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Dato #7 Mente

10 curiosidades sobre cómo funciona tu mente

El número 1 te pasa casi todos los días.

29 de septiembre de 2026 · 26 min de lectura

Tu cerebro no es una cámara que graba el mundo tal cual: rellena huecos, reescribe recuerdos y se engaña a sí mismo. Conocer sus trucos ayuda a entender por qué pensamos como pensamos.

Estos diez datos explican fenómenos que seguro has vivido, qué dice la psicología sobre ellos, qué partes de la investigación están bien asentadas y cuáles siguen en debate, y cómo sacarles partido en tu día a día.

DATO 10Tu cerebro rellena lo que no ves

En cada ojo tienes un punto ciego, una pequeña zona de la retina donde no puedes ver absolutamente nada. Está en el lugar por donde el nervio óptico sale del ojo hacia el cerebro, un disco de alrededor de 1,5 milímetros llamado papila óptica o disco óptico. Allí se agrupan las fibras nerviosas y los vasos sanguíneos, así que no queda espacio para las células sensibles a la luz, los conos y los bastones.

Lo sorprendente es que no notas ese hueco en tu visión. No ves una mancha negra ni un agujero, aunque el punto ciego ocupa una zona de tu campo visual equivalente a unas cuantas lunas llenas puestas en fila. ¿Por qué? Hay dos razones. Primero, los dos ojos se cubren entre sí: el punto ciego de cada ojo está en un lugar distinto del campo visual, así que lo que no ve uno, lo ve el otro. Segundo, y más interesante, incluso con un ojo cerrado el cerebro rellena ese hueco con lo que hay alrededor, como si “adivinara” lo que falta. Si el fondo es una pared blanca, completa la zona con blanco; si es un patrón de rayas, continúa las rayas. A este proceso se le llama relleno perceptivo.

Puedes comprobarlo con un sencillo experimento. Dibuja en un papel una cruz y, a unos 8 centímetros a su derecha, un punto. Tápate el ojo izquierdo y mira fijamente la cruz con el derecho. Acerca y aleja el papel despacio: a unos 30 centímetros de distancia, el punto desaparecerá por completo. En su lugar verás el color del papel. El punto ciego fue descubierto en el siglo XVII por el físico francés Edme Mariotte, que hizo una demostración parecida ante la corte del rey Luis XIV.

El punto ciego existe porque, en los vertebrados, la retina está, por así decirlo, “al revés”: las células sensibles a la luz están en la parte de atrás, y las fibras nerviosas que llevan la información pasan por delante de ellas. Esas fibras tienen que atravesar la retina para salir del ojo, y ahí se forma el agujero. Los pulpos y calamares, cuyos ojos evolucionaron de forma independiente, tienen las fibras detrás de las células sensibles y por eso no tienen punto ciego.

Este fenómeno revela algo más profundo sobre la percepción: lo que “vemos” no es una copia exacta de lo que llega a los ojos, sino una construcción del cerebro. El cerebro combina la información de los sentidos con lo que espera ver, y rellena lo que falta. En la mayoría de los casos, este sistema funciona muy bien y nos ahorra mucho trabajo. Pero también explica por qué a veces no vemos cosas que están delante de nosotros, o por qué caemos en ilusiones ópticas.

Además del punto ciego, el cerebro rellena otros huecos: por ejemplo, las sombras de los vasos sanguíneos que hay delante de la retina, que proyectan sombras permanentes que el cerebro ignora. Un oftalmólogo puede hacértelas ver brevemente iluminando el ojo desde un ángulo inusual.

En medicina, los oftalmólogos examinan la papila óptica con frecuencia, porque sus cambios pueden indicar problemas como el glaucoma, que daña el nervio óptico y aumenta de forma progresiva las zonas ciegas del campo visual sin que la persona lo note, precisamente porque el cerebro rellena los huecos.

Por qué importa. Revisar la vista con regularidad es importante porque el cerebro puede ocultar pérdidas de visión, como las del glaucoma, hasta que están avanzadas.

DATO 9Recordar algo lo cambia un poco

La memoria no funciona como un archivo que se abre y se cierra, ni como un vídeo que se reproduce igual cada vez. Cada vez que recuerdas algo, lo reconstruyes: el cerebro reúne fragmentos de información guardados en distintas zonas, como imágenes, sonidos, emociones y conocimientos generales, y los junta de nuevo. En ese proceso, el recuerdo puede cambiar: se pierden detalles, se añaden otros o se mezclan con información nueva, sin que nos demos cuenta.

Además, según una línea de investigación llamada reconsolidación, cuando recordamos algo, ese recuerdo se vuelve temporalmente inestable, y luego se vuelve a guardar. Durante ese breve periodo, puede modificarse. Es decir, el acto de recordar no solo lee el recuerdo, sino que puede reescribirlo. Esta idea ganó fuerza con experimentos en animales hacia el año 2000, del equipo de Karim Nader y Joseph LeDoux.

Una de las grandes investigadoras de este tema es la psicóloga estadounidense Elizabeth Loftus. En los años 70, hizo un experimento famoso. Mostró a voluntarios el vídeo de un accidente de tráfico y después les preguntó a qué velocidad iban los coches cuando “se chocaron”, “se golpearon” o “se estrellaron”. Según el verbo usado, las personas estimaban velocidades diferentes. Y una semana después, quienes habían oído “se estrellaron” tenían más probabilidades de decir que habían visto cristales rotos, aunque en el vídeo no los había.

En los años 90, Loftus fue más allá con el experimento de “perdido en el centro comercial”. Con ayuda de familiares, contó a voluntarios varias historias de su infancia, entre ellas una falsa: que se habían perdido en un centro comercial de pequeños. Alrededor de una cuarta parte de los participantes acabaron “recordando” ese episodio falso, a veces con detalles. Esto demostró que es posible implantar falsos recuerdos.

Estas investigaciones tienen consecuencias muy importantes en la justicia. Los testimonios de los testigos presenciales, que durante mucho tiempo se consideraron pruebas muy fiables, pueden estar distorsionados por preguntas sugerentes, por la información que la persona recibe después o por el estrés. En Estados Unidos, el Innocence Project ha mostrado que en una gran parte de las condenas de personas inocentes, anuladas después gracias a pruebas de ADN, hubo identificaciones erróneas de testigos. Por eso hoy muchos cuerpos de policía intentan mejorar sus métodos: por ejemplo, usar preguntas abiertas y hacer las ruedas de reconocimiento con agentes que no saben quién es el sospechoso.

Otro fenómeno curioso son los recuerdos de destello: recuerdos muy vívidos de dónde estabas cuando ocurrió un acontecimiento importante, como el 11-S. Aunque las personas se sienten muy seguras de ellos, los estudios que preguntaron a los mismos participantes al día siguiente y años después mostraron que muchos detalles habían cambiado. La seguridad con la que recordamos algo no garantiza que sea exacto.

Que la memoria sea reconstructiva no es un defecto. Es una forma eficiente de guardar información: en lugar de almacenar cada detalle, el cerebro guarda lo esencial y lo completa con conocimiento general. Eso también nos permite imaginar el futuro, combinando fragmentos de experiencias pasadas.

Por qué importa. Saber que la memoria se reconstruye ayuda a ser prudentes con nuestros recuerdos y con los testimonios, y a entender por qué dos personas pueden recordar el mismo hecho de forma distinta.

DATO 8Es más fácil recordar tareas sin terminar

En los años 20, la psicóloga lituano-soviética Bluma Zeigarnik estaba en un café de Berlín con su profesor, el psicólogo Kurt Lewin, cuando observaron algo curioso: los camareros recordaban muy bien los pedidos que aún no habían cobrado, pero en cuanto se pagaba la cuenta, parecían olvidarlos por completo. A partir de esta observación, Zeigarnik diseñó una serie de experimentos que publicó en 1927.

En ellos, pidió a los participantes que realizaran una serie de tareas sencillas, como resolver puzles o hacer figuras de arcilla. Algunas tareas se les dejaba terminarlas, y otras se interrumpían a mitad. Después les preguntaba qué tareas recordaban. El resultado fue que las personas recordaban alrededor de el doble de tareas interrumpidas que de tareas terminadas. A este fenómeno se le llamó efecto Zeigarnik.

La explicación que propuso, basada en las ideas de Lewin, es que cuando empezamos una tarea se genera una especie de tensión mental, como un recordatorio interno que se mantiene activo hasta que la acabamos. Cuando la terminamos, esa tensión desaparece y el cerebro puede “soltar” la información.

Hay que decir que la investigación posterior ha dado resultados mixtos. Algunos estudios repitieron el efecto y otros no, y parece depender de factores como la motivación, la importancia de la tarea o la personalidad. Un metaanálisis de 2025, que reunió muchos estudios, encontró que la ventaja de memoria para las tareas interrumpidas no era consistente, aunque sí que las personas tienden a querer retomar las tareas inacabadas. Así que es mejor verlo como una tendencia, no como una ley.

Aun así, el efecto Zeigarnik ayuda a entender algunas experiencias cotidianas. Por ejemplo, por qué te cuesta dejar de pensar en un trabajo pendiente antes de dormir, o por qué una serie te engancha con un final abierto o un cliffhanger que deja la historia en suspenso: el guion aprovecha nuestra tendencia a querer cerrar lo que queda abierto. También explica por qué a veces no podemos quitarnos de la cabeza una conversación que quedó a medias.

Los psicólogos Roy Baumeister y E. J. Masicampo estudiaron en 2011 cómo afecta esto a la concentración. Descubrieron que las tareas pendientes pueden distraernos, pero que el simple hecho de hacer un plan concreto para completarlas, por ejemplo, escribir cuándo y cómo las vamos a hacer, reducía esa interferencia. Es decir, no hace falta terminar una tarea para quitárnosla de la cabeza: basta con tener un plan.

Esto tiene aplicaciones prácticas. Para concentrarte o dormir mejor, puede ayudar escribir una lista de pendientes antes de acostarte. Para vencer la procrastinación, puede servir empezar una tarea aunque sea cinco minutos: una vez empezada, es más probable que quieras continuarla. Algunos estudiantes usan esta idea para estudiar: hacer pausas en mitad de un tema en lugar de al final, para retomarlo con más ganas.

Bluma Zeigarnik continuó su carrera en la Unión Soviética, donde se convirtió en una de las fundadoras de la psicopatología experimental, el estudio de cómo cambia el pensamiento en las enfermedades mentales.

Por qué importa. Escribir un plan para las tareas pendientes puede liberar la mente, reducir la ansiedad y ayudarte a concentrarte en lo que estás haciendo.

DATO 7Te cuesta hacerte cosquillas a ti mismo

No puedes hacerte cosquillas a ti mismo, o casi no. Puedes intentarlo, pero la sensación es mucho más débil que cuando te las hace otra persona. La explicación está en cómo el cerebro predice las consecuencias de tus propios movimientos.

Cada vez que mueves una parte del cuerpo, el cerebro, sobre todo una zona llamada cerebelo, en la parte trasera del cráneo, crea una predicción de lo que vas a sentir. Para ello usa una especie de copia de las órdenes que envía a los músculos, llamada copia eferente. Si la sensación que llega coincide con la predicción, el cerebro la atenúa, porque no aporta información nueva. En cambio, cuando otra persona te toca, el cerebro no puede predecir con exactitud el momento ni la forma del contacto, así que la sensación llega con toda su intensidad y, en las zonas sensibles, produce cosquillas.

Esta idea fue estudiada por la neurocientífica Sarah-Jayne Blakemore y sus colegas del University College de Londres, a finales de los 90. En un experimento, los participantes usaban un pequeño robot para hacerse cosquillas en la palma de la mano. Cuando el robot reproducía el movimiento de la persona al instante, la sensación era débil. Pero cuando los investigadores introducían un pequeño retraso, de solo unas décimas de segundo, o un cambio en la dirección del movimiento, la sensación de cosquillas aumentaba. Es decir, cuanto menos coincidía con la predicción, más cosquillas producía. Con un escáner, vieron que la actividad del cerebelo y de las zonas del cerebro que procesan el tacto era menor ante las cosquillas propias.

Este mecanismo tiene una función importante: ayuda a distinguir lo que causamos nosotros de lo que viene del exterior. Sin él, cada vez que nos tocáramos la cara o nos rascáramos, el cerebro reaccionaría como si algo externo nos tocara, y estaríamos en alerta constante. También nos permite concentrarnos en estímulos nuevos, que pueden ser importantes, como un insecto que se posa en el brazo.

Un fenómeno relacionado lo sufren algunas personas con esquizofrenia. Algunos estudios han observado que, en ciertos casos, son capaces de hacerse cosquillas a sí mismas con más intensidad que otras personas. Una hipótesis es que su cerebro tiene dificultades para predecir las consecuencias de sus propias acciones, y eso podría estar relacionado con síntomas como sentir que sus pensamientos o movimientos están controlados por otros o escuchar voces que no reconocen como propias.

Otro ejemplo del mismo mecanismo es la escalada de fuerza: en un experimento, cuando dos personas se turnaban para empujarse los dedos intentando igualar la fuerza que recibían, cada uno acababa presionando más de lo que creía, porque percibía su propia fuerza como menor.

¿Y por qué existen las cosquillas? Hay varias teorías. Una propone que sirven para detectar insectos y parásitos sobre la piel. Otra, que tienen una función social: las cosquillas y la risa que provocan refuerzan los vínculos entre padres e hijos y entre amigos. Las ratas también parecen “reírse” con ultrasonidos cuando se les hacen cosquillas, según los estudios del neurocientífico Jaak Panksepp.

Por qué importa. Tu cerebro predice constantemente las consecuencias de tus acciones, un mecanismo clave para distinguir lo propio de lo ajeno y para moverte con precisión.

DATO 6Una canción pegadiza tiene nombre científico

Esa canción que no se te va de la cabeza tiene nombre: gusano auditivo, en inglés earworm, traducción del alemán Ohrwurm. Los psicólogos también lo llaman imaginería musical involuntaria. Casi todo el mundo lo experimenta: en una encuesta realizada en Finlandia en 2009, alrededor del 90 % de las personas decía tener gusanos auditivos al menos una vez por semana. Suelen durar desde unos minutos hasta horas, y normalmente se repite solo un fragmento de la canción, a menudo el estribillo, en bucle.

¿Qué canciones se pegan más? En 2016, la psicóloga Kelly Jakubowski, entonces en la Universidad de Durham, y sus colegas analizaron las canciones que más personas mencionaban como gusanos auditivos. Descubrieron que suelen tener un ritmo bastante rápido y una melodía sencilla y fácil de cantar, con notas que suben y bajan de una manera común, pero con algún giro inesperado, como un salto o una repetición curiosa, que las hace distintas. Entre las canciones más mencionadas en su estudio estaban “Bad Romance” de Lady Gaga, “Can’t Get You Out of My Head” de Kylie Minogue y “Don’t Stop Believin’” de Journey.

Otros factores favorecen los gusanos: haber escuchado la canción recientemente o muchas veces, estar cansado, estresado o aburrido, y hacer tareas repetitivas que no requieren mucha atención, como caminar o ducharse. A veces también se activan por asociaciones: una palabra, una situación o un lugar que te recuerda la canción.

¿Por qué ocurren? No se sabe con certeza. Una hipótesis es que el cerebro tiende a repetir patrones que no ha “cerrado”, un fenómeno parecido al efecto Zeigarnik: como solemos recordar solo un fragmento de la canción, el cerebro sigue repitiéndolo. Los estudios de imagen muestran que, al imaginar música, se activan zonas del cerebro similares a las que se activan al escucharla, como la corteza auditiva.

¿Cómo quitártelo? Algunos estudios ofrecen trucos prácticos. Un estudio de la Universidad de Reading, en 2015, encontró que mascar chicle reducía las veces que se pensaba en una canción, probablemente porque mover la mandíbula interfiere con la “voz interior” que usamos para imaginar la música. Otras estrategias que han mostrado cierta eficacia son escuchar la canción entera, para “cerrar” el bucle, hacer una tarea que requiera concentración moderada, como un sudoku o un crucigrama, o escuchar otra canción que actúe como “cura”. Eso sí, intentar suprimirla a la fuerza suele tener el efecto contrario.

En la mayoría de los casos, los gusanos auditivos son inofensivos, e incluso pueden ser agradables. Solo en casos raros se vuelven muy intrusivos, por ejemplo en algunas personas con trastorno obsesivo-compulsivo.

La industria musical y la publicidad conocen bien este fenómeno y lo aprovechan: los anuncios con melodías pegadizas, los jingles, buscan precisamente quedarse en tu cabeza para que recuerdes la marca.

Algunos investigadores ven en los gusanos auditivos una ventana para estudiar la memoria musical, que es sorprendentemente resistente: personas con alzhéimer avanzado a menudo siguen recordando canciones de su juventud, lo que se aprovecha en terapias con música.

Por qué importa. Los gusanos auditivos muestran lo poderosa que es la memoria musical, que se usa en publicidad, en educación y hasta en terapias para personas con demencia.

DATO 5Tomar decisiones cansa

Tomar muchas decisiones seguidas puede agotarte, un fenómeno que se ha popularizado como fatiga de decisión. Se ha observado que, tras una larga serie de elecciones, las personas tienden a tomar decisiones peores o más impulsivas, o a elegir la opción más fácil, la que no implica cambios, o a posponer la decisión.

Uno de los estudios más famosos sobre este tema se publicó en 2011 y analizó más de 1.000 decisiones de jueces que evaluaban solicitudes de libertad condicional en Israel. Los investigadores, Shai Danziger, Jonathan Levav y Liora Avnaim-Pesso, observaron que al empezar la jornada o justo después de las pausas para comer, los jueces concedían la libertad condicional en alrededor del 65 % de los casos. A medida que avanzaba la sesión, esa proporción caía casi a cero, y volvía a subir tras el siguiente descanso. La interpretación fue que el cansancio mental empujaba a los jueces a la opción por defecto: denegar.

Sin embargo, este estudio ha recibido críticas importantes. Otros investigadores señalaron que el orden de los casos no era aleatorio: los presos sin abogado solían ir al final de cada sesión y tenían menos posibilidades de éxito. Además, los jueces a veces planificaban las pausas sabiendo qué casos quedaban. Y algunos análisis sugieren que el efecto es demasiado grande para ser real. Es decir, el estudio ilustra una idea interesante, pero no es la prueba definitiva que a menudo se presenta.

La idea detrás de la fatiga de decisión está relacionada con otra teoría, la del agotamiento del ego, propuesta por el psicólogo Roy Baumeister en los años 90. Según esta teoría, el autocontrol sería un recurso limitado que se gasta con el uso, como un músculo que se cansa. Pero en la última década, esta teoría ha sido muy cuestionada: un gran estudio con 23 laboratorios, publicado en 2016, no logró reproducir el efecto de forma clara. Algunos investigadores creen que la motivación y las creencias de las personas sobre su fuerza de voluntad influyen mucho.

Así que la fatiga de decisión existe como experiencia, pero la ciencia todavía debate su tamaño y sus causas. Lo que sí parece claro es que el cansancio, el hambre y la falta de sueño afectan a nuestra capacidad de pensar con claridad y de controlar los impulsos.

En la vida diaria, el fenómeno se ve en situaciones como el supermercado: después de recorrer los pasillos eligiendo productos, es más fácil caer en las chucherías de la caja. Y por eso algunas empresas ofrecen opciones “por defecto” en los formularios, sabiendo que mucha gente las acepta sin pensar.

Algunas personas famosas, como Barack Obama o Mark Zuckerberg, contaron en su momento que llevaban casi siempre la misma ropa para no gastar energía en decisiones sin importancia. Es una estrategia que puede ser útil para algunas personas, aunque no está demostrada científicamente.

Estrategias sensatas incluyen: tomar las decisiones importantes a primera hora o después de descansar, reducir decisiones pequeñas con rutinas (como planificar las comidas de la semana), comer y dormir bien, y no tomar decisiones importantes con prisa o agotamiento.

Por qué importa. Conocer los límites de nuestra capacidad de decisión ayuda a organizar el día y a proteger las decisiones importantes del cansancio, aunque la ciencia sobre este tema sigue en debate.

DATO 4Ves caras en objetos que no las tienen

Ver caras donde no las hay, en un enchufe, en las nubes, en la parte delantera de un coche, en una tostada o en las manchas de una pared, se llama pareidolia facial. Es una experiencia universal: casi todo el mundo la ha vivido. Y no es un error del cerebro, sino una consecuencia de lo importante que son las caras para los seres humanos.

Somos una especie muy social, y reconocer caras rápidamente es fundamental para sobrevivir y relacionarnos: saber quién es amigo y quién desconocido, leer emociones o detectar amenazas. Por eso el cerebro tiene zonas especializadas en el procesamiento de caras, sobre todo una región llamada área fusiforme de las caras, en la parte inferior del lóbulo temporal. Esa zona está “programada” para detectar patrones básicos, como dos puntos y una línea debajo, que se parecen a unos ojos y una boca.

Detectar caras de forma rápida tiene sentido evolutivo. Es mejor equivocarse y ver una cara donde no la hay, un falso positivo, que no ver una cara real, por ejemplo la de un depredador escondido o un enemigo, un falso negativo. El coste del primer error es pequeño; el del segundo, puede ser muy grande.

Los estudios con escáneres cerebrales muestran que cuando vemos pareidolias, el área fusiforme de las caras se activa muy rápido, en unas 170 milésimas de segundo, casi igual que ante una cara real. En un estudio de 2022, investigadores de la Universidad de Sídney, dirigidos por David Alais, mostraron que las caras ilusorias activan procesos de análisis de expresión: las personas les atribuían emociones, como alegría, sorpresa o enfado, y esas emociones influían en cómo veían las caras siguientes, igual que ocurre con caras reales.

Otro estudio de 2023, del Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos, encontró algo curioso: la mayoría de las personas percibían las caras de las pareidolias como masculinas, a pesar de que los objetos no tienen género.

Los bebés muestran preferencia por mirar patrones con forma de cara desde muy pequeños, lo que sugiere que esta capacidad es en parte innata. Incluso se han hecho experimentos proyectando luces con forma de cara en el útero, a través de la piel de la madre, y algunos fetos giraban la cabeza para seguirlas más que ante otros patrones.

La pareidolia no se limita a las caras. También vemos formas de animales en las nubes o creemos oír palabras en ruidos. Y ha tenido su papel en la historia: la famosa “cara de Marte”, una formación rocosa fotografiada por la sonda Viking 1 en 1976, se interpretó como una cara gigante esculpida por extraterrestres. Fotografías posteriores, con mucha más resolución, mostraron que era una colina normal.

El test de Rorschach, con sus manchas de tinta, se basa en parte en esta tendencia a ver formas en patrones ambiguos, aunque su uso como herramienta psicológica es controvertido.

Incluso las cámaras de fotos y los sistemas de reconocimiento facial sufren una especie de pareidolia: a veces detectan caras en objetos.

Por qué importa. La pareidolia demuestra que tu cerebro está hecho para encontrar caras, una habilidad clave para la vida social que a veces nos juega pasadas divertidas.

DATO 3Solemos creer que otros notan más nuestros errores de lo que lo hacen

Solemos creer que los demás se fijan en nuestros errores, nuestro aspecto y nuestras torpezas mucho más de lo que realmente lo hacen. Los psicólogos lo llaman efecto foco, en inglés spotlight effect: sentimos que estamos bajo un foco, como un actor en el escenario, cuando en realidad la mayoría de la gente está pendiente de sí misma.

El experimento más famoso sobre este efecto lo publicaron en 2000 los psicólogos Thomas Gilovich, Victoria Medvec y Kenneth Savitsky, de la Universidad de Cornell. Pidieron a estudiantes universitarios que se pusieran una camiseta con la cara del cantante Barry Manilow, que en aquel momento se consideraba poco “moderna” entre los jóvenes, y entraran en una sala donde otros estudiantes estaban rellenando cuestionarios. Después les preguntaron cuántos de sus compañeros creían que habían notado la camiseta.

Los que llevaban la camiseta estimaron que aproximadamente la mitad de los presentes se había fijado en ella. En realidad, solo alrededor de una cuarta parte la recordaba. Es decir, sobreestimaron al doble cuánto se fijaban en ellos. En otros experimentos similares, los investigadores también encontraron que las personas sobreestiman cuánto notan los demás sus errores en un debate o sus malos días.

¿Por qué ocurre? Una de las razones es que cada uno de nosotros vive su propia experiencia desde dentro, con toda la información sobre sí mismo. Cuando cometemos un error, somos muy conscientes de él y nos cuesta imaginar que los demás no lo vean igual. Tendemos a usar nuestra propia perspectiva como punto de partida y a ajustarla poco, un proceso que los psicólogos llaman anclaje y ajuste.

Un fenómeno relacionado es la ilusión de transparencia: creemos que los demás pueden notar nuestras emociones, como los nervios al hablar en público, mucho más de lo que realmente lo hacen. En un estudio de Savitsky y Gilovich de 2003, se comprobó que explicar este fenómeno a las personas antes de hablar en público reducía sus nervios y mejoraba su rendimiento, según los observadores.

Hay que tener en cuenta que el efecto varía entre personas y situaciones. Algunas personas con ansiedad social lo experimentan con mucha intensidad, lo que puede llevarlas a evitar situaciones sociales. En los adolescentes también es especialmente fuerte: el psicólogo David Elkind lo describió como parte de lo que llamó “audiencia imaginaria”, la sensación de que todo el mundo está pendiente de uno.

La otra cara del efecto es que, al fijarnos tanto en nosotros mismos, podemos subestimar lo mucho que los demás aprecian cosas positivas que hacemos. Otros estudios han mostrado que las personas subestiman lo mucho que agradecen los demás un cumplido o una carta de agradecimiento.

Conocer este sesgo puede aliviar mucha presión. Si te tropiezas en la calle, llevas una mancha en la camisa o dices algo torpe en una reunión, es muy probable que la mayoría de la gente ni lo note o lo olvide enseguida, porque está ocupada pensando en sí misma.

Por qué importa. Saber que los demás se fijan en ti menos de lo que crees puede reducir la ansiedad social y ayudarte a atreverte a hablar, probar cosas nuevas o equivocarte.

DATO 2Olvidas a qué ibas al cruzar una puerta

Entras a la cocina y no recuerdas qué ibas a buscar. Te quedas en mitad de la habitación, desconcertado, y a veces solo lo recuerdas al volver al sitio de donde venías. Esta experiencia, tan común, tiene una explicación científica. En 2011, el psicólogo Gabriel Radvansky y su equipo de la Universidad de Notre Dame, en Estados Unidos, publicaron estudios que mostraban que cruzar una puerta puede hacernos olvidar lo que íbamos a hacer.

En sus experimentos, los participantes se movían por un entorno virtual en un ordenador, recogiendo objetos de una mesa y dejándolos en otra. A veces cruzaban una puerta para ir a otra habitación y otras veces se movían la misma distancia dentro de la misma sala. Después se les preguntaba qué objeto llevaban. Los participantes que habían cruzado una puerta cometían más errores. El efecto también apareció en experimentos con habitaciones reales.

A este fenómeno se le llama a veces efecto puerta, y la explicación que propusieron los investigadores tiene que ver con cómo el cerebro organiza la información. Según la teoría de los modelos de evento, el cerebro divide nuestras experiencias continuas en “episodios”, como si fueran capítulos de una historia. Una puerta funciona como un límite de evento: indica que ha terminado una escena y empieza otra. Al cruzarla, el cerebro “cierra” el episodio anterior y guarda la información de forma que es más difícil de recuperar desde el nuevo contexto. Al mismo tiempo, se prepara para procesar la nueva situación.

Además, la memoria depende mucho del contexto. Recordamos mejor las cosas en el mismo entorno en el que las aprendimos. Por eso, volver a la habitación donde tuviste la idea a menudo te ayuda a recordarla. Un famoso experimento de 1975, de Duncan Godden y Alan Baddeley, mostró algo parecido con buceadores: las listas de palabras aprendidas bajo el agua se recordaban mejor bajo el agua, y las aprendidas en tierra, mejor en tierra.

Otros estudios posteriores han matizado el efecto puerta. Una investigación de 2021 con realidad virtual encontró que el simple hecho de cruzar puertas no siempre causa olvido, y que influye mucho si la persona está haciendo varias cosas a la vez o tiene la mente ocupada. Es decir, el efecto es más fuerte cuando la memoria ya está “cargada”.

Este fenómeno forma parte de una capacidad del cerebro llamada memoria de trabajo, que mantiene activa durante poco tiempo la información que necesitamos para una tarea, como un número de teléfono o lo que vamos a buscar. Es limitada: solo puede sostener unas pocas cosas a la vez, y se distrae con facilidad.

Hay algunos trucos para evitar estos despistes. Puedes repetir en voz alta o mentalmente lo que vas a buscar mientras caminas, asociarlo a una imagen, o llevar algo en la mano que te lo recuerde. Y si ya lo has olvidado, volver al lugar donde tuviste la idea suele ayudar a recuperarla.

Este efecto también ayuda a entender por qué a veces cuesta concentrarse al cambiar de actividad, y por qué organizar el trabajo en bloques, sin cambiar constantemente de tarea, suele ser más eficaz.

Por qué importa. Estos despistes son normales y reflejan cómo el cerebro organiza la vida en episodios, y algunos trucos sencillos pueden ayudarte a no olvidar lo que ibas a hacer.

DATO 1El déjà vu podría ser un pequeño fallo de la memoria

El déjà vu, expresión francesa que significa “ya visto”, es la sensación de haber vivido ya un momento que en realidad es nuevo. Estás en un lugar donde nunca habías estado o en una conversación nueva, y de repente todo te resulta extrañamente familiar, aunque sabes que no puede ser. Lo experimenta alrededor de dos de cada tres personas en algún momento de su vida, según distintas encuestas. Suele durar solo unos segundos.

Es más frecuente en las personas jóvenes, sobre todo entre los 15 y los 25 años, y disminuye con la edad. También parece más común en personas que viajan mucho, que recuerdan bien sus sueños, que tienen un nivel educativo alto, y cuando se está cansado o estresado.

¿Qué lo causa? No se sabe con certeza, pero hay varias hipótesis. La más aceptada hoy lo relaciona con la memoria. Nuestra memoria tiene dos procesos distintos: la familiaridad, la sensación de que algo nos resulta conocido, y el recuerdo, que nos permite recuperar detalles concretos de cuándo y dónde lo vivimos. En el déjà vu, se activaría la sensación de familiaridad sin que haya un recuerdo real que la justifique.

La psicóloga Anne Cleary, de la Universidad Estatal de Colorado, ha estudiado el déjà vu en el laboratorio. En sus experimentos, usaba escenas de realidad virtual. Mostraba a los participantes escenas con una disposición espacial similar a otras que habían visto antes, pero con objetos distintos. Por ejemplo, una sala de museo organizada igual que un patio de ciencia que habían visto antes. Los participantes tenían más sensación de déjà vu en las escenas parecidas, aunque no recordaban conscientemente la escena original. Es decir, el déjà vu podría surgir cuando una situación nueva se parece en su estructura a algo vivido que no logramos recordar.

Otra hipótesis sugiere que el déjà vu sería una especie de comprobación del cerebro. El neurocientífico Akira O’Connor, de la Universidad de St Andrews, propuso que las zonas frontales del cerebro detectan un error en la memoria, un falso aviso de familiaridad, y lo corrigen. El déjà vu sería la experiencia consciente de ese conflicto. Esto explicaría por qué en el déjà vu sabemos que la sensación es falsa, y por qué es más frecuente en personas jóvenes, cuyo sistema de comprobación estaría más activo.

El déjà vu también se ha estudiado en personas con epilepsia del lóbulo temporal, una zona clave para la memoria. En algunas de ellas, el déjà vu aparece justo antes de una crisis, como un aura. Al estimular con electrodos ciertas zonas del lóbulo temporal, como la corteza rinal, durante estudios médicos, algunos pacientes han sentido déjà vu. Esto confirma que el fenómeno está relacionado con los circuitos de la memoria.

En la inmensa mayoría de las personas, el déjà vu es algo normal e inofensivo. Solo conviene consultar al médico si es muy frecuente, dura mucho o va acompañado de otros síntomas, como pérdidas de consciencia, movimientos involuntarios o sensaciones extrañas.

Existe también lo contrario, el jamais vu, “nunca visto”: la sensación de que algo muy familiar, como una palabra que escribes muchas veces, de repente te parece extraño.

Por qué importa. El déjà vu es una ventana para estudiar cómo funciona la memoria, y en casi todos los casos es una experiencia normal que no indica ningún problema.

Resumen de los 10 datos

  1. El déjà vu podría ser un pequeño fallo de la memoria.
  2. Olvidas a qué ibas al cruzar una puerta.
  3. Solemos creer que otros notan más nuestros errores de lo que lo hacen.
  4. Ves caras en objetos que no las tienen.
  5. Tomar decisiones cansa.
  6. Una canción pegadiza tiene nombre científico.
  7. Te cuesta hacerte cosquillas a ti mismo.
  8. Es más fácil recordar tareas sin terminar.
  9. Recordar algo lo cambia un poco.
  10. Tu cerebro rellena lo que no ves.

¿Viste este carrusel en TikTok? Es el Dato #007. Cuéntanos en los comentarios cuál te sorprendió más.

Preguntas frecuentes

¿Por qué no vemos el punto ciego?

Porque el cerebro rellena el hueco con lo que hay alrededor y el otro ojo lo cubre.

¿Se pueden crear recuerdos falsos?

Sí. Elizabeth Loftus demostró que preguntas sugerentes pueden implantar recuerdos que nunca ocurrieron.

¿Por qué no puedo hacerme cosquillas?

Porque el cerebro predice lo que vas a sentir y reduce la sensación.

¿Qué es la pareidolia?

Ver caras u otras formas conocidas donde no las hay.

Fuentes

  1. Loftus y Pickrell (1995). The formation of false memories. Psychiatric Annals
  2. Blakemore et al. (1998). Central cancellation of self-produced tickle sensation. Nature Neuroscience
  3. Gilovich et al. (2000). The spotlight effect in social judgment. JPSP
  4. Radvansky et al. (2011). Walking through doorways causes forgetting. Quarterly Journal of Experimental Psychology
  5. Wikipedia: Efecto Zeigarnik

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