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Dato #8 Tecnología

10 datos de tecnología que parecen del futuro

El número 1 lo llevas en el bolsillo.

29 de septiembre de 2026 · 25 min de lectura

La tecnología que usamos cada día tiene orígenes sorprendentes: polillas, cafeteras y fábricas de coches. Detrás de cada invento hay historias que explican cómo llegamos hasta aquí.

Estos diez datos repasan momentos clave de la informática y las comunicaciones: qué pasó exactamente, quién estuvo detrás, qué mitos se han formado alrededor y qué significan hoy para tu vida digital.

DATO 10El primer “bug” informático fue una polilla real

El 9 de septiembre de 1947, el equipo que trabajaba con el ordenador Harvard Mark II, en la Universidad de Harvard, encontró una polilla atrapada entre los contactos de un relé, un interruptor electromecánico, que hacía fallar la máquina. Los técnicos la sacaron con unas pinzas y la pegaron con cinta adhesiva en el cuaderno de registro, junto a la nota: “First actual case of bug being found”, “Primer caso real de bug encontrado”. La hora anotada fue las 15:45.

Esta historia se cuenta a menudo como el origen de la palabra bug, “bicho” en inglés, para referirse a los errores informáticos. Pero no es exactamente así. La palabra ya se usaba mucho antes en ingeniería para hablar de fallos o defectos. Thomas Edison, por ejemplo, la usaba en cartas de 1878 para describir pequeños problemas en sus inventos. La gracia de la nota está precisamente en ese “primer caso real”: los ingenieros hacían una broma, porque por fin habían encontrado un bug que era literalmente un bicho.

La historia está muy ligada a Grace Hopper, una matemática y oficial de la Marina de Estados Unidos que trabajaba en el equipo del Mark II y que contó esta anécdota muchas veces a lo largo de su vida, lo que la hizo famosa. Aunque probablemente no fue ella quien encontró la polilla, sí popularizó la historia. Hopper es una figura clave de la informática por otras razones: desarrolló uno de los primeros compiladores, un programa que traduce instrucciones escritas en un lenguaje más cercano al humano al código que entiende la máquina, y fue una de las impulsoras del lenguaje COBOL, creado en 1959 y que todavía hoy se usa en muchos sistemas bancarios y administrativos. Llegó a ser contraalmirante de la Marina, y un destructor lleva su nombre.

El Mark II era un ordenador electromecánico, muy distinto a los actuales. Usaba miles de relés, que hacían un ruido característico de clics al funcionar, y ocupaba una habitación entera. Los insectos atraídos por el calor y la luz podían colarse fácilmente en sus componentes.

El cuaderno de registro original, con la polilla todavía pegada, se conserva en el Museo Nacional de Historia Americana del Instituto Smithsonian, en Washington.

De bug viene también la palabra debugging, “depuración”, el proceso de buscar y corregir errores en un programa. Hoy es una de las tareas más importantes de los programadores, que pueden pasar más tiempo depurando código que escribiéndolo. Hay herramientas especiales, los depuradores, que permiten ejecutar un programa paso a paso para ver dónde falla.

Algunos errores informáticos han tenido consecuencias enormes. En 1996, el cohete europeo Ariane 5 explotó unos 37 segundos después de su despegue por un error de software: un número demasiado grande no cabía en el espacio reservado para él. En 1999, la sonda Mars Climate Orbiter de la NASA se perdió porque un equipo usaba unidades del sistema inglés y otro del sistema métrico. Y el famoso efecto 2000 obligó a revisar millones de programas que guardaban los años con solo dos cifras.

Por qué importa. Detrás de cada programa hay errores que corregir, y la historia de la polilla recuerda la importancia de revisar, documentar y probar bien la tecnología.

DATO 9El ordenador del Apolo 11 tenía mucha menos memoria que un móvil

El ordenador de guiado del Apolo 11, llamado AGC (Apollo Guidance Computer), tenía unos 4 kilobytes de memoria RAM, en realidad 2.048 palabras de 16 bits, y unos 72 kilobytes de memoria de solo lectura, donde estaba guardado el programa. Funcionaba a una frecuencia de alrededor de 1 megahercio. Un teléfono móvil actual tiene millones de veces más memoria y es miles de veces más rápido.

Aun así, aquel ordenador fue una maravilla tecnológica para su época. Fue uno de los primeros ordenadores construidos con circuitos integrados, los chips que combinan muchos componentes electrónicos en una sola pieza. De hecho, el programa Apolo compró una gran parte de los circuitos integrados fabricados en Estados Unidos a principios de los 60, lo que ayudó a impulsar esa industria y a bajar sus precios. El AGC pesaba unos 32 kilos y los astronautas lo manejaban con un teclado y una pantalla numérica llamada DSKY, introduciendo códigos de “verbo” y “nombre”.

La memoria del programa estaba hecha con una técnica llamada memoria de núcleos trenzados (core rope memory). Consistía en cables que pasaban por dentro o por fuera de pequeños anillos magnéticos: si un cable pasaba por dentro, representaba un 1, y si pasaba por fuera, un 0. Estos cables los tejían a mano trabajadoras de la empresa Raytheon, muchas de ellas antiguas trabajadoras textiles, con una enorme precisión. Por eso los ingenieros la llamaban en broma la memoria “LOL”, por little old ladies, “señoras mayores”. Una vez tejido, el programa no se podía cambiar.

El software fue desarrollado por el Laboratorio de Instrumentación del MIT, bajo la dirección de Margaret Hamilton. Hamilton y su equipo dieron mucha importancia a que el programa detectara y gestionara errores. Fue ella quien popularizó el término “ingeniería de software” para dar a la programación la misma seriedad que a otras ingenierías.

Esa atención a los errores fue crucial durante el alunizaje del 20 de julio de 1969. Minutos antes de tocar la Luna, el ordenador empezó a mostrar alarmas, los códigos 1201 y 1202. Un interruptor de un radar estaba en una posición que hacía que el ordenador recibiera datos innecesarios y se sobrecargara. Gracias al diseño del software, el ordenador fue capaz de priorizar las tareas más importantes para el aterrizaje y descartar las demás, reiniciándose en fracciones de segundo. En el control de la misión, el joven ingeniero Jack Garman reconoció las alarmas y confirmó que se podía continuar. Neil Armstrong y Buzz Aldrin aterrizaron con éxito, aunque Armstrong tomó el control manual en los últimos momentos para evitar una zona con rocas.

Hay una fotografía famosa de 1969 de Margaret Hamilton junto a una pila de listados del código del Apolo tan alta como ella. Hoy ese código se puede consultar en internet, en plataformas como GitHub, e incluye comentarios con bromas de los programadores.

El AGC muestra que lo importante no es solo la potencia, sino el diseño: un software bien pensado puede hacer mucho con recursos muy limitados.

Por qué importa. La llegada a la Luna demuestra que un software bien diseñado, que sabe gestionar errores, puede ser más importante que la potencia de la máquina.

DATO 8El primer disco duro de IBM pesaba más de una tonelada

En 1956, la empresa IBM presentó el RAMAC 305, el primer ordenador comercial que incluía un disco duro, el IBM 350. El sistema completo pesaba alrededor de una tonelada, ocupaba casi como dos frigoríficos grandes y guardaba unos 5 megabytes de datos, más o menos lo que ocupa una sola canción en formato MP3 o una foto de un móvil actual.

El disco estaba formado por 50 platos de aluminio de unos 61 centímetros de diámetro, recubiertos de un material magnético y apilados uno encima de otro. Giraban a 1.200 revoluciones por minuto. Un brazo mecánico se movía arriba y abajo por la pila para leer y escribir los datos. RAMAC significa Random Access Method of Accounting and Control, “método de acceso aleatorio para contabilidad y control”.

