tierra lo volcó al principio de su historia. Técnicamente, Urano también tiene rotación retrógrada.
Fuera de los planetas, hay muchas lunas y asteroides que giran u orbitan al revés. Por ejemplo, Tritón, la luna más grande de Neptuno, orbita en sentido contrario al giro de su planeta, lo que hace pensar que no se formó allí, sino que fue un objeto del cinturón de Kuiper capturado por la gravedad de Neptuno.
Estas “excepciones” son muy valiosas para los astrónomos, porque son como huellas de los acontecimientos violentos que marcaron la formación del sistema solar. Los choques gigantes eran frecuentes hace más de 4.000 millones de años: uno de ellos, entre la Tierra joven y un cuerpo del tamaño de Marte llamado Tea, habría formado nuestra Luna.
Incluso fuera del sistema solar se han encontrado planetas que orbitan al revés que el giro de su estrella, lo que confirma que el caos gravitatorio es habitual en la formación de sistemas planetarios.
Por qué importa. Estas rarezas son pistas sobre los choques y fuerzas que dieron forma al sistema solar joven, y ayudan a entender por qué cada planeta es como es.
DATO 8Una cucharadita de estrella de neutrones pesaría miles de millones de toneladas
Una estrella de neutrones es lo que queda cuando una estrella muy masiva, de entre unas 8 y 25 veces la masa del Sol, llega al final de su vida. Durante millones de años, esas estrellas fusionan elementos en su núcleo, desde hidrógeno hasta hierro. Cuando el núcleo se llena de hierro, que no puede fusionarse liberando energía, la estrella ya no puede sostenerse contra su propia gravedad. El núcleo colapsa en menos de un segundo y las capas exteriores salen despedidas en una explosión gigantesca: una supernova.
Lo que queda del núcleo se comprime hasta un tamaño increíble. Una estrella de neutrones típica tiene más masa que el Sol, a veces hasta dos veces más, concentrada en una esfera de apenas unos 20 kilómetros de diámetro, más o menos el tamaño de una ciudad. Para hacerse una idea, sería como meter toda la masa del Sol, que es 330.000 veces la de la Tierra, en un espacio no mayor que Madrid.
A esa densidad, la materia se comporta de forma muy distinta. Los átomos, que normalmente son casi todo espacio vacío, se aplastan. Los electrones son empujados dentro de los núcleos y se combinan con los protones para formar neutrones, de ahí el nombre. El resultado es una especie de núcleo atómico gigante. Una cucharadita de ese material pesaría miles de millones de toneladas, más que todos los coches del mundo o que una montaña entera.
Su gravedad en la superficie es tan intensa que un objeto que cayera desde un metro de altura llegaría al suelo a unos 7 millones de kilómetros por hora. La estrella es tan compacta que su superficie es extraordinariamente lisa: las “montañas” más altas medirían, como mucho, unos milímetros. Además, muchas tienen campos magnéticos billones de veces más fuertes que el de la Tierra; las que tienen los más extremos se llaman magnetares.
Muchas estrellas de neutrones giran a velocidades enormes, porque al encogerse conservan el giro de la estrella original, igual que una patinadora gira más rápido al recoger los brazos. Algunas giran cientos de veces por segundo. Mientras giran, emiten haces de radiación desde sus polos magnéticos. Si uno de esos haces apunta hacia la Tierra, vemos un destello regular, como el de un faro: son los púlsares. El primero lo descubrió en 1967 la astrónoma Jocelyn Bell Burnell, que al principio lo apodó en broma “LGM-1”, little green men, porque su señal era tan regular que parecía artificial.
En 2017, los detectores LIGO y Virgo captaron las ondas gravitacionales producidas por el choque de dos estrellas de neutrones. Telescopios de todo el mundo observaron después el resplandor del choque, y confirmaron que en estos eventos se fabrican elementos pesados como el oro y el platino. Es decir, parte del oro de tus joyas pudo formarse en una colisión así.
