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Dato #27 Mente

10 trucos que usa tu cerebro sin que lo sepas

El número 1 te pasa al ver una foto tuya.

29 de septiembre de 2026 · 30 min de lectura

Tu cerebro usa atajos constantemente: recuerda mejor unas cosas que otras, se acostumbra a lo que no cambia, se deja llevar por los precios terminados en 9 y hasta prefiere tu cara del espejo.

Estos diez datos explican esos trucos mentales, qué experimentos los demostraron, cuáles se han replicado y cuáles se discuten, y cómo usarlos a tu favor en el estudio, las compras y la vida diaria.

DATO 10Recordamos mejor el principio y el final de una lista

Cuando intentamos recordar una lista, por ejemplo una lista de palabras, de la compra o de números, recordamos mejor los primeros elementos y los últimos, y peor los del medio. Estos fenómenos se llaman efecto de primacía, para los primeros elementos, y efecto de recencia, para los últimos. Si se dibuja en un gráfico el porcentaje de acierto según la posición de cada elemento en la lista, se obtiene una curva en forma de U, llamada curva de posición serial.

Este efecto lo describió por primera vez el psicólogo alemán Hermann Ebbinghaus, pionero en el estudio experimental de la memoria, a finales del siglo XIX. Ebbinghaus hizo experimentos consigo mismo memorizando listas de sílabas sin sentido, como “DAX” o “BOK”, para evitar que el significado de las palabras influyera en los resultados. También descubrió la curva del olvido, que muestra que olvidamos gran parte de lo aprendido en las primeras horas y días, si no lo repasamos.

¿Por qué ocurren estos efectos? El efecto de primacía se debe a que los primeros elementos de la lista reciben más atención y tienen más tiempo para repetirse mentalmente mientras se presentan los siguientes. Por eso tienen más posibilidades de pasar a la memoria a largo plazo. El efecto de recencia, en cambio, se debe a que los últimos elementos siguen frescos en la memoria a corto plazo o memoria de trabajo en el momento de recordar. Un experimento clásico de 1966, de los psicólogos Murray Glanzer y Anita Cunitz, lo demostró: cuando se hacía esperar a las personas unos 30 segundos antes de recordar, contando hacia atrás para que no pudieran repetir mentalmente, el efecto de recencia desaparecía, pero el de primacía se mantenía. Y cuando se presentaban las palabras más despacio, mejoraba el efecto de primacía. Esto apoyó la idea de que existen dos sistemas de memoria distintos, uno a corto y otro a largo plazo, un modelo propuesto por Richard Atkinson y Richard Shiffrin en 1968.

Estos efectos tienen muchas aplicaciones prácticas. En el estudio, se recomienda variar el orden en que se repasan los temas, para que no siempre queden los mismos en el medio, y hacer pausas cortas, porque cada pausa crea nuevos “comienzos” y “finales” que se recuerdan mejor. En las presentaciones y discursos, conviene poner las ideas más importantes al principio y al final, y repetir el mensaje clave en la conclusión. En las entrevistas de trabajo, algunos estudios sugieren que los candidatos entrevistados al principio o al final de una serie pueden ser recordados mejor, aunque los resultados varían. En los concursos musicales o de talentos, como Eurovisión, algunos análisis han encontrado que actuar al final puede favorecer a los participantes. Y en la publicidad, los anuncios que aparecen al principio o al final de una pausa publicitaria tienden a recordarse más.

El efecto también influye en cómo formamos impresiones de las personas. En un famoso experimento de 1946, el psicólogo Solomon Asch describió a una persona con una lista de adjetivos: “inteligente, trabajador, impulsivo, crítico, terco, envidioso”, y a otro grupo le dio la misma lista en orden inverso. El primer grupo tuvo una impresión mucho más positiva de la persona que el segundo, porque los primeros adjetivos influían en cómo se interpretaban los demás. Esto muestra la importancia de la primera impresión.

Otro efecto relacionado es el efecto Von Restorff o efecto de aislamiento: recordamos mejor un elemento que destaca de los demás, por ejemplo, una palabra en rojo en una lista de palabras en negro. Por eso es útil subrayar o destacar lo más importante, aunque sin abusar.

Por qué importa. Saber que recordamos mejor el principio y el final ayuda a estudiar, presentar y organizar la información de forma más eficaz.

DATO 9Sonreír puede influir un poco en tu ánimo

La idea de que sonreír puede mejorar el ánimo, aunque no se esté contento, se conoce como la hipótesis de la retroalimentación facial. Según esta hipótesis, los músculos de la cara no solo expresan las emociones, sino que también envían señales al cerebro que pueden influir en ellas. Es una idea antigua: ya Charles Darwin, en 1872, y el psicólogo William James, a finales del siglo XIX, propusieron que la expresión física de las emociones podía reforzarlas.

