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Dato #22 Espacio

10 secretos del cosmos que casi nadie conoce

El número 1 huele a algo inesperado.

29 de septiembre de 2026 · 28 min de lectura

El cosmos está lleno de rarezas: planetas donde llueve vidrio, estrellas en las que cabrían miles de millones de soles y un olor que los astronautas traen de sus paseos espaciales.

Estos diez datos explican esas curiosidades con detalle: qué sabemos, cómo se midió, qué cifras son estimaciones y qué nos enseñan sobre el universo y nuestro lugar en él.

DATO 10En el espacio no se puede llorar como en la Tierra

En el espacio, en microgravedad, las lágrimas no caen. En la Tierra, cuando lloramos, la gravedad hace que las lágrimas resbalen por las mejillas. En la Estación Espacial Internacional, en cambio, el agua se queda pegada al ojo por la tensión superficial, la fuerza que hace que las moléculas de agua se atraigan entre sí, y se va acumulando en una bola de líquido que crece sobre el ojo y alrededor de él.

El astronauta canadiense Chris Hadfield, comandante de la Estación Espacial en 2013, lo mostró en un vídeo muy popular. Se echó agua en el ojo con una bolsa para simular lágrimas y mostró cómo se formaba una esfera que no caía, y que podía llegar a pasar al otro lado de la nariz y cubrir los dos ojos. Explicó que esa bola de líquido puede escocer, porque el ojo no puede limpiarse de forma natural, y que hay que secarla con una toalla. Otros astronautas han contado que sí lloran en el espacio, por ejemplo, al ver la Tierra o al hablar con sus familias, pero que las lágrimas se quedan en los ojos. El astronauta estadounidense Andrew Feustel contó en 2009 que, durante un paseo espacial para reparar el telescopio Hubble, una sustancia antivaho de su casco se le metió en el ojo, y como no podía frotarse con el casco puesto, tuvo que esperar a que las lágrimas se lo limpiaran.

El comportamiento de los líquidos en microgravedad es muy diferente. El agua forma esferas flotantes, porque la tensión superficial es la fuerza dominante y la esfera es la forma con menos superficie para un volumen dado. Los astronautas no pueden beber de un vaso: usan bolsas con pajitas. Si derraman agua, las gotas flotan por la estación y hay que atraparlas con toallas, porque podrían dañar los equipos electrónicos. Las duchas no existen como tales: los astronautas se lavan con toallitas húmedas y champú sin aclarado. Y el sudor tampoco gotea: se acumula sobre la piel, y durante el ejercicio forma una capa que hay que secar.

Esto tiene consecuencias importantes para la seguridad. En 2013, durante un paseo espacial, al astronauta italiano Luca Parmitano empezó a entrarle agua en el casco por un fallo del sistema de refrigeración de su traje. Como el agua no caía, se fue acumulando alrededor de su cabeza, le cubrió los ojos, la nariz y las orejas, y casi le impidió respirar y comunicarse. Tuvo que volver a la estación guiándose por el tacto y la memoria. Fue uno de los incidentes más peligrosos de la historia de la Estación Espacial. Tras él, la NASA añadió almohadillas absorbentes y un tubo de respiración de emergencia a los trajes.

La microgravedad también afecta a los ojos de los astronautas de otra forma: muchos sufren cambios en la visión durante misiones largas, por el desplazamiento de los fluidos hacia la cabeza, un problema llamado síndrome neuroocular asociado a los vuelos espaciales, que se estudia para futuras misiones a Marte.

Por qué importa. Algo tan cotidiano como llorar se vuelve un reto en el espacio, y estudiar los líquidos en microgravedad es clave para la seguridad de los astronautas.

DATO 9Existe un planeta donde podría llover vidrio

HD 189733b es un planeta gigante gaseoso que orbita una estrella a unos 64 años luz de la Tierra, en la constelación de la Vulpécula, la Zorra. Es un exoplaneta, un planeta fuera del sistema solar, del tipo “Júpiter caliente”: algo más grande que Júpiter, pero muy cerca de su estrella, tanto que da una vuelta completa en solo unos 2,2 días. Fue descubierto en 2005, y es uno de los exoplanetas más estudiados, porque pasa por delante de su estrella vista desde la Tierra, lo que permite analizar la luz que atraviesa su atmósfera.

En 2013, un equipo liderado por Tom Evans, de la Universidad de Oxford, usó el telescopio espacial Hubble para medir el color del planeta. Midieron cuánta luz reflejaba el planeta antes y después de pasar por detrás de su estrella. Descubrieron que el planeta es de color azul intenso, parecido al de la Tierra vista desde el espacio. Fue la primera vez que se determinó el color real de un exoplaneta. Pero su color azul no se debe a un océano, sino probablemente a partículas en su atmósfera que dispersan la luz azul.

Y aquí viene lo sorprendente. Los científicos creen que su atmósfera contiene partículas de silicato, el material del que está hecho el vidrio. Como el planeta está tan cerca de su estrella, la temperatura en su cara diurna supera los 1.000 °C. Esto crea diferencias de temperatura enormes entre la cara que mira a la estrella y la que está en la oscuridad, y genera vientos de unos 8.700 kilómetros por hora, unas siete veces la velocidad del sonido en la Tierra. Según los modelos, las partículas de silicato se condensan en gotitas que viajarían a esa velocidad. Por eso se dice que en HD 189733b “llueve vidrio de lado”. Es una imagen llamativa, basada en modelos y observaciones indirectas, que la NASA popularizó.

En 2024, el telescopio espacial James Webb analizó la atmósfera del planeta con más detalle y encontró sulfuro de hidrógeno, el gas que huele a huevos podridos, además de agua, dióxido de carbono y monóxido de carbono. Por eso algunos titulares dijeron que el planeta “olería a huevos podridos”. El Webb también ayuda a entender cómo se forman estos planetas gigantes.

Hasta 2025 se habían confirmado más de 6.000 exoplanetas, según el archivo de la NASA. Los primeros se descubrieron en los años 90: en 1995, Michel Mayor y Didier Queloz descubrieron el primer exoplaneta alrededor de una estrella parecida al Sol, 51 Pegasi b, también un Júpiter caliente, lo que les valió el Premio Nobel de Física en 2019. Desde entonces, misiones como Kepler y TESS han descubierto miles, con métodos como el tránsito, que detecta la pequeña disminución del brillo de una estrella cuando un planeta pasa por delante, o la velocidad radial, que detecta el pequeño bamboleo que el planeta provoca en su estrella.

Hay exoplanetas con características muy extrañas: algunos podrían tener océanos globales, otros están hechos en gran parte de carbono, otros orbitan dos estrellas, como el planeta de Tatooine en Star Wars, y otros vagan solos por el espacio sin estrella.

Por qué importa. HD 189733b muestra la enorme variedad de mundos que existen, y cómo los telescopios permiten estudiar planetas que nunca podremos visitar.

DATO 8La estrella más grande conocida podría contener miles de millones de soles

UY Scuti es una estrella hipergigante roja situada en la constelación del Escudo, a unos 5.000 a 9.500 años luz de la Tierra, según distintas estimaciones. Durante años se la citó a menudo como la estrella más grande conocida. Su radio se ha estimado en cientos de veces el del Sol: las primeras estimaciones hablaban de unas 1.700 veces, aunque mediciones más recientes, con datos del satélite Gaia, apuntan a unas 900 veces el radio solar. Si la pusiéramos en el lugar del Sol, su superficie llegaría más allá de la órbita de Júpiter, según algunas de las estimaciones.

Su volumen es aún más impresionante: en ella cabrían miles de millones de soles. Con un radio 1.700 veces mayor que el del Sol, su volumen sería unas 5.000 millones de veces mayor, porque el volumen crece con el cubo del radio. Con un radio de 900 veces el solar, el volumen sería unas 700 millones de veces el del Sol, todavía una cifra enorme.

Sin embargo, UY Scuti no es tan masiva como podría parecer. Su masa se estima en solo unas 7 a 10 veces la del Sol, porque su materia está muy extendida: sus capas exteriores son extremadamente poco densas, mucho menos que el aire que respiramos. Es como una enorme nube de gas brillante.

El título de “estrella más grande” cambia con nuevas mediciones, porque medir el tamaño de estas estrellas es muy difícil. Primero, porque no tienen una superficie bien definida: sus capas exteriores se difuminan poco a poco en el espacio. Segundo, porque la distancia a la que están es incierta, y el tamaño que calculamos depende de esa distancia. Tercero, porque muchas de estas estrellas pulsan, cambiando de tamaño y brillo con el tiempo. Y además, suelen estar rodeadas de polvo que expulsan, lo que dificulta observarlas. Otras candidatas a estrella más grande son Stephenson 2-18, en la constelación del Escudo, cuyo radio podría ser de unas 2.000 veces el del Sol, aunque con gran incertidumbre, VY Canis Majoris o WOH G64, en la Gran Nube de Magallanes. En 2024, el interferómetro VLTI del Observatorio Europeo Austral obtuvo la primera imagen detallada de una estrella fuera de nuestra galaxia, WOH G64, rodeada de una nube de polvo en forma de huevo.

Estas estrellas son muy raras y viven poco: unos pocos millones de años, frente a los miles de millones del Sol. Son estrellas muy masivas al nacer, que queman su combustible muy rápido y se expanden enormemente al final de su vida. Se cree que terminarán explotando como supernovas, dejando una estrella de neutrones o un agujero negro, o que perderán tanta masa que se convertirán en otro tipo de estrella.

En cambio, la estrella más masiva conocida es R136a1, en la Gran Nube de Magallanes, con más de 200 veces la masa del Sol, aunque su radio es mucho menor que el de UY Scuti. Y la más luminosa es también de ese tipo.

Para comparar, el Sol es una estrella bastante común, una enana amarilla, aunque más grande y brillante que la mayoría de las estrellas de nuestra galaxia, que son enanas rojas, más pequeñas y frías. Su diámetro es unas 109 veces el de la Tierra.

Por qué importa. UY Scuti muestra la enorme escala del universo, y cómo las cifras científicas se revisan a medida que mejoran las técnicas de medición.

DATO 7El Sol representa el 99,8 % de la masa del sistema solar

El Sol contiene alrededor del 99,86 % de toda la masa del sistema solar. Es decir, todos los planetas, lunas, asteroides, cometas y el polvo que giran a su alrededor juntos suponen solo un 0,14 %. Y de ese pequeño resto, Júpiter concentra la mayor parte: alrededor de dos tercios, porque su masa es más del doble que la de todos los demás planetas juntos. La Tierra, en comparación, representa una fracción minúscula: el Sol es unas 333.000 veces más masivo que la Tierra.

El Sol es una esfera de gas caliente, sobre todo hidrógeno, alrededor del 73 % de su masa, y helio, un 25 %, con pequeñas cantidades de otros elementos como oxígeno, carbono, neón y hierro. Tiene un diámetro de unos 1,39 millones de kilómetros, unas 109 veces el de la Tierra. En su interior cabrían alrededor de 1,3 millones de Tierras.

¿Por qué concentra tanta masa? Por la forma en que se formó el sistema solar. Hace unos 4.600 millones de años, una enorme nube de gas y polvo, llamada nebulosa solar, empezó a contraerse por su propia gravedad, quizá impulsada por la explosión de una supernova cercana. Al contraerse, la nube empezó a girar más rápido y se aplanó en forma de disco. La mayor parte del material cayó hacia el centro, donde se formó el Sol. Con el restante, en el disco, se formaron los planetas y los demás cuerpos. En el centro, la presión y la temperatura se hicieron tan altas que se encendió la fusión nuclear: los núcleos de hidrógeno se unen para formar helio, liberando enormes cantidades de energía.

Cada segundo, el Sol convierte unos 600 millones de toneladas de hidrógeno en helio, y en el proceso pierde unos 4 millones de toneladas de masa que se convierten en energía, según la famosa ecuación de Einstein, E = mc². Aun así, es tan masivo que en toda su vida solo perderá una pequeña fracción de su masa.

Curiosamente, aunque el Sol tiene casi toda la masa, no tiene casi todo el momento angular, la cantidad de “giro” del sistema. La mayor parte del momento angular está en los planetas, sobre todo en Júpiter, que gira alrededor del Sol a gran distancia. Este fue durante mucho tiempo un problema para las teorías de formación del sistema solar, y se explica porque el campo magnético del Sol joven frenó su rotación.

Otra curiosidad: Júpiter es tan masivo que el Sol y Júpiter giran alrededor de un punto común, el centro de masas o baricentro, que está fuera de la superficie del Sol, a unos 1,07 radios solares de su centro. Es decir, el Sol no está quieto: se bambolea ligeramente. Este bamboleo es el que usan los astrónomos para detectar planetas alrededor de otras estrellas con el método de la velocidad radial.

El Sol tiene unos 4.600 millones de años y está más o menos a la mitad de su vida. Dentro de unos 5.000 millones de años, cuando se agote el hidrógeno de su núcleo, se expandirá y se convertirá en una gigante roja, que probablemente engullirá a Mercurio y Venus, y quizá a la Tierra. Después, expulsará sus capas exteriores y quedará como una enana blanca. Pero mucho antes, en unos 1.000 millones de años, su brillo habrá aumentado lo suficiente como para evaporar los océanos de la Tierra.

Por qué importa. El Sol concentra casi toda la masa del sistema solar, y entender cómo funciona es clave para comprender el clima, la vida en la Tierra y su futuro.

DATO 6Hay más estrellas en el universo que granos de arena en las playas de la Tierra

Hay en torno a 10²² a 10²⁴ estrellas en el universo observable, según distintas estimaciones. Es decir, entre 10.000 trillones y un cuatrillón de estrellas: un 1 seguido de entre 22 y 24 ceros. Por otro lado, las playas y desiertos de la Tierra tendrían del orden de 10¹⁸ a 10¹⁹ granos de arena, según algunos cálculos, como uno de la Universidad de Hawái. Son cálculos muy aproximados, pero la diferencia es enorme: habría miles o incluso cientos de miles de estrellas por cada grano de arena del planeta.

¿Cómo se calcula algo así? Los astrónomos hacen una estimación en dos pasos. Primero, calculan el número de estrellas de una galaxia típica. La Vía Láctea, nuestra galaxia, tiene entre unos 100.000 y 400.000 millones de estrellas. No se pueden contar una a una, así que se estima a partir de la masa de la galaxia y del tamaño medio de sus estrellas. Luego, estiman el número de galaxias del universo observable. Las observaciones del telescopio Hubble en los años 90, como el famoso Campo Profundo del Hubble, en el que el telescopio apuntó durante días a una zona del cielo aparentemente vacía, del tamaño de un grano de arena a la distancia de un brazo extendido, y descubrió miles de galaxias, permitieron estimar unos 100.000 a 200.000 millones de galaxias. En 2016, un estudio liderado por Christopher Conselice, de la Universidad de Nottingham, estimó que podría haber hasta 2 billones de galaxias, aunque estudios posteriores, con datos de la sonda New Horizons, sugirieron que la cifra real está más cerca de cientos de miles de millones. Multiplicando las estrellas por galaxia por el número de galaxias, se obtiene la estimación total.

El universo observable es la parte del universo cuya luz ha tenido tiempo de llegar hasta nosotros desde el Big Bang, hace unos 13.800 millones de años. Por la expansión del universo, su radio es de unos 46.500 millones de años luz. No sabemos cuánto universo hay más allá; podría ser mucho más grande, o incluso infinito.

Para los granos de arena, el cálculo es similar: se estima el volumen de arena de las playas y desiertos del mundo, y se divide por el volumen medio de un grano. Pero hay mucha incertidumbre, porque depende del tamaño de los granos y de la profundidad de la arena.

La comparación entre estrellas y granos de arena es muy antigua. En el siglo III a. C., el matemático griego Arquímedes escribió una obra, El arenario, en la que calculó cuántos granos de arena cabrían en el universo, según la idea que se tenía entonces de su tamaño. Obtuvo unos 10⁶³ granos. Para hacerlo, tuvo que inventar un sistema para expresar números enormes, porque el sistema griego de numeración no permitía escribirlos.

El astrónomo Carl Sagan popularizó esta comparación en su serie Cosmos, de 1980, diciendo que hay más estrellas en el universo que granos de arena en todas las playas de la Tierra.

Aunque hay tantas estrellas, a simple vista solo podemos ver unas 5.000 a 9.000 en todo el cielo, en condiciones ideales, sin contaminación lumínica. En una ciudad, a menudo solo unas decenas. Todas las estrellas que vemos a simple vista pertenecen a nuestra galaxia.

Y cada vez vemos menos: un estudio de 2023, basado en observaciones de ciudadanos, encontró que el brillo del cielo nocturno por la contaminación lumínica aumentó alrededor de un 10 % al año entre 2011 y 2022.

Por qué importa. Las cifras del universo superan nuestra intuición, y comprenderlas ayuda a valorar la inmensidad del cosmos y la importancia de proteger el cielo oscuro.

DATO 5En Mercurio un día dura dos años de Mercurio

Mercurio, el planeta más cercano al Sol, tiene una relación muy curiosa entre su rotación y su órbita. Tarda unos 88 días terrestres en dar una vuelta alrededor del Sol, su año, y unos 59 días en girar sobre sí mismo respecto a las estrellas lejanas. Es decir, gira 3 veces sobre sí mismo por cada 2 vueltas alrededor del Sol. A esto se le llama una resonancia de 3:2 entre su rotación y su órbita.

Como resultado, un día solar en Mercurio, el tiempo que pasa de un mediodía al siguiente, o de un amanecer al siguiente, dura unos 176 días terrestres, el doble de su año. Es decir, en Mercurio pasan dos años entre un amanecer y el siguiente.

¿Por qué ocurre esto? Porque el día solar depende de dos movimientos a la vez: la rotación del planeta y su movimiento alrededor del Sol. Mientras Mercurio gira sobre sí mismo, también avanza en su órbita, y eso hace que tenga que girar más para que el Sol vuelva a la misma posición en su cielo. En la Tierra, el efecto es pequeño: el día solar dura 24 horas, y el día sideral, respecto a las estrellas, unos 4 minutos menos. En Mercurio, como su rotación es muy lenta en comparación con su órbita, el efecto es enorme.

La resonancia de 3:2 se debe a la gravedad del Sol. Durante miles de millones de años, las fuerzas de marea del Sol fueron frenando la rotación de Mercurio hasta dejarla “atrapada” en esta proporción estable. Además, la órbita de Mercurio es bastante elíptica, la más excéntrica de los planetas del sistema solar: su distancia al Sol varía entre unos 46 y 70 millones de kilómetros. Esta excentricidad es clave para que la resonancia sea estable.

Durante mucho tiempo, los astrónomos creyeron que Mercurio siempre mostraba la misma cara al Sol, igual que la Luna muestra siempre la misma cara a la Tierra. El astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli lo propuso en el siglo XIX, a partir de sus observaciones del planeta. No fue hasta 1965 cuando los astrónomos Gordon Pettengill y Rolf Dyce midieron la rotación de Mercurio con el radar del radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico, y descubrieron que tardaba unos 59 días. Poco después, el astrónomo italiano Giuseppe Colombo explicó la resonancia de 3:2.

La combinación de su órbita elíptica y su rotación lenta produce un fenómeno extraño: en algunos puntos de la superficie de Mercurio, un observador vería el Sol salir, detenerse, retroceder un poco en el cielo y luego seguir avanzando, porque en algunos momentos de su órbita, cerca del punto más cercano al Sol, la velocidad orbital del planeta supera su velocidad de rotación.

Mercurio tiene temperaturas extremas: de día, su superficie puede superar los 430 °C, y de noche, al no tener apenas atmósfera que retenga el calor, baja a unos −180 °C. Aun así, en el fondo de algunos cráteres cerca de sus polos, que nunca reciben la luz del Sol, se ha detectado hielo de agua, gracias a la sonda MESSENGER de la NASA, que orbitó Mercurio entre 2011 y 2015.

Actualmente, la misión europea y japonesa BepiColombo, lanzada en 2018 y que lleva el nombre de Giuseppe Colombo, viaja hacia Mercurio, y está previsto que entre en órbita en 2026.

Por qué importa. La rotación de Mercurio muestra cómo la gravedad del Sol moldea los planetas, y cómo la tecnología, como el radar, corrigió ideas que se creían ciertas durante décadas.

DATO 4La Voyager 1 es el objeto humano más lejano

La sonda Voyager 1, lanzada por la NASA el 5 de septiembre de 1977, es el objeto fabricado por el ser humano más lejano de la Tierra. En 2025 está a más de 25.000 millones de kilómetros, más de 170 veces la distancia entre la Tierra y el Sol, y viaja a unos 61.000 kilómetros por hora. En noviembre de 2026, se espera que llegue a estar a un día luz de la Tierra: su señal tardará 24 horas en llegar.

Voyager 1 y su gemela, Voyager 2, lanzada unos días antes, el 20 de agosto de 1977, se diseñaron para estudiar los planetas gigantes. Aprovecharon una alineación poco común de los planetas exteriores, que ocurre cada 175 años, y que permitía usar la gravedad de cada planeta para impulsarse hacia el siguiente, una técnica llamada asistencia gravitatoria. Voyager 1 visitó Júpiter en 1979 y Saturno en 1980, y descubrió, entre otras cosas, los volcanes activos de Ío, una luna de Júpiter, los primeros observados fuera de la Tierra. Voyager 2 visitó Júpiter, Saturno, Urano en 1986 y Neptuno en 1989, y sigue siendo la única nave que ha visitado estos dos últimos planetas.

El 14 de febrero de 1990, a petición del astrónomo Carl Sagan, Voyager 1 giró su cámara hacia atrás y tomó una famosa fotografía de la Tierra desde unos 6.000 millones de kilómetros, en la que nuestro planeta aparece como un diminuto punto de luz. Sagan la llamó “un punto azul pálido” y escribió una reflexión sobre la fragilidad de la Tierra y la necesidad de cuidarla.

En agosto de 2012, Voyager 1 cruzó la heliopausa, el límite donde termina la influencia del viento solar, el flujo de partículas que emite el Sol, y empieza el espacio interestelar. Fue la primera nave en hacerlo. Voyager 2 lo hizo en 2018. Aunque han salido de la “burbuja” del Sol, todavía no han salido del sistema solar en sentido amplio: la nube de Oort, una región de cuerpos helados que rodea al sistema solar, podría extenderse hasta más de un año luz, y las Voyager tardarán unos 300 años en llegar a ella y unos 30.000 en atravesarla.

Sus señales de radio tardan más de 22 horas en llegar a la Tierra, viajando a la velocidad de la luz. Se reciben con las grandes antenas de la Red de Espacio Profundo de la NASA, una de las cuales está en Robledo de Chavela, cerca de Madrid. La potencia de su transmisor es de solo unos 22 vatios, como una bombilla de frigorífico, y la señal que llega a la Tierra es miles de millones de veces más débil que la de un reloj digital.

Las Voyager funcionan con generadores termoeléctricos de radioisótopos, que producen electricidad con el calor de la desintegración del plutonio. Su energía se va reduciendo unos 4 vatios al año, y los ingenieros han ido apagando instrumentos para ahorrarla. En 2023 y 2024, Voyager 1 sufrió un fallo en uno de sus ordenadores que le hizo enviar datos sin sentido; los ingenieros lo solucionaron a distancia, reprogramando una sonda con tecnología de los años 70 a más de 24.000 millones de kilómetros. Se espera que las Voyager dejen de comunicarse hacia 2030 o poco después.

Ambas llevan un Disco de Oro, un disco de cobre bañado en oro con sonidos e imágenes de la Tierra, saludos en 55 idiomas, música de distintas culturas, como Bach, Chuck Berry y cantos tradicionales, y sonidos de la naturaleza, como mensaje para una posible civilización extraterrestre.

Por qué importa. Las Voyager son un logro extraordinario de la ingeniería, y su “punto azul pálido” invita a reflexionar sobre la fragilidad y el valor de nuestro planeta.

DATO 3Plutón es más pequeño que la Luna

Plutón mide unos 2.377 kilómetros de diámetro, menos que nuestra Luna, que mide unos 3.474 kilómetros. Es incluso más pequeño que otras seis lunas del sistema solar, como Ganímedes, Titán o Europa. Y su masa es solo un 0,2 % de la de la Tierra.

Plutón fue descubierto el 18 de febrero de 1930 por el astrónomo estadounidense Clyde Tombaugh, de 24 años, en el Observatorio Lowell, en Flagstaff, Arizona. Tombaugh comparaba fotografías del cielo tomadas en noches distintas con un aparato llamado comparador de parpadeo, que alternaba rápidamente entre las dos imágenes para detectar objetos que se hubieran movido. Así descubrió un pequeño punto que se desplazaba. El nombre de Plutón, el dios romano del inframundo, lo propuso una niña británica de 11 años, Venetia Burney, a sugerencia de su abuelo, bibliotecario de Oxford. El nombre también gustó porque sus dos primeras letras, P y L, coincidían con las iniciales de Percival Lowell, el fundador del observatorio, que había buscado un “planeta X” más allá de Neptuno.

Durante 76 años, Plutón se consideró el noveno planeta del sistema solar. Pero a partir de los años 90, los astrónomos empezaron a descubrir muchos otros objetos helados más allá de Neptuno, en una región llamada el cinturón de Kuiper. En 2005, el astrónomo Mike Brown, del Instituto de Tecnología de California, descubrió Eris, un objeto de un tamaño muy parecido al de Plutón y con más masa. Esto obligó a plantear una pregunta: si Plutón era un planeta, ¿también lo era Eris? ¿Y cuántos más podían aparecer?

En agosto de 2006, la Unión Astronómica Internacional (UAI), reunida en Praga, aprobó por primera vez una definición de planeta. Según ella, un planeta debe cumplir tres condiciones: orbitar alrededor del Sol, tener suficiente masa para que su gravedad le dé una forma casi esférica, y haber “limpiado” su órbita, es decir, ser el objeto dominante en su zona, habiendo atraído o expulsado a los demás cuerpos cercanos. Plutón cumple las dos primeras, pero no la tercera, porque comparte su órbita con muchos otros objetos del cinturón de Kuiper. Por eso fue reclasificado como planeta enano, junto con Eris y Ceres, el mayor objeto del cinturón de asteroides. Hoy se reconocen cinco planetas enanos: Ceres, Plutón, Eris, Haumea y Makemake.

La decisión fue muy polémica. Muchos científicos, sobre todo los especialistas en ciencias planetarias como Alan Stern, criticaron la definición, argumentando que era poco clara y que solo votaron unos 400 astrónomos, de los miles que tiene la UAI. Hubo protestas, y en el estado de Illinois, donde nació Tombaugh, se aprobó una resolución que declaraba que Plutón seguía siendo un planeta en su territorio. El debate aún continúa entre algunos científicos.

En julio de 2015, la sonda New Horizons de la NASA sobrevoló Plutón y envió las primeras imágenes detalladas del planeta enano. Revelaron un mundo sorprendentemente activo, con montañas de hielo de agua de hasta 3.500 metros, glaciares de nitrógeno helado, una atmósfera delgada con capas de neblina azul, y una enorme llanura en forma de corazón, llamada Tombaugh Regio. La nave llevaba una pequeña parte de las cenizas de Clyde Tombaugh, que murió en 1997.

Plutón tiene cinco lunas. La mayor, Caronte, tiene la mitad de su tamaño, tanto que ambos giran alrededor de un punto que está fuera de Plutón, y algunos los consideran un sistema doble.

Por qué importa. La historia de Plutón muestra que la ciencia revisa sus clasificaciones cuando aparecen nuevos datos, y que un planeta enano puede ser un mundo fascinante.

DATO 2El universo no tiene centro

El universo se expande en todas direcciones: las galaxias lejanas se alejan de nosotros, y cuanto más lejos están, más rápido se alejan. Pero, curiosamente, desde cualquier galaxia, las demás parecen alejarse de la misma forma. Por eso no hay un centro del universo desde el que partió todo.

El descubrimiento de la expansión del universo es uno de los grandes logros de la ciencia del siglo XX. En los años 20, el astrónomo estadounidense Edwin Hubble, en el Observatorio del Monte Wilson, en California, primero demostró en 1924 que muchas “nebulosas” eran en realidad galaxias lejanas, fuera de la Vía Láctea, lo que amplió enormemente el tamaño conocido del universo. En 1929, publicó una observación clave: la luz de las galaxias lejanas estaba desplazada hacia el rojo, lo que indicaba que se estaban alejando, y cuanto más lejos estaban, mayor era ese desplazamiento. Esta relación se conoce hoy como la ley de Hubble-Lemaître, porque el sacerdote y físico belga Georges Lemaître había llegado a la misma conclusión en 1927, a partir de las ecuaciones de la relatividad de Einstein, y fue el primero en proponer que el universo había comenzado a partir de un “átomo primitivo”, la idea que después se conocería como el Big Bang.

Una forma sencilla de entenderlo es imaginar un globo con puntos dibujados en su superficie, que representan las galaxias. Cuando inflas el globo, todos los puntos se alejan entre sí, y desde cualquier punto, todos los demás parecen alejarse. Ningún punto de la superficie es el centro. Otra imagen es la de un bizcocho con pasas en el horno: al crecer la masa, todas las pasas se separan entre sí, y desde cualquier pasa, las demás se alejan, más rápido cuanto más lejos están.

Esto significa que el Big Bang no fue una explosión en un punto del espacio, sino una expansión del espacio mismo, que ocurrió en todas partes a la vez. No hay un lugar donde “ocurrió” el Big Bang: ocurrió en todas partes. Es una idea difícil de imaginar, porque estamos acostumbrados a pensar en explosiones que parten de un punto.

Hay que precisar que la expansión se nota a gran escala, entre grupos de galaxias. Dentro de las galaxias, o en el sistema solar, la gravedad mantiene unidos los objetos, y no se separan. Por ejemplo, la galaxia de Andrómeda se está acercando a la Vía Láctea, y dentro de unos 4.500 millones de años podría chocar con ella, aunque un estudio de 2025 estimó que la probabilidad de choque en los próximos 10.000 millones de años es de alrededor del 50 %.

En 1998, dos equipos de astrónomos, liderados por Saul Perlmutter, Brian Schmidt y Adam Riess, descubrieron algo inesperado estudiando supernovas lejanas: la expansión del universo se está acelerando. Recibieron el Premio Nobel de Física en 2011. La causa de esa aceleración se llama energía oscura, y es uno de los grandes misterios de la física: se estima que supone alrededor del 68 % de toda la energía del universo, pero no se sabe qué es. En 2024 y 2025, los datos del proyecto DESI sugirieron que la energía oscura podría estar cambiando con el tiempo, lo que, de confirmarse, cambiaría nuestra visión del futuro del universo.

Además, hay un debate llamado la “tensión de Hubble”: distintos métodos para medir la velocidad de la expansión dan resultados diferentes, y los científicos aún no saben por qué.

Por qué importa. La expansión del universo muestra que no ocupamos un lugar especial en el cosmos, y sigue planteando grandes preguntas, como la naturaleza de la energía oscura.

DATO 1Los astronautas dicen que el espacio huele a metal quemado

Los astronautas que hacen paseos espaciales describen un olor muy característico en sus trajes y en sus herramientas cuando vuelven al interior de la nave o de la estación. Lo comparan con metal caliente, filete chamuscado, humo de soldadura o incluso frambuesas y ron, según distintos testimonios. El astronauta estadounidense Don Pettit escribió en 2003 en su blog de la NASA que olía a “vapores de soldadura” y a un olor metálico “bastante agradable”. El astronauta Tony Antonelli lo describió como un olor “definitivamente diferente a cualquier otra cosa”. Y otros han hablado de “carne quemada”.

Hay que aclarar que nadie ha podido “oler el espacio” directamente, porque en el vacío no hay aire que transporte las moléculas hasta la nariz, y quitarse el casco sería mortal. El olor se percibe después de un paseo espacial, cuando los astronautas vuelven a la esclusa de aire, la represurizan con aire y se quitan el casco. Entonces notan el olor en los trajes, los cascos, los guantes y las herramientas que han estado fuera.

¿De dónde viene? La explicación más aceptada es que se debe a átomos de oxígeno muy reactivos. En la órbita baja de la Tierra, donde está la Estación Espacial, a unos 400 kilómetros de altura, la radiación ultravioleta del Sol rompe las moléculas de oxígeno (O₂) de la atmósfera, muy tenue, en átomos de oxígeno sueltos (O). Estos átomos se pegan a las superficies de los trajes y las herramientas durante el paseo. Cuando vuelven a entrar en contacto con el aire de la estación, reaccionan con otras moléculas y forman ozono (O₃) y otros compuestos, que tienen un olor fuerte y metálico. Por eso el olor recuerda al de las chispas eléctricas o las tormentas, que también producen ozono.

Otra hipótesis propone que el olor viene de compuestos llamados hidrocarburos aromáticos policíclicos, que se forman en las estrellas moribundas y están presentes en el espacio, y que también se forman al quemar carne o combustibles, lo que explicaría el olor a “filete chamuscado”. Pero en la órbita baja, la explicación del oxígeno atómico es la más probable.

En 2008, la NASA encargó a Steve Pearce, un químico de la empresa británica Omega Ingredients, que recreara el “olor del espacio” para usarlo en el entrenamiento de los astronautas, de forma que no les sorprendiera durante sus misiones. Basándose en los testimonios de los astronautas, creó un aroma. Años después, en 2020, la empresa lanzó un perfume llamado Eau de Space que imita ese olor, tras una campaña de financiación colectiva.

El espacio tiene otros olores curiosos, según los datos científicos. Los astrónomos han detectado en una nube de gas cerca del centro de la Vía Láctea, Sagitario B2, una sustancia llamada formiato de etilo, que da a las frambuesas parte de su sabor y huele a ron. Por eso algunos dicen, con humor, que el centro de nuestra galaxia “sabe a frambuesa y huele a ron”. Y en 2020, la misión europea Rosetta, que estudió el cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko, detectó sustancias que, según los científicos, harían que el cometa oliera a una mezcla de huevos podridos (sulfuro de hidrógeno), amoníaco, almendras amargas y alcohol. La Luna también tiene un olor: los astronautas del Apolo contaron que el polvo lunar que entraba en el módulo olía a pólvora quemada.

La Estación Espacial Internacional tiene su propio olor, que muchos astronautas describen como una mezcla de basura, comida, sudor y equipos electrónicos, porque el aire se recicla continuamente.

Por qué importa. El olor del espacio es un recordatorio de que la química funciona en todas partes, y de lo mucho que se puede aprender de los testimonios de quienes han estado allí.

Resumen de los 10 datos

  1. Los astronautas dicen que el espacio huele a metal quemado.
  2. El universo no tiene centro.
  3. Plutón es más pequeño que la Luna.
  4. La Voyager 1 es el objeto humano más lejano.
  5. En Mercurio un día dura dos años de Mercurio.
  6. Hay más estrellas en el universo que granos de arena en las playas de la Tierra.
  7. El Sol representa el 99,8 % de la masa del sistema solar.
  8. La estrella más grande conocida podría contener miles de millones de soles.
  9. Existe un planeta donde podría llover vidrio.
  10. En el espacio no se puede llorar como en la Tierra.

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Preguntas frecuentes

¿Plutón es más pequeño que la Luna?

Sí: mide unos 2.377 km frente a los 3.474 km de la Luna.

¿A qué huele el espacio?

Los astronautas lo describen como metal caliente o filete chamuscado.

Fuentes

  1. NASA: Voyager
  2. Wikipedia: HD 189733 b
  3. Wikipedia: UY Scuti

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