Por qué importa. Las estrellas de neutrones son laboratorios naturales para estudiar la materia en condiciones imposibles de crear en la Tierra, y explican el origen de algunos de los elementos más valiosos que conocemos.
DATO 7La luz del Sol que ves salió de él hace 8 minutos
La luz es lo más rápido que existe: viaja por el vacío a unos 299.792 kilómetros por segundo, casi 300.000 km cada segundo. Es tan rápida que podría dar unas siete vueltas y media a la Tierra en un segundo. Aun así, el universo es tan grande que incluso a esa velocidad la luz tarda en llegar. El Sol está a unos 150 millones de kilómetros de la Tierra, así que su luz tarda unos 8 minutos y 20 segundos en alcanzarnos.
Eso significa que cuando miras el Sol, aunque no debes hacerlo directamente, lo ves como era hace unos ocho minutos. Si el Sol desapareciera de golpe, seguiríamos viéndolo brillar durante ese tiempo, y durante esos mismos minutos la Tierra seguiría girando alrededor de su posición. Esto se debe a que los cambios en la gravedad, según la teoría de Einstein, también viajan a la velocidad de la luz. En 2017 esto se comprobó al detectar las ondas gravitacionales y la luz del choque de dos estrellas de neutrones llegando casi a la vez.
La distancia entre la Tierra y el Sol no es fija, porque nuestra órbita es ligeramente elíptica. A principios de enero estamos en el punto más cercano, el perihelio, a unos 147 millones de kilómetros, y a principios de julio en el más lejano, el afelio, a unos 152 millones. Por eso el tiempo que tarda la luz varía unos pocos segundos a lo largo del año. Curiosamente, en el hemisferio norte estamos más cerca del Sol en pleno invierno, lo que demuestra que las estaciones no dependen de la distancia, sino de la inclinación del eje terrestre.
Otro dato sorprendente tiene que ver con el viaje de la energía dentro del propio Sol. La luz se produce en su núcleo, a unos 15 millones de grados, por la fusión del hidrógeno en helio. Pero el interior del Sol es tan denso que los fotones chocan una y otra vez con la materia, cambiando de dirección millones de veces. Se calcula que la energía tarda entre decenas de miles y cientos de miles de años en llegar desde el núcleo a la superficie. Después, solo necesita ocho minutos para llegar hasta ti. La luz que calienta hoy tu piel empezó su viaje cuando los humanos aún vivían en la Edad de Piedra.
La velocidad de la luz se midió por primera vez de forma aproximada en 1676, cuando el astrónomo danés Ole Rømer notó que los eclipses de las lunas de Júpiter se adelantaban o se retrasaban según la distancia entre la Tierra y Júpiter. Dedujo que la luz no llega de forma instantánea y estimó su velocidad. Hoy su valor está fijado por definición y se usa para definir el metro.
Este retraso de la luz también afecta a las misiones espaciales. Una señal de radio tarda unos 1,3 segundos en ir a la Luna, entre 3 y 22 minutos en llegar a Marte según la posición de los planetas, y más de 22 horas en alcanzar a la sonda Voyager 1. Por eso los rovers de Marte no se pueden conducir en tiempo real con un mando: reciben instrucciones y deben tomar algunas decisiones por su cuenta.
Por qué importa. En astronomía la distancia y el tiempo van unidos: mirar lejos es mirar al pasado, y entender la velocidad de la luz es clave para comunicarnos con las naves que enviamos al espacio.
DATO 6Los anillos de Saturno son casi todo hielo
Los anillos de Saturno son probablemente la imagen más reconocible del sistema solar. Están formados sobre todo por fragmentos de hielo de agua, con una pequeña proporción de roca y polvo. Los trozos van desde granos microscópicos hasta bloques del tamaño de una casa, y cada uno orbita alrededor del planeta como una diminuta luna. Su color claro y brillante se debe precisamente a ese hielo, que refleja muy bien la luz del Sol.
Sus dimensiones son desconcertantes. Los anillos principales se extienden a lo largo de unos 280.000 kilómetros, casi tres cuartas partes de la distancia entre la Tierra y la Luna. Pero su grosor, en muchas zonas, es de apenas unos 10 metros, y en las partes más gruesas no pasa de un kilómetro. Si hicieras una maqueta a escala con los anillos del ancho de un campo de fútbol, serían más finos que una hoja de papel. Por eso, cuando la Tierra pasa por el plano de los anillos, cada 13 a 16 años, casi desaparecen de la vista desde los telescopios.
Los anillos no son una lámina continua, sino un conjunto de bandas separadas por huecos. El más famoso es la división de Cassini, descubierta en 1675 por el astrónomo Giovanni Cassini. Estos huecos no están vacíos por casualidad: los provocan las lunas de Saturno, cuya gravedad empuja a las partículas de ciertas órbitas. Algunas lunas pequeñas, llamadas lunas pastoras, como Prometeo y Pandora, viajan junto a los bordes de los anillos y los mantienen estrechos y bien definidos.
Galileo fue el primero en ver los anillos con un telescopio, en 1610, pero su aparato no tenía suficiente resolución. Le parecieron dos “orejas” o dos lunas pegadas al planeta, y se quedó muy desconcertado cuando, dos años después, desaparecieron. Fue Christiaan Huygens quien, en 1655, explicó que se trataba de un anillo fino y plano que no tocaba el planeta.
La sonda Cassini, que orbitó Saturno entre 2004 y 2017, cambió lo que sabíamos. Mostró ondas, remolinos y “hélices” en los anillos, formadas por pequeñas lunas ocultas en su interior. En su fase final, llamada Grand Finale, se lanzó varias veces por el hueco entre el planeta y los anillos, y midió su masa. Los datos sugieren que los anillos podrían ser relativamente jóvenes, de solo unos cientos de millones de años, aunque este tema sigue en debate.
Además, los anillos están perdiendo material: el hielo cae poco a poco sobre Saturno, atraído por la gravedad y el campo magnético del planeta, en un fenómeno llamado “lluvia de anillos”. Algunos cálculos indican que podrían desaparecer en unos cientos de millones de años. Saturno no es el único planeta con anillos: Júpiter, Urano y Neptuno también los tienen, aunque mucho más finos, oscuros y difíciles de ver.
Otras lunas de Saturno también alimentan los anillos. Encélado, por ejemplo, lanza chorros de vapor y hielo desde grietas de su polo sur, y ese material forma el tenue anillo E, uno de los más extensos del planeta.
Por qué importa. Estudiar los anillos de Saturno ayuda a entender cómo se forman los planetas y las lunas a partir de discos de materia, un proceso que ocurre en todo el universo.
DATO 5La Gran Mancha Roja de Júpiter es una tormenta más grande que la Tierra
La Gran Mancha Roja es una de las imágenes más famosas del sistema solar. Es una enorme tormenta en la atmósfera de Júpiter, concretamente un anticiclón, es decir, una zona de altas presiones que gira en sentido contrario a las agujas del reloj en el hemisferio sur del planeta. Sus vientos, en los bordes, superan los 400 kilómetros por hora, más que los huracanes más intensos de la Tierra.
Su tamaño es enorme. Hoy mide unos 14.000 kilómetros de ancho, así que la Tierra entera cabría dentro. Pero en el siglo XIX era mucho mayor: las observaciones de 1879 indican unos 40.000 kilómetros, suficiente para tres Tierras en fila. Desde entonces se ha ido encogiendo y haciéndose más redonda. En las últimas décadas el ritmo de reducción se ha acelerado, y los científicos siguen su evolución con telescopios y sondas, aunque no saben si llegará a desaparecer.
Su antigüedad también es sorprendente. Se observa de forma continua desde 1830. Es posible que el astrónomo Giovanni Cassini viera una mancha parecida en 1665, pero no está claro si era la misma tormenta, porque hay un largo periodo sin observaciones. En cualquier caso, lleva al menos casi dos siglos activa, algo impensable en la Tierra, donde incluso los huracanes más duraderos se disipan en pocas semanas al tocar tierra o al perder el agua cálida que los alimenta.
¿Por qué dura tanto? Júpiter es un gigante gaseoso sin superficie sólida. No hay montañas ni continentes que frenen la tormenta, y el planeta tiene un calor interno propio que alimenta la atmósfera. Además, la mancha se “come” tormentas más pequeñas que chocan con ella, lo que podría ayudar a mantenerla. La sonda Juno, que orbita Júpiter desde 2016, descubrió que la tormenta tiene profundidad: se extiende unos 300 a 500 kilómetros hacia el interior del planeta, mucho más que las nubes de la Tierra.
Su color rojizo sigue siendo en parte un misterio. La explicación más aceptada es que la tormenta eleva compuestos químicos desde capas profundas hasta zonas altas de la atmósfera, donde la radiación ultravioleta del Sol los altera y los tiñe de rojo o marrón. Su intensidad cambia con los años: a veces es de un rojo intenso y otras casi de color salmón pálido.
Júpiter tiene otras tormentas, como el Óvalo BA, apodado “Mancha Roja Junior”, que se formó en el año 2000 al fusionarse tres óvalos blancos y que más tarde se volvió rojiza. El planeta también presenta auroras gigantes en sus polos, rayos más potentes que los de la Tierra y una estructura de bandas de nubes que corren en direcciones opuestas.
Cualquier persona con un telescopio pequeño puede verla en noches claras, aunque ayuda saber cuándo está orientada hacia la Tierra, porque Júpiter da una vuelta completa en menos de diez horas, el día más corto de todos los planetas del sistema solar.
Por qué importa. La Gran Mancha Roja es el mejor ejemplo de que en otros planetas las tormentas pueden durar siglos, y estudiarla ayuda a entender cómo funcionan las atmósferas, incluida la nuestra.
DATO 4En Marte está el volcán más alto conocido del sistema solar
El Monte Olimpo, en Marte, es el volcán más alto conocido del sistema solar. Se eleva unos 22 kilómetros sobre la llanura que lo rodea, unas 2,5 veces la altura del Everest desde el nivel del mar. Pero su tamaño más impresionante es su anchura: su base mide unos 600 kilómetros de diámetro, más o menos como la península ibérica, o como el estado de Arizona. Está rodeado de acantilados de hasta 8 kilómetros de altura en algunos puntos.
En su cima hay una gran caldera, formada por varios cráteres que se hundieron cuando la cámara de magma de debajo se vació. Mide unos 80 kilómetros de largo y hasta 3 kilómetros de profundidad. Desde allí, un astronauta vería un paisaje extraño: como el volcán es tan ancho y la curvatura de Marte es mayor que la de la Tierra, la base del volcán quedaría por debajo del horizonte. Es decir, desde la cima no se vería que estás en lo alto de una montaña.
Es un volcán en escudo, el mismo tipo que los de Hawái, como el Mauna Loa. Estos volcanes se forman con lava muy fluida que se extiende lejos antes de enfriarse, creando laderas suaves. Las pendientes del Monte Olimpo tienen una inclinación media de apenas unos 5 grados, tan suave que, si caminaras por ellas, casi no notarías que subes.
¿Por qué pudo crecer tanto? Hay dos razones principales. La primera es que Marte no tiene placas tectónicas que se muevan. En la Tierra, las placas se desplazan sobre los puntos calientes del manto, de modo que el volcán se aleja de su fuente de magma y se forma una cadena de islas, como en Hawái. En Marte, el volcán permaneció quieto durante cientos de millones de años sobre la misma fuente, acumulando capa tras capa de lava. La segunda razón es que la gravedad en Marte es solo un 38 % de la terrestre, así que las montañas pueden elevarse más sin hundirse por su propio peso.
El Monte Olimpo forma parte de una región volcánica llamada Tharsis, donde hay otros tres grandes volcanes alineados, los Montes Tharsis. La enorme masa de esta región deformó la corteza marciana y provocó la formación del Valles Marineris, un sistema de cañones de más de 4.000 kilómetros de largo y hasta 7 kilómetros de profundidad, que haría parecer pequeño al Gran Cañón del Colorado.
Algunas zonas del Monte Olimpo tienen muy pocos cráteres de impacto, lo que indica que hubo erupciones relativamente recientes en términos geológicos, quizá hace unos pocos millones de años. No se sabe si todavía está activo, pero es poco probable que entre en erupción pronto.
La sonda Mars Global Surveyor, la Mars Reconnaissance Orbiter y otras naves han cartografiado el volcán con gran detalle. Gracias a ellas se han medido sus coladas de lava, algunas de cientos de kilómetros de largo, y sus deslizamientos de laderas gigantes, que dejaron depósitos a su alrededor.
Por qué importa. Comparar volcanes de distintos planetas ayuda a entender la geología de la Tierra, y la ausencia de placas tectónicas en Marte explica muchas de las diferencias entre ambos mundos.
DATO 3La Luna se aleja de la Tierra unos 3,8 cm cada año
Entre 1969 y 1971, las misiones Apolo 11, 14 y 15 dejaron sobre la Luna unos paneles con espejos especiales llamados retrorreflectores. Son una especie de “ojo de gato”, como los reflectores de las bicicletas: devuelven la luz exactamente en la misma dirección de la que viene, sin importar el ángulo con el que llegue. Los soviéticos también dejaron dos en sus vehículos robóticos Lunojod.
Desde entonces, observatorios de la Tierra, como el de McDonald en Texas o el de Grasse en Francia, disparan pulsos de láser hacia esos espejos y miden cuánto tarda en volver la luz. Como la velocidad de la luz es conocida, pueden calcular la distancia a la Luna con una precisión de milímetros. Es un experimento difícil: de cada billón de fotones que se envían, solo unos pocos vuelven y se detectan.
Gracias a estas medidas sabemos que la Luna se aleja de la Tierra unos 3,8 centímetros al año, más o menos lo que crecen tus uñas. La causa son las mareas. La gravedad de la Luna deforma los océanos de la Tierra y crea dos abultamientos. Como la Tierra gira más rápido de lo que la Luna la rodea, esos abultamientos se adelantan un poco a la Luna y tiran de ella hacia delante. Eso le transfiere energía, y la Luna sube lentamente a una órbita más alta.
A cambio, la Tierra pierde energía de rotación y gira un poco más despacio. Los días se alargan unos 2 milisegundos por siglo. Parece poco, pero a lo largo de cientos de millones de años se acumula. Los fósiles de corales, que crecen con anillos diarios y anuales como los árboles, muestran que hace unos 400 millones de años un año tenía unos 400 días, cada uno de unas 22 horas.
Si el proceso siguiera durante miles de millones de años, la Luna estaría tan lejos que ya no podría cubrir por completo el Sol, y los eclipses totales de Sol dejarían de existir. De hecho, estamos en una época afortunada: ahora la Luna y el Sol tienen casi el mismo tamaño aparente en el cielo. Sin embargo, antes de que la Luna se aleje del todo, el Sol se habrá convertido en una gigante roja y habrá cambiado todo el sistema.
Los retrorreflectores han servido para mucho más. Sus medidas han permitido comprobar la teoría de la relatividad general de Einstein con gran precisión, estudiar si el interior de la Luna tiene un núcleo líquido y confirmar que la constante de la gravedad no ha cambiado de forma apreciable en décadas.
Hoy también se usan satélites para medir con láser distancias en la propia Tierra, por ejemplo la altura del hielo de los polos o el movimiento lento de los continentes, con técnicas muy parecidas a las que se estrenaron con la Luna.
Por qué importa. Estos espejos son uno de los experimentos del programa Apolo que siguen funcionando y dando datos científicos más de 50 años después, y muestran cómo las mareas conectan la Tierra y la Luna.
DATO 2Los astronautas pueden crecer unos centímetros en el espacio
En la Tierra, la gravedad comprime constantemente nuestra columna vertebral. Entre las vértebras hay unos cojines llamados discos intervertebrales, formados por un anillo fibroso y un núcleo gelatinoso rico en agua. Al estar de pie o sentados, esos discos se aplastan un poco y pierden algo de líquido; por la noche, al tumbarnos, se recuperan. Por eso somos alrededor de un centímetro más altos por la mañana.
En el espacio, en microgravedad, esa compresión desaparece casi por completo. Los discos se expanden y la columna se estira, y los astronautas pueden crecer hasta un 3 % de su altura, unos pocos centímetros, durante una misión larga. Por ejemplo, el astronauta de la NASA Scott Kelly volvió unos 5 cm más alto tras casi un año en la Estación Espacial Internacional, en 2016, aunque recuperó su altura normal en pocos días. Los trajes espaciales y los asientos de las naves se diseñan teniendo en cuenta este estirón.
El crecimiento tiene un precio. Muchos astronautas sufren dolor de espalda, sobre todo en la zona lumbar, porque los músculos y los ligamentos se estiran y se debilitan. Al volver a la Tierra, el riesgo de sufrir una hernia discal es varias veces mayor que en la población general, sobre todo en el primer año tras el regreso. Por eso se estudian ejercicios y trajes que “compriman” la columna durante las misiones.
La microgravedad tiene otros efectos en el cuerpo. Los huesos, que no tienen que soportar peso, pierden alrededor de un 1 % de masa ósea al mes en algunas zonas como las caderas, una pérdida parecida a la que sufre en un año una persona mayor con osteoporosis. Los músculos se atrofian, sobre todo los de las piernas y la espalda. Los fluidos del cuerpo se desplazan hacia la cabeza, lo que hincha la cara y puede afectar a la vista: algunos astronautas vuelven con cambios en la forma del ojo que afectan a su visión.
Para contrarrestar estos efectos, los astronautas de la Estación Espacial hacen unas dos horas de ejercicio al día, en una cinta de correr, una bicicleta estática y una máquina de pesas especial que usa cilindros de vacío para simular la resistencia del peso. Se sujetan con arneses y correas para no salir flotando. Aun así, al volver a la Tierra necesitan semanas o meses de rehabilitación para recuperar su fuerza y su equilibrio.
Estos estudios son importantes para planificar futuras misiones largas, como un viaje a Marte, que podría durar más de dos años entre ida, estancia y vuelta. Los científicos también investigan la gravedad artificial, por ejemplo mediante naves que giran, para reducir estos efectos.
También hay efectos en el sistema inmunitario, en la forma de dormir y en el estado de ánimo, por el aislamiento y los ritmos de luz artificiales. El estudio de los gemelos de la NASA comparó a Scott Kelly con su hermano gemelo Mark, que se quedó en la Tierra, y encontró cambios en la expresión de algunos genes, aunque la mayoría volvió a la normalidad tras el regreso.
Por qué importa. Lo que se aprende en el espacio sobre huesos, músculos y columna se usa también en la Tierra para estudiar la osteoporosis, el envejecimiento y los efectos de pasar mucho tiempo en cama.
DATO 1Cuando miras las estrellas estás viendo el pasado
Cuando miras una estrella por la noche, no la ves como es ahora, sino como era cuando salió de ella la luz que llega a tus ojos. Y como las estrellas están increíblemente lejos, esa luz lleva años, siglos o milenios viajando. Para medir esas distancias, los astrónomos usan el año luz, la distancia que recorre la luz en un año: unos 9,46 billones de kilómetros.
Sirio, la estrella más brillante del cielo nocturno, está a unos 8,6 años luz. Así que la ves como era hace casi 9 años. Betelgeuse, la estrella rojiza del hombro de Orión, está a unos 550 a 650 años luz: su luz salió de ella en la Baja Edad Media. Deneb, en la constelación del Cisne, podría estar a más de 2.000 años luz, de modo que la ves como era en tiempos del Imperio romano. La galaxia de Andrómeda, el objeto más lejano que se puede ver a simple vista en cielos muy oscuros, está a unos 2,5 millones de años luz: su luz salió cuando nuestros antepasados apenas empezaban a usar herramientas de piedra.
Esto tiene una consecuencia fascinante: algunas de las estrellas que ves podrían haber cambiado mucho, o incluso haber dejado de existir, y no lo sabríamos hasta que nos llegara la luz de ese cambio. Aunque, en realidad, las estrellas viven millones o miles de millones de años, así que es poco probable que las más cercanas hayan desaparecido. Betelgeuse es una de las candidatas a explotar como supernova “pronto”, en términos astronómicos, en algún momento de los próximos 100.000 años. En 2019 perdió brillo de forma llamativa, pero se debió a una nube de polvo que expulsó, no a una explosión inminente.
Con los telescopios podemos mirar mucho más atrás. El telescopio espacial James Webb, lanzado en 2021, observa en el infrarrojo galaxias cuya luz salió hace más de 13.000 millones de años, cuando el universo tenía solo unos cientos de millones de años de edad. Algunas de esas galaxias resultaron más brillantes y maduras de lo que se esperaba, lo que ha obligado a revisar las teorías sobre cómo se formaron las primeras estrellas.
Más atrás todavía está el fondo cósmico de microondas, la luz más antigua que existe. Se emitió unos 380.000 años después del Big Bang, cuando el universo se enfrió lo suficiente para volverse transparente. Hoy llega a nosotros desde todas las direcciones y se puede medir con radiotelescopios. Parte de la “nieve” que se veía en los televisores antiguos sin señal venía de esta radiación.
Por eso los astrónomos dicen que un telescopio es también una máquina del tiempo. Cuanto más lejos miran, más al pasado ven. Estudiando galaxias a distintas distancias pueden reconstruir cómo ha cambiado el universo a lo largo de su historia, igual que un paleontólogo lee las capas de roca.
Si pudiéramos observar la Tierra desde un planeta a 2.000 años luz con un telescopio lo bastante potente, veríamos el mundo de la época romana.
Por qué importa. El cielo nocturno es, literalmente, una ventana al pasado, y entenderlo nos ayuda a reconstruir la historia del universo y nuestro lugar en él.
Resumen de los 10 datos
- Cuando miras las estrellas estás viendo el pasado.
- Los astronautas pueden crecer unos centímetros en el espacio.
- La Luna se aleja de la Tierra unos 3,8 cm cada año.
- En Marte está el volcán más alto conocido del sistema solar.
- La Gran Mancha Roja de Júpiter es una tormenta más grande que la Tierra.
- Los anillos de Saturno son casi todo hielo.
- La luz del Sol que ves salió de él hace 8 minutos.
- Una cucharadita de estrella de neutrones pesaría miles de millones de toneladas.
- En Venus el Sol sale por el oeste.
- Un día en Venus dura más que su año.
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Preguntas frecuentes
¿Por qué un día en Venus es más largo que su año?
Porque Venus tarda unos 243 días terrestres en girar sobre sí mismo y solo 225 en rodear el Sol.
¿Por qué en Venus el Sol sale por el oeste?
Porque Venus gira al revés que la mayoría de planetas; no se sabe con certeza por qué.
¿Cuánto tarda la luz del Sol en llegar a la Tierra?
Unos 8 minutos y 20 segundos.
¿Por qué la Luna se aleja de la Tierra?
Por las mareas: la Tierra le transfiere energía y la Luna sube a una órbita más alta.
¿De qué están hechos los anillos de Saturno?
Sobre todo de trozos de hielo de agua, desde polvo hasta bloques del tamaño de una casa.
¿Por qué crecen los astronautas en el espacio?
Porque sin gravedad los discos de la columna se expanden.