En 1988, el psicólogo alemán Fritz Strack y sus colegas publicaron un experimento muy famoso. Pidieron a los participantes que sujetaran un bolígrafo con la boca de dos formas distintas: unos con los dientes, lo que obliga a los músculos de la cara a formar una especie de sonrisa, y otros con los labios, lo que impide sonreír y produce una expresión más seria. Para que no supieran el objetivo del experimento, les dijeron que se estudiaba cómo escribir con la boca para personas con discapacidad. Después, les pidieron que valoraran lo graciosas que eran unas tiras cómicas de The Far Side. Los que sujetaban el bolígrafo con los dientes, “sonriendo”, encontraron las viñetas algo más graciosas. Este estudio se citó miles de veces y apareció en muchos libros de psicología.

Pero en 2016, en plena crisis de replicación de la psicología, un periodo en el que muchos estudios famosos no pudieron repetirse con éxito, se llevó a cabo un gran intento de réplica del experimento en 17 laboratorios de distintos países, con casi 1.900 participantes, coordinado por Eric-Jan Wagenmakers. El resultado fue un fracaso: no se encontró ningún efecto significativo. Fue un golpe para la hipótesis. Strack respondió que había diferencias en el diseño, como que los participantes eran grabados en vídeo, lo que podría haber influido, y un estudio de 2019 encontró que, sin cámara, el efecto sí aparecía.

En 2022, un gran estudio internacional llamado Many Smiles Collaboration, liderado por Nicholas Coles, entonces en la Universidad de Stanford, con casi 3.900 participantes de 19 países, probó distintas formas de inducir la sonrisa: imitar la expresión de una foto de una persona sonriendo, subir las comisuras de los labios con la mano o el método del bolígrafo. Encontraron que las personas que sonreían, sobre todo las que imitaban fotos o movían voluntariamente los músculos, se sentían algo más felices. Es decir, encontraron un efecto pequeño pero real. Sin embargo, el método del bolígrafo dio resultados más débiles. Un metaanálisis de 2019, del mismo autor, que revisó 138 estudios, llegó a una conclusión parecida: sonreír puede influir en las emociones, pero el efecto es pequeño.

Así que la conclusión actual es que sonreír puede mejorar un poco el ánimo, pero no es una solución mágica: no curará la tristeza profunda ni la depresión. Además, forzar una sonrisa de forma constante, por ejemplo en trabajos de atención al público, puede ser agotador, un fenómeno llamado trabajo emocional, y algunos estudios lo asocian con más estrés y agotamiento.

La historia de este experimento es un buen ejemplo de cómo funciona la ciencia: los resultados deben poder repetirse por otros investigadores para considerarse sólidos. La crisis de replicación llevó a cambios importantes en la psicología, como el prerregistro de los estudios, en el que los investigadores publican su plan antes de hacer el experimento, las muestras más grandes y la colaboración entre muchos laboratorios.

Por cierto, la sonrisa es contagiosa: tendemos a imitar las expresiones de los demás de forma automática, lo que puede ayudar a crear un buen ambiente.

Por qué importa. Sonreír puede mejorar un poco el ánimo, y la historia de este experimento muestra la importancia de repetir los estudios antes de dar por segura una idea.

DATO 8Un precio acabado en 9 parece más bajo

Los precios terminados en 9, como 9,99 € o 19,95 €, nos parecen bastante más bajos que los precios redondos, como 10 € o 20 €, aunque la diferencia real sea de solo un céntimo o unos pocos céntimos. Este fenómeno se llama efecto del dígito izquierdo (left-digit effect), y está relacionado con lo que se conoce como precios psicológicos o precios de encanto.

¿Por qué ocurre? Porque leemos de izquierda a derecha, y el primer dígito de un número tiene un peso mucho mayor en nuestra percepción del valor. Cuando vemos 9,99 €, nuestro cerebro procesa primero el “9”, y clasifica rápidamente el precio como “algo de 9 euros”, en lugar de “casi 10 euros”. Como tomamos muchas decisiones de compra de forma rápida y automática, sin analizar cada precio con cuidado, ese primer dígito se convierte en un atajo mental. Esto se relaciona con el concepto de anclaje, un sesgo descrito por los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky, en el que la primera información que recibimos influye en nuestros juicios posteriores.

Varios estudios han medido este efecto. En un estudio de 2005, los investigadores Manoj Thomas y Vicki Morwitz encontraron que la gente percibía que la diferencia entre 2,99 y 4,00 dólares era mayor que entre 3,00 y 4,01, aunque en ambos casos era de 1,01 dólares. Un estudio con los datos de ventas de coches usados en Estados Unidos, publicado en 2012 por Nicola Lacetera y sus colegas, encontró que los precios de los coches caían bruscamente cuando el cuentakilómetros superaba una cifra redonda, como 10.000, 20.000 o 30.000 millas, aunque la diferencia real de kilómetros fuera mínima: un coche con 79.900 millas se vendía por bastante más que uno con 80.100. Y un estudio de 2003 de Eric Anderson y Duncan Simester, que colaboraron con una empresa de venta por catálogo, encontró que un vestido se vendía más a 39 dólares que a 34 dólares, aunque fuera más caro.

El origen de los precios terminados en 9 no está claro. Una teoría popular dice que se introdujeron a finales del siglo XIX en los grandes almacenes de Estados Unidos para obligar a los dependientes a abrir la caja registradora y dar el cambio, lo que dificultaba que se quedaran con el dinero. Pero no hay pruebas claras de ello, y hoy su uso se explica sobre todo por su efecto psicológico.

Las empresas usan otras técnicas de precios psicológicos. Por ejemplo, el precio señuelo: ofrecer una opción intermedia poco atractiva para que otra parezca mejor, como los tamaños de palomitas en el cine, donde el mediano cuesta casi lo mismo que el grande para que la gente compre el grande. También los precios sin símbolo de moneda en los restaurantes caros, como “25” en lugar de “25 €”, que según un estudio de la Universidad de Cornell de 2009 hacen que la gente gaste un poco más. O mostrar el precio “tachado” junto al precio rebajado, para crear un ancla que haga parecer la oferta mejor.

En cambio, en productos de lujo o de alta calidad, las empresas suelen usar precios redondos, como 100 € o 1.000 €, porque transmiten una imagen de calidad y exclusividad, mientras que los precios terminados en 9 se asocian a descuentos y ofertas.

Para no dejarse engañar, algunos consejos útiles son redondear mentalmente los precios hacia arriba, comparar el precio por unidad o por kilo, que en la Unión Europea las tiendas están obligadas a mostrar, y hacer una lista de la compra antes de ir al supermercado.

Por qué importa. Conocer el efecto del dígito izquierdo ayuda a tomar mejores decisiones de compra y a no dejarse llevar por las técnicas de venta.

DATO 7Tu cerebro ignora sonidos constantes

La habituación es un proceso por el que el cerebro deja de prestar atención a estímulos que son constantes o repetitivos y que no suponen ninguna novedad ni amenaza, como el ruido de un ventilador, el tictac de un reloj, el zumbido de un frigorífico o el olor de tu propia casa. Al principio los notamos, pero al cabo de un tiempo dejamos de percibirlos de forma consciente, aunque sigan ahí. Pero si el estímulo cambia, por ejemplo, si el ventilador se detiene de repente o cambia de sonido, lo vuelves a notar enseguida. Muchas personas se dan cuenta del ruido del frigorífico justo en el momento en que se apaga.

La habituación es una de las formas de aprendizaje más sencillas que existen, y está presente en casi todos los animales, incluso en organismos muy simples. El neurocientífico Eric Kandel estudió los mecanismos de la habituación en un caracol marino llamado Aplysia, que tiene neuronas muy grandes y fáciles de estudiar. Observó que cuando se tocaba repetidamente una parte de su cuerpo, el caracol retiraba sus branquias cada vez con menos fuerza, porque las conexiones entre sus neuronas, las sinapsis, liberaban menos neurotransmisores. Estos estudios sobre las bases moleculares de la memoria le valieron el Premio Nobel de Medicina en 2000.

¿Para qué sirve la habituación? Tiene una función muy importante: permite que el cerebro ahorre recursos y se concentre en lo que es nuevo o importante. Estamos rodeados de miles de estímulos a la vez, y si tuviéramos que prestar atención a todos, no podríamos funcionar. La habituación filtra lo irrelevante para que podamos detectar los cambios, que pueden ser una señal de peligro o de una oportunidad.

Hay que distinguir la habituación de la adaptación sensorial, que ocurre en los propios receptores de los sentidos, que dejan de responder a un estímulo constante. Por ejemplo, cuando te pones un reloj o unas gafas, al principio los notas, pero al rato dejas de sentirlos, porque los receptores del tacto de la piel se adaptan. O cuando entras en una habitación con un olor fuerte, al cabo de unos minutos dejas de olerlo, porque los receptores del olfato se adaptan. La habituación, en cambio, es un proceso del cerebro, que decide no prestar atención.

La habituación tiene muchas consecuencias en la vida diaria. Explica por qué dejamos de notar el ruido del tráfico si vivimos en una calle concurrida, aunque, según la Organización Mundial de la Salud, el ruido constante puede seguir afectando a la salud, al sueño y al estrés aunque no lo notemos. Explica también por qué dejamos de apreciar cosas buenas que tenemos cada día, un fenómeno relacionado con la adaptación hedónica: nos acostumbramos a las mejoras de nuestra vida, como un coche nuevo o un aumento de sueldo, y al cabo de un tiempo dejan de hacernos tan felices como al principio. Por eso algunos psicólogos recomiendan practicar la gratitud o introducir variedad para seguir disfrutando de las cosas.

En la publicidad, las marcas cambian sus anuncios con frecuencia para evitar que los consumidores se habitúen y dejen de prestarles atención. En la educación, los profesores cambian de actividad para mantener la atención de los alumnos. Y en el trabajo, las alertas y notificaciones demasiado frecuentes pueden provocar que dejemos de prestarles atención, un fenómeno llamado fatiga de alarmas, que es un problema serio en los hospitales, donde el personal sanitario puede dejar de responder a las alarmas de los monitores porque la mayoría son falsas.

La habituación también se estudia en los bebés: los investigadores miden cuánto tiempo mira un bebé una imagen, y cuándo deja de mirarla porque se ha habituado. Si luego se le muestra una imagen distinta y la mira más, significa que ha notado la diferencia. Esta técnica ha permitido descubrir muchas capacidades de los bebés, como reconocer caras o distinguir cantidades.

Por qué importa. La habituación ayuda al cerebro a centrarse en lo nuevo, pero también explica por qué dejamos de valorar lo que tenemos y por qué el ruido constante puede afectarnos sin notarlo.

DATO 6Dormir ayuda a fijar lo aprendido

Durante el sueño, el cerebro no está simplemente apagado: realiza una tarea muy importante, la consolidación de la memoria. Mientras dormimos, el cerebro reactiva los patrones de actividad de lo que hemos aprendido durante el día, fortalece las conexiones entre las neuronas que son importantes y debilita las que no lo son. Así, la información pasa de un almacén temporal a un almacenamiento más estable y duradero. Por eso dormir después de estudiar ayuda a recordar mejor lo aprendido.

¿Cómo funciona? Una de las teorías más aceptadas es la del diálogo entre dos zonas del cerebro: el hipocampo, una estructura con forma de caballito de mar, clave para formar nuevos recuerdos, y la corteza cerebral, donde se almacenan los recuerdos a largo plazo. Durante el día, el hipocampo guarda temporalmente la información nueva. Por la noche, sobre todo durante la fase de sueño profundo o de ondas lentas, el hipocampo “reproduce” esa información, como si repasara lo aprendido, y la transfiere a la corteza. En ratas, los investigadores han observado que las neuronas del hipocampo que se activan cuando el animal recorre un laberinto durante el día se vuelven a activar en la misma secuencia, pero más rápido, mientras duermen. Este fenómeno se llama reactivación o replay, y lo describieron, entre otros, Matthew Wilson y Bruce McNaughton en 1994.

Las distintas fases del sueño parecen tener funciones diferentes. El sueño profundo parece especialmente importante para consolidar los hechos y los datos, la llamada memoria declarativa. El sueño REM, la fase en la que tenemos los sueños más vívidos, parece importante para las habilidades y los procedimientos, como tocar un instrumento o aprender un deporte, y para procesar las emociones. Además, el cerebro durante el sueño también puede encontrar conexiones entre ideas y favorecer la creatividad. En un famoso estudio de 2004, publicado en Nature por Ullrich Wagner y Jan Born, los participantes que dormían después de practicar un problema matemático tenían más del doble de probabilidades de descubrir un atajo oculto para resolverlo que los que se quedaban despiertos.

Por el contrario, la falta de sueño perjudica la memoria y el aprendizaje. Los estudios muestran que las personas privadas de sueño tienen más dificultades para formar nuevos recuerdos: una noche sin dormir puede reducir la capacidad del hipocampo para aprender nueva información en alrededor de un 40 %, según estudios del neurocientífico Matthew Walker, autor del libro Por qué dormimos. Aunque algunas afirmaciones de ese libro han sido criticadas por exagerar los datos, el papel del sueño en la memoria está bien establecido.

Además, durante el sueño el cerebro realiza una especie de limpieza. En 2013, la neurocientífica danesa Maiken Nedergaard y su equipo descubrieron en ratones que durante el sueño se activa el sistema glinfático, que elimina desechos del cerebro, como la proteína beta-amiloide, relacionada con el alzhéimer. Algunos estudios recientes han cuestionado parte de estos resultados, y la investigación sigue abierta.

Esto tiene consecuencias prácticas para los estudiantes. Es mejor repartir el estudio en varias sesiones a lo largo de varios días, con noches de sueño entre medias, en lo que se llama práctica espaciada, que estudiar toda la noche antes de un examen, porque sin dormir, el cerebro no puede consolidar lo aprendido. También puede ayudar repasar brevemente lo más importante antes de dormir. Y las siestas cortas también pueden ayudar a consolidar la memoria.

La Organización Mundial de la Salud y las sociedades de medicina del sueño recomiendan que los adultos duerman entre 7 y 9 horas, y los adolescentes entre 8 y 10 horas. Sin embargo, muchos adolescentes duermen menos, en parte por el uso de pantallas por la noche, cuya luz azul y estimulación retrasan el sueño.

Por qué importa. Dormir bien es esencial para aprender y recordar, y estudiar en varias sesiones con descanso es más eficaz que pasar la noche en vela.

DATO 5Cuanto más ves algo, más te gusta

El efecto de mera exposición es la tendencia a que algo nos guste más cuanto más lo vemos o lo oímos, simplemente por la familiaridad, incluso sin que nos demos cuenta. Fue descrito por el psicólogo polaco-estadounidense Robert Zajonc en un artículo de 1968, titulado “Efectos actitudinales de la mera exposición”.

En sus experimentos, Zajonc mostró a los participantes palabras sin sentido, supuestamente en turco, como “kadirga” o “saricik”, caracteres chinos o fotografías de caras de desconocidos, un número diferente de veces: algunos una vez, otros dos, cinco, diez o veinticinco veces. Después, les preguntó qué significado creían que tenían las palabras, si era positivo o negativo, o cuánto les gustaban. Los resultados mostraron que cuanto más veces habían visto un estímulo, más positivamente lo valoraban. Por ejemplo, creían que las palabras que habían visto más veces significaban algo bueno.

Lo más sorprendente es que el efecto funciona incluso cuando la exposición es inconsciente. En un estudio de 1980, los investigadores William Kunst-Wilson y Robert Zajonc mostraron a los participantes figuras geométricas durante apenas 1 milisegundo, demasiado rápido para verlas conscientemente. Después, cuando les mostraron parejas de figuras, una que habían visto y otra nueva, los participantes no eran capaces de decir cuál habían visto, pero preferían las que habían visto, sin saber por qué. Un metaanálisis de 1989, de Robert Bornstein, que revisó más de 200 experimentos, confirmó que el efecto es sólido, y que es incluso más fuerte cuando las personas no son conscientes de la exposición.

¿Por qué ocurre? Una explicación es que lo familiar se procesa con más facilidad y fluidez, y el cerebro interpreta esa facilidad como una señal de que algo es agradable o seguro. Desde un punto de vista evolutivo, lo familiar tiende a ser menos peligroso que lo desconocido: si algo que hemos visto muchas veces no nos ha hecho daño, es probable que sea seguro. Así, la familiaridad reduce la incertidumbre y la desconfianza.

Este efecto tiene muchas aplicaciones y consecuencias en la vida cotidiana. En la publicidad, las marcas repiten sus anuncios, sus logotipos y sus eslóganes una y otra vez, para que los consumidores se familiaricen con ellos y los prefieran. En la música, las canciones suelen gustarnos más después de escucharlas varias veces; muchas canciones que al principio nos resultan indiferentes acaban gustándonos por la repetición en la radio o las listas de reproducción. En la política, los candidatos que aparecen más en los medios y en los carteles pueden resultar más conocidos y, por tanto, más atractivos para algunos votantes. En las relaciones personales, tendemos a sentir más simpatía por las personas que vemos con frecuencia, como los vecinos o los compañeros de clase, un fenómeno relacionado con el llamado efecto de proximidad: en un famoso estudio de 1950, Leon Festinger y sus colegas encontraron que los estudiantes de una residencia universitaria tenían más amigos entre los vecinos de las habitaciones más cercanas.

El efecto tiene límites. Si algo nos resulta desagradable desde el principio, la exposición repetida no hará que nos guste, e incluso puede aumentar el rechazo. Y el efecto disminuye con demasiadas repeticiones: el exceso puede producir aburrimiento o saturación, como cuando una canción que nos gustaba acaba cansándonos de tanto escucharla. Por eso los anunciantes buscan un equilibrio en el número de veces que repiten un anuncio.

Conocer este efecto ayuda a ser más conscientes de por qué nos gustan algunas cosas y a no confundir la familiaridad con la calidad o la verdad. De hecho, hay un efecto relacionado, llamado el efecto de la verdad ilusoria: tendemos a creer más una afirmación si la hemos oído muchas veces, aunque sea falsa, algo que aprovechan la desinformación y la propaganda.

Por qué importa. El efecto de mera exposición explica por qué la familiaridad genera simpatía, y recordarlo ayuda a no confundir lo conocido con lo bueno o lo verdadero.

DATO 4Tendemos a ver patrones en el azar

La falacia del jugador, también llamada falacia de Montecarlo, es la creencia errónea de que, si un suceso aleatorio ha ocurrido varias veces seguidas, es menos probable que vuelva a ocurrir en el futuro próximo, o que ahora “toca” el resultado contrario. Por ejemplo, creer que después de que una moneda haya salido cruz cinco veces seguidas, es más probable que la siguiente vez salga cara, porque “ya toca”. Pero en realidad, cada lanzamiento de una moneda es independiente de los anteriores: la moneda no tiene memoria, y la probabilidad de que salga cara sigue siendo del 50 %, igual que en cualquier otro lanzamiento.

El nombre de falacia de Montecarlo viene de un famoso episodio ocurrido el 18 de agosto de 1913 en el Casino de Montecarlo, en Mónaco. En una mesa de ruleta, la bola cayó en el color negro 26 veces seguidas, algo extremadamente improbable, con una probabilidad de alrededor de 1 entre 67 millones. A medida que se repetía el negro, muchos jugadores empezaron a apostar grandes cantidades al rojo, convencidos de que “tenía que” salir pronto. Según se cuenta, los jugadores perdieron millones de francos.

¿Por qué caemos en esta falacia? Porque nuestro cerebro busca patrones y tiende a creer en una especie de “ley de los pequeños números”, como la llamaron los psicólogos Amos Tversky y Daniel Kahneman en 1971: esperamos que incluso en secuencias cortas, los resultados aleatorios se “equilibren” y reflejen las probabilidades generales. Es cierto que, a lo largo de miles de lanzamientos, el número de caras y cruces tiende a igualarse, según la ley de los grandes números. Pero eso no ocurre porque la moneda “compense” los resultados anteriores, sino porque, en un número enorme de lanzamientos, las rachas se diluyen. Además, las personas suelen subestimar la frecuencia de las rachas en secuencias aleatorias: en 100 lanzamientos de una moneda, es muy probable que aparezca una racha de 6 o 7 resultados iguales seguidos.

La falacia del jugador no solo afecta a los juegos de azar. Un estudio de 2016, de los economistas Daniel Chen, Tobias Moskowitz y Kelly Shue, encontró indicios de este sesgo en decisiones importantes: los jueces de asilo de Estados Unidos tenían algo menos de probabilidad de aprobar una solicitud si habían aprobado la anterior, los responsables de préstamos también, e incluso los árbitros de béisbol al cantar lanzamientos. Es decir, tendían a “equilibrar” sus decisiones sin razón.

También existe el sesgo contrario, llamado la falacia de la mano caliente: la creencia de que alguien que ha tenido una racha de éxitos, por ejemplo, un jugador de baloncesto que ha encestado varios tiros seguidos, tiene más probabilidades de seguir acertando. En 1985, un estudio de Thomas Gilovich, Robert Vallone y Amos Tversky concluyó que la “mano caliente” en el baloncesto era una ilusión. Pero en 2018, los economistas Joshua Miller y Adam Sanjurjo descubrieron un error sutil en el análisis estadístico de aquel estudio, y al corregirlo encontraron que sí podría existir un pequeño efecto de mano caliente. Es un buen ejemplo de lo difícil que es razonar sobre las probabilidades, incluso para los expertos.

Estos sesgos tienen consecuencias graves en los juegos de azar. Las personas que creen que pueden “recuperar” lo perdido o que “les toca ganar” siguen apostando, lo que puede llevar a pérdidas económicas importantes y a la ludopatía, una adicción reconocida por la Organización Mundial de la Salud. Los casinos y las casas de apuestas conocen bien estos sesgos. Por ejemplo, las ruletas suelen mostrar en una pantalla los últimos resultados, lo que favorece que los jugadores busquen patrones.

Es importante recordar que en los juegos de azar, a largo plazo, la banca siempre gana, porque las probabilidades están diseñadas a su favor. En la ruleta europea, por ejemplo, el cero hace que la banca tenga una ventaja de alrededor del 2,7 % en cada apuesta.

Por qué importa. La falacia del jugador muestra lo mal que entendemos el azar, y recordar que cada suceso aleatorio es independiente ayuda a tomar mejores decisiones y a evitar pérdidas.

DATO 3El cerebro no distingue bien algo imaginado muy vívidamente

Imaginar algo de forma vívida activa zonas del cerebro parecidas a las que se activan al percibirlo de verdad. Estudios con técnicas de neuroimagen, como la resonancia magnética funcional, han mostrado que cuando imaginamos una imagen, se activan algunas de las mismas áreas visuales del cerebro que cuando la vemos; cuando imaginamos un sonido, se activan áreas auditivas; y cuando imaginamos un movimiento, se activan áreas motoras. Por eso, en ocasiones, al cerebro le cuesta distinguir entre un recuerdo de algo que ocurrió y algo que solo imaginamos.

Esto explica por qué, con sugerencias, se pueden crear recuerdos falsos, como demostró la psicóloga estadounidense Elizabeth Loftus, una de las investigadoras más influyentes sobre la memoria. En otro artículo vimos su famoso experimento de “perdido en el centro comercial”, de los años 90, en el que alrededor de una cuarta parte de los participantes llegó a “recordar” un episodio de su infancia que nunca había ocurrido. Otros estudios han ido más allá. En 2002, un estudio de Kimberley Wade y sus colegas mostró a los participantes una fotografía trucada en la que aparecían de niños montando en globo aerostático, algo que nunca habían hecho. Tras varias entrevistas, alrededor de la mitad de los participantes llegó a recordar total o parcialmente el viaje en globo, con detalles.

Un fenómeno relacionado es la inflación de la imaginación: cuanto más imaginamos un suceso, más probable es que después creamos que ocurrió. En un estudio de 1996, de Maryanne Garry y Elizabeth Loftus, los participantes que imaginaban, por ejemplo, que de niños habían roto una ventana con la mano, luego estaban más seguros de que les había pasado.

¿Por qué ocurre? Porque, como vimos, la memoria no es una grabación, sino una reconstrucción. Cuando recordamos, reunimos fragmentos de información y los completamos con lo que sabemos o suponemos. Para saber si un recuerdo es real o imaginado, el cerebro usa un proceso llamado monitorización de la fuente, que busca pistas, como los detalles sensoriales o el contexto. Pero si un suceso imaginado es muy vívido y detallado, o si nos lo han contado muchas veces, podemos confundir su origen.

Estos descubrimientos tuvieron enormes consecuencias en la justicia y la psicoterapia. En los años 80 y 90, en Estados Unidos y otros países, hubo una ola de casos en los que personas, a menudo durante terapias en las que se usaban técnicas como la hipnosis, la imaginación guiada o la interpretación de sueños, “recuperaron” supuestos recuerdos reprimidos de abusos en su infancia, a veces de abusos satánicos rituales. Muchas familias fueron acusadas y algunas personas fueron condenadas. Loftus y otros investigadores advirtieron de que algunas de esas técnicas podían crear recuerdos falsos. Este debate se conoce como las “guerras de la memoria”. Hoy se reconoce que los abusos reales ocurren y deben investigarse con seriedad, pero también que ciertas técnicas terapéuticas pueden inducir recuerdos falsos, y que la hipnosis no es un método fiable para recuperar recuerdos.

Por otro lado, la capacidad de imaginar de forma vívida tiene aplicaciones positivas. Los deportistas usan la visualización para entrenar: imaginar un movimiento puede ayudar a mejorarlo, porque activa las zonas motoras del cerebro, aunque no sustituye a la práctica real. Los músicos ensayan mentalmente sus piezas. Y en psicología, la imaginación se usa en terapias para tratar fobias o para preparar situaciones difíciles.

Curiosamente, no todas las personas imaginan igual. Alrededor de un 1 al 4 % de la población tiene afantasía, la incapacidad de crear imágenes mentales visuales, un fenómeno bautizado en 2015 por el neurólogo británico Adam Zeman. En el extremo contrario, algunas personas tienen hiperfantasía, imágenes mentales tan vívidas como la realidad.

Por qué importa. Imaginar algo activa el cerebro de forma parecida a vivirlo, lo que ayuda a entrenar habilidades, pero también explica por qué pueden crearse recuerdos falsos.

DATO 2Nos cuesta tomar decisiones con demasiadas opciones

En un famoso experimento publicado en el año 2000, los psicólogos Sheena Iyengar, de la Universidad de Columbia, y Mark Lepper, de la Universidad de Stanford, instalaron un puesto de degustación de mermeladas en un supermercado de lujo de California, Draeger’s. Algunos días, el puesto ofrecía 24 sabores distintos, y otros días, solo 6. Descubrieron que el puesto con 24 sabores atraía a más personas: alrededor del 60 % de los clientes que pasaban se paraban, frente al 40 % en el de 6 sabores. Pero, a la hora de comprar, ocurrió lo contrario: solo alrededor del 3 % de las personas que se paraban en el puesto de 24 sabores compraba un bote, mientras que en el de 6 sabores compraba alrededor del 30 %, diez veces más.

Este experimento se convirtió en la base de la llamada paradoja de la elección, popularizada por el psicólogo Barry Schwartz en su libro de 2004, La tiranía de la elección. Según esta idea, tener demasiadas opciones puede paralizarnos, hacer que nos cueste decidir y que, cuando decidimos, estemos menos satisfechos con nuestra elección, porque pensamos en las alternativas que hemos descartado y tenemos más posibilidades de arrepentirnos. Es lo que se llama sobrecarga de opciones.

Schwartz propuso distinguir entre dos tipos de personas: los “maximizadores”, que buscan siempre la mejor opción posible y comparan todas las alternativas, y los “satisfactores”, que eligen la primera opción que cumple sus criterios. Según sus estudios, los maximizadores tienden a tomar decisiones objetivamente algo mejores, pero se sienten menos felices con ellas.

Sin embargo, el efecto varía mucho según los estudios. En 2010, un metaanálisis de Benjamin Scheibehenne, Rainer Greifeneder y Peter Todd, que revisó 50 experimentos con más de 5.000 participantes, encontró que, en promedio, el efecto de la sobrecarga de opciones era casi nulo: en algunos estudios aparecía, pero en otros no, e incluso en algunos, más opciones hacían que la gente comprara más. En 2015, otro metaanálisis, de Alexander Chernev y sus colegas, encontró que el efecto sí aparece, pero solo en ciertas condiciones: cuando las opciones son difíciles de comparar, cuando la persona no tiene claras sus preferencias, cuando la decisión es complicada o cuando hay prisa. Cuando las personas saben lo que quieren o son expertas, tener muchas opciones no suele ser un problema, e incluso puede ser positivo.

Así que la conclusión actual es que tener más opciones no siempre es peor, pero puede serlo en determinadas situaciones.

Estas ideas tienen muchas aplicaciones prácticas. Muchas empresas han reducido el número de productos que ofrecen, para facilitar la elección. Por ejemplo, se cuenta que la empresa Procter & Gamble redujo el número de variedades de su champú Head & Shoulders de 26 a 15, y sus ventas aumentaron. Muchos restaurantes tienen menús cortos. En las pensiones, un estudio de 2004 de Iyengar y otros encontró que cuantos más fondos de inversión ofrecían las empresas a sus empleados, menos empleados se apuntaban al plan de ahorro para la jubilación. Por eso se recomiendan sistemas con opciones por defecto sensatas y con pocas alternativas bien explicadas. En las plataformas de streaming, a veces pasamos más tiempo eligiendo una película o serie que viéndola, un fenómeno que se ha llamado el “síndrome de Netflix”.

Para tomar mejores decisiones cuando hay muchas opciones, algunos consejos útiles son: definir antes qué es lo más importante, limitar el número de opciones que se comparan, aceptar una opción “suficientemente buena” y no darle demasiadas vueltas a las decisiones poco importantes.

Por qué importa. Demasiadas opciones pueden dificultar la decisión en algunos casos, y conocer este efecto ayuda a diseñar mejores menús, tiendas y servicios, y a elegir con más tranquilidad.

DATO 1Tu cara en el espejo te gusta más que en fotos

Preferimos nuestra imagen en el espejo a la imagen que ven los demás, es decir, a nuestra imagen en una fotografía normal. Por eso muchas personas se ven raras o poco favorecidas en las fotos, aunque los demás las vean bien. La explicación está en el efecto de mera exposición, que vimos en otro dato: nos gusta más lo que nos resulta más familiar, y la imagen de nuestra propia cara que más vemos es la del espejo, que está invertida de izquierda a derecha. Como nuestra cara no es perfectamente simétrica, la imagen invertida y la imagen real son ligeramente diferentes: un lunar en la mejilla izquierda, una ceja más alta o una sonrisa algo torcida aparecen en el lado contrario.

En 1977, los psicólogos Theodore Mita, Marshall Dermer y Jeffrey Knight, de la Universidad de Wisconsin-Milwaukee, publicaron un estudio que lo comprobó. Fotografiaron a varias mujeres y prepararon dos versiones de cada foto: la imagen normal, tal como la ven los demás, y la imagen invertida, tal como se ven ellas en el espejo. Después, les mostraron las dos versiones a las propias mujeres y a sus amigos o parejas, y les preguntaron cuál preferían. El resultado fue muy claro: las personas fotografiadas preferían la imagen invertida, la del espejo, mientras que sus amigos preferían la imagen normal, la que ellos veían habitualmente. Cada uno prefería la versión que le resultaba más familiar.

Esto explica varias experiencias cotidianas. Por qué muchas personas no se gustan en las fotos, especialmente en las fotos que les hacen otros, o por qué se sienten más cómodas con los selfis que ven en la pantalla del móvil, que muchas aplicaciones muestran en modo espejo mientras se hace la foto. De hecho, muchos móviles guardan los selfis invertidos por defecto, o dan la opción, precisamente porque la gente prefiere verse como en el espejo. Algunos estudios también han sugerido que nos resulta difícil reconocer con precisión nuestra propia cara: un estudio de 2008, de Nicholas Epley y Erin Whitchurch, encontró que las personas tendían a identificar como su foto real una versión de su cara retocada para hacerla algo más atractiva, lo que sugiere que tenemos una imagen algo favorecida de nosotros mismos.

Algo parecido ocurre con la voz. Muchas personas se sorprenden y no les gusta oír su propia voz grabada, que les parece más aguda o extraña. Esto ocurre porque, cuando hablamos, oímos nuestra voz por dos caminos: por el aire, a través de los oídos, y por los huesos del cráneo, que transmiten las vibraciones directamente al oído interno y refuerzan los sonidos graves. En una grabación, solo oímos el sonido que viaja por el aire, sin el refuerzo de los huesos, así que nuestra voz suena más aguda y menos familiar que la que estamos acostumbrados a oír. Los demás, en cambio, siempre oyen nuestra voz como en la grabación.

Estos fenómenos muestran que nuestra percepción de nosotros mismos no es objetiva: está influida por la costumbre y por la forma en que nos percibimos. Los demás nos ven y nos oyen de una forma diferente a como nos vemos y oímos nosotros.

Hay también un fenómeno relacionado con la autoimagen y las redes sociales: el uso de filtros y aplicaciones de retoque que modifican la cara en las fotos. Algunos médicos han descrito lo que llaman “dismorfia de Snapchat” o dismorfia de los filtros, en la que algunas personas piden a los cirujanos estéticos que las operen para parecerse a sus propias fotos con filtros. Los expertos advierten de que la exposición constante a imágenes retocadas puede afectar a la autoestima, especialmente en los adolescentes.

Por qué importa. Preferimos nuestra imagen del espejo porque es la más familiar, y recordar que los demás nos ven de otra forma puede ayudarnos a aceptar mejor nuestras fotos y nuestra voz.

Resumen de los 10 datos

  1. Tu cara en el espejo te gusta más que en fotos.
  2. Nos cuesta tomar decisiones con demasiadas opciones.
  3. El cerebro no distingue bien algo imaginado muy vívidamente.
  4. Tendemos a ver patrones en el azar.
  5. Cuanto más ves algo, más te gusta.
  6. Dormir ayuda a fijar lo aprendido.
  7. Tu cerebro ignora sonidos constantes.
  8. Un precio acabado en 9 parece más bajo.
  9. Sonreír puede influir un poco en tu ánimo.
  10. Recordamos mejor el principio y el final de una lista.

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Preguntas frecuentes

¿Por qué nos gusta más nuestra cara en el espejo?

Porque es la que más vemos, por el efecto de mera exposición.

¿Qué es la falacia del jugador?

Creer que un resultado aleatorio es más probable porque no ha salido recientemente.

Fuentes

  1. Wikipedia: Efecto de mera exposición
  2. Wikipedia: Falacia del apostador
  3. Wikipedia: Efecto de posición serial

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