La gran novedad fue precisamente ese acceso aleatorio. Hasta entonces, las empresas guardaban los datos en cintas magnéticas o en tarjetas perforadas. Con las cintas, para encontrar un dato había que recorrer toda la cinta hasta llegar a él, como pasa con una cinta de casete. Con el disco duro, el brazo podía saltar directamente al lugar donde estaba el dato, en menos de un segundo. Eso permitió, por ejemplo, que las empresas consultaran el inventario o las cuentas de sus clientes al momento.

El RAMAC no se vendía: se alquilaba, por unos 3.200 dólares al mes, una suma que hoy equivaldría a unos 35.000 dólares. Para trasladarlo hacía falta un camión o, en algunas fotos famosas, un avión de carga.

Desde entonces, la capacidad de almacenamiento ha crecido de forma espectacular y su precio ha caído en picado. En 1956, guardar un megabyte costaba el equivalente a miles de dólares; hoy cuesta una fracción de céntimo. Los discos duros actuales pueden guardar más de 30 terabytes, es decir, más de 30 millones de megabytes, en una caja del tamaño de un libro. Esto ha sido posible gracias a avances como las cabezas de lectura que “vuelan” a unos pocos nanómetros sobre el disco o la grabación perpendicular. Un paso clave fue el descubrimiento de la magnetorresistencia gigante, que permitió leer datos mucho más pequeños y valió el Premio Nobel de Física de 2007 a Albert Fert y Peter Grünberg.

Hoy, en muchos ordenadores portátiles y móviles, los discos duros han sido sustituidos por unidades de estado sólido (SSD), que guardan los datos en chips de memoria flash, sin piezas móviles, y son mucho más rápidas y resistentes a los golpes. Sin embargo, los discos duros siguen siendo muy usados en los grandes centros de datos para guardar enormes cantidades de información a bajo coste, como las fotos que subimos a la nube.

La cantidad de datos que genera la humanidad crece a un ritmo enorme, y eso plantea retos: los centros de datos consumen mucha energía, y los formatos antiguos se vuelven ilegibles con el tiempo. Por eso se investigan nuevas formas de almacenamiento, como guardar datos en ADN o en cristales de cuarzo, que podrían durar miles de años.

Por qué importa. En menos de 70 años, guardar información pasó de ocupar una habitación a caber en el bolsillo, y eso ha cambiado cómo trabajamos, recordamos y compartimos.

DATO 7La primera webcam vigilaba una cafetera

En 1991, en el laboratorio de informática de la Universidad de Cambridge, en el Reino Unido, los investigadores tenían un problema muy cotidiano. Solo había una cafetera para todo el edificio, en la llamada Trojan Room, y muchos investigadores tenían que subir o bajar varios pisos para ir a por café, solo para descubrir que la jarra estaba vacía. Así que decidieron solucionarlo con tecnología: apuntaron una cámara hacia la cafetera y conectaron la imagen a la red interna del laboratorio.

Los investigadores Quentin Stafford-Fraser y Paul Jardetzky escribieron un programa llamado XCoffee. La cámara capturaba una imagen en blanco y negro de baja resolución unas tres veces por minuto, y cualquiera en el laboratorio podía verla en su pantalla para saber si merecía la pena ir a por café. Era un sistema sencillo, pero muy práctico.

En 1993, cuando la World Wide Web empezó a popularizarse, los investigadores Daniel Gordon y Martyn Johnson conectaron la imagen a internet. Así, cualquier persona del mundo podía ver la cafetera de Cambridge desde su navegador. Se convirtió en la primera webcam conocida de la historia. Resultó ser tremendamente popular: miles de personas de todo el mundo se conectaban para ver una cafetera, algo que parecía absurdo y fascinante a la vez. Incluso aparecía en periódicos y programas de televisión.

En 2001, la cámara se apagó definitivamente, y la cafetera, una máquina de la marca Krups, se subastó en eBay. La compró la web de la revista alemana Spiegel Online por unas 3.350 libras. Después de ser restaurada, se exhibió en distintos lugares.

Esta historia tiene algo muy representativo de los orígenes de internet: muchos de sus inventos no nacieron de grandes planes empresariales, sino de investigadores que intentaban resolver problemas cotidianos o que simplemente jugaban con la tecnología. Algo parecido ocurrió con una máquina de refrescos en la Universidad Carnegie Mellon, en Estados Unidos, que a principios de los 80 se conectó a la red para que los estudiantes pudieran consultar si quedaban refrescos fríos. Se considera uno de los primeros aparatos conectados, un precursor de lo que hoy llamamos internet de las cosas.

Hoy las webcams están por todas partes: en los portátiles, en las videollamadas, en las cámaras de vigilancia, en los timbres inteligentes o en las cámaras que retransmiten en directo paisajes, animales o el tráfico. El internet de las cosas incluye frigoríficos, termostatos, relojes y bombillas conectados a la red.

Esto también trae nuevos desafíos. Muchas cámaras y aparatos conectados tienen fallos de seguridad y contraseñas débiles, que los hackers pueden aprovechar. En 2016, una red de miles de cámaras y aparatos infectados por un programa llamado Mirai se usó para lanzar un gran ataque que dejó sin servicio durante horas a webs muy populares.

Por eso los expertos recomiendan cambiar las contraseñas que vienen de fábrica, actualizar los aparatos con regularidad y tapar o desconectar las cámaras cuando no se usan.

Por qué importa. Muchos inventos nacen para resolver problemas cotidianos, y hoy, con millones de cámaras conectadas, es importante protegerlas bien para cuidar nuestra privacidad.

DATO 6Existe un ordenador de 2.000 años

En 1901, unos buceadores que buscaban esponjas encontraron un naufragio romano junto a la pequeña isla griega de Anticitera, entre el Peloponeso y Creta. Del barco, hundido hacia el siglo I a. C., sacaron estatuas de bronce y mármol, monedas y cerámica. Entre los hallazgos había un bloque de bronce corroído y roto en varios pedazos, que al principio pasó desapercibido. Meses después, un arqueólogo observó que tenía engranajes. Era el mecanismo de Anticitera.

Se cree que se fabricó entre los siglos II y I a. C. Es un aparato del tamaño de una caja de zapatos, con al menos 30 engranajes de bronce conservados, algunos con dientes de apenas un milímetro y medio. Funcionaba girando una manivela lateral, y sus engranajes movían agujas y diales en sus caras frontal y trasera. Servía para calcular y mostrar la posición del Sol y la Luna, las fases lunares, predecir eclipses de Sol y de Luna, y probablemente la posición de los cinco planetas conocidos entonces: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. También indicaba las fechas de los Juegos Olímpicos y de otros juegos panhelénicos.

Por eso se considera el ejemplo más antiguo conocido de computadora analógica, un aparato que usa piezas mecánicas para hacer cálculos. No volvió a aparecer en Europa nada con una complejidad mecánica similar hasta los relojes astronómicos medievales, más de mil años después.

Descifrar el mecanismo ha sido una tarea de más de un siglo. En los años 50 y 70, el físico e historiador Derek de Solla Price lo estudió con rayos X y rayos gamma, y propuso que era una calculadora astronómica. A partir de 2005, el Antikythera Mechanism Research Project, con investigadores de Grecia, Reino Unido y otros países, usó tomografía computarizada de rayos X de alta resolución y técnicas de imagen de superficie. Así pudieron ver engranajes ocultos dentro de los fragmentos y leer miles de caracteres de las inscripciones, en griego antiguo, que funcionan como un manual de instrucciones.

Uno de los descubrimientos más sorprendentes fue que el mecanismo reproducía la velocidad variable de la Luna en el cielo. La Luna se mueve más rápido cuando está más cerca de la Tierra y más despacio cuando está más lejos. El mecanismo lo lograba con dos engranajes montados uno sobre otro, con un pequeño pasador que se deslizaba en una ranura, un diseño muy ingenioso. Este fenómeno lo había estudiado el astrónomo griego Hiparco.

En 2021, un equipo del University College de Londres, dirigido por Tony Freeth, publicó una reconstrucción completa de la parte frontal del mecanismo, con un sistema de engranajes que mostraba los planetas en anillos concéntricos. Aún quedan partes por confirmar, porque solo se conserva alrededor de un tercio del aparato.

No se sabe quién lo construyó. Se ha especulado con talleres relacionados con Arquímedes o con la isla de Rodas, un centro de astronomía en la época, pero no hay pruebas definitivas. El mecanismo se exhibe hoy en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas.

Por qué importa. El mecanismo de Anticitera muestra que la tecnología antigua era mucho más avanzada de lo que se creía, y que el conocimiento puede perderse durante siglos si no se transmite.

DATO 5El GPS tiene que corregir la relatividad de Einstein

Los satélites del GPS (Sistema de Posicionamiento Global), que gestiona Estados Unidos, orbitan a unos 20.200 kilómetros de altura. Hay alrededor de 30 en funcionamiento, y cada uno da dos vueltas a la Tierra al día, moviéndose a unos 14.000 kilómetros por hora. Cada satélite lleva relojes atómicos de enorme precisión, que emiten señales con la hora exacta. El receptor de tu móvil calcula su posición midiendo cuánto tardan en llegar las señales de al menos cuatro satélites distintos. Como las señales viajan a la velocidad de la luz, un error de una millonésima de segundo en la hora supondría un error de unos 300 metros en la posición.

Aquí entra en juego la relatividad de Einstein, que tiene dos efectos opuestos sobre los relojes de los satélites. Según la relatividad especial, publicada en 1905, un reloj que se mueve muy rápido respecto a nosotros avanza más despacio. Por la velocidad de los satélites, sus relojes se retrasan unos 7 microsegundos al día. Según la relatividad general, de 1915, la gravedad también afecta al tiempo: cuanto más fuerte es la gravedad, más lento pasa el tiempo. Como los satélites están lejos de la Tierra, donde la gravedad es más débil, sus relojes van más rápido, unos 45 microsegundos al día.

El resultado neto es que los relojes de los satélites se adelantan unos 38 microsegundos al día respecto a los de la superficie. Puede parecer muy poco, pero si no se corrigiera, el error de posición crecería unos 10 kilómetros al día, y en pocos días el GPS sería inútil.

Por eso los relojes se ajustan antes del lanzamiento, para que en órbita funcionen a la velocidad correcta, y además los receptores aplican otras correcciones. Existe una historia popular que dice que, cuando se lanzó el primer satélite en 1977, algunos ingenieros dudaban de la relatividad y dejaron un sistema para activar o no la corrección; tras unos días en órbita, se comprobó que el reloj se desviaba justo lo que predecía Einstein.

El GPS es una de las pruebas cotidianas más claras de que la relatividad es correcta. Muchas personas usan la teoría de Einstein cada día sin saberlo, al consultar un mapa en el móvil.

El GPS nació como un sistema militar. Se abrió al uso civil tras el derribo del avión de pasajeros coreano del vuelo 007 en 1983, que se había desviado por error al espacio aéreo soviético. Hasta el año 2000, la señal civil tenía un error añadido de forma deliberada, que se eliminó por decisión del gobierno estadounidense. Hoy existen otros sistemas similares, como Galileo, de la Unión Europea, GLONASS, de Rusia, y BeiDou, de China, y los móviles modernos combinan varios para ser más precisos.

Además de guiar a coches y personas, el GPS es clave para cosas menos visibles. Su señal horaria sincroniza redes de telefonía, redes eléctricas y transacciones bancarias en todo el mundo. También se usa para medir el movimiento de los continentes, vigilar volcanes, en la agricultura de precisión y en la aviación.

Su dependencia plantea riesgos: las señales son débiles y se pueden interferir o falsificar, algo que ha ocurrido en zonas de conflicto.

Por qué importa. Cada vez que usas un mapa en el móvil, la teoría de la relatividad de Einstein está funcionando para que llegues al sitio correcto.

DATO 4La mayor parte de internet viaja por cables bajo el mar

Más del 95 % del tráfico internacional de internet, es decir, los datos que viajan entre países y continentes, circula por cables submarinos de fibra óptica, no por satélites como mucha gente cree. En el fondo de los océanos hay más de 500 cables en funcionamiento, que suman en total más de 1,4 millones de kilómetros, suficiente para dar más de 30 vueltas a la Tierra.

Estos cables tienen un tamaño sorprendentemente pequeño. En las zonas profundas del océano, donde están más protegidos, suelen tener el grosor de una manguera de jardín, de unos 2 o 3 centímetros. Cerca de la costa, donde hay más riesgo de daños por anclas y redes de pesca, están más protegidos con capas de acero y pueden ser más gruesos, y a menudo se entierran bajo el fondo. En su interior hay varios pares de fibras ópticas, hilos de vidrio tan finos como un cabello, por los que viajan los datos en forma de pulsos de luz.

¿Por qué se usan cables y no satélites? Porque los cables pueden transmitir muchísimos más datos, con menor retraso y a menor coste. Un solo cable moderno puede transportar cientos de terabits por segundo. La luz viaja por la fibra casi en línea recta, mientras que la señal de un satélite geoestacionario debe subir unos 36.000 kilómetros y volver a bajar, lo que causa retrasos. Las nuevas constelaciones de satélites en órbita baja, como Starlink, han reducido ese retraso, pero su capacidad total sigue siendo mucho menor que la de los cables.

La historia de los cables submarinos empezó mucho antes que internet. El primer cable telegráfico transatlántico se tendió en 1858 entre Irlanda y Terranova. Permitió que la reina Victoria enviara un mensaje al presidente estadounidense, que tardó unas 16 horas en transmitirse. El cable falló a las pocas semanas. En 1866, se tendió otro cable con éxito, usando el barco más grande de la época, el Great Eastern. En 1988 se inauguró el primer cable transatlántico de fibra óptica, el TAT-8.

Tender estos cables es una operación compleja. Se usan barcos especiales que llevan miles de kilómetros de cable en grandes tanques y lo van soltando mientras navegan, siguiendo una ruta estudiada. Cada cierta distancia, hay repetidores que amplifican la señal de luz.

Los cables sufren daños con frecuencia, alrededor de 150 o 200 veces al año. La mayoría de las averías se deben a anclas de barcos y a redes de pesca, y en menor medida a terremotos y deslizamientos submarinos. Las mordeduras de tiburón, que se hicieron famosas por un vídeo, son muy raras. En 2022, la erupción del volcán submarino Hunga Tonga cortó el único cable que conectaba Tonga con el mundo y dejó al país casi sin internet durante semanas.

Tradicionalmente, estos cables los construían consorcios de empresas de telecomunicaciones, pero hoy gigantes tecnológicos como Google, Meta, Microsoft y Amazon poseen o financian una gran parte de los nuevos cables. Además, en los últimos años se ha hablado de su importancia estratégica, y se han producido daños sospechosos en cables del mar Báltico y otras zonas, lo que ha llevado a los países a reforzar su vigilancia.

Por qué importa. Internet no está “en la nube”, sino en gran parte en el fondo del mar, y proteger esos cables es clave para la economía y las comunicaciones del mundo.

DATO 3El primer SMS decía “Merry Christmas”

El 3 de diciembre de 1992, el ingeniero británico Neil Papworth, de 22 años, que trabajaba para la empresa Sema Group, envió desde un ordenador el primer SMS, un mensaje de texto corto, al teléfono móvil de Richard Jarvis, un directivo de Vodafone que estaba en una fiesta de Navidad de la empresa. El mensaje decía: “Merry Christmas”, “Feliz Navidad”. Jarvis no pudo responder, porque los teléfonos de entonces no tenían forma de escribir mensajes.

La idea de enviar mensajes cortos por la red de telefonía móvil venía de años antes. En 1984, el ingeniero alemán Friedhelm Hillebrand y el francés Bernard Ghillebaert trabajaron en el desarrollo del sistema. Hillebrand, según contaba él mismo, escribió frases y preguntas en una máquina de escribir y contó los caracteres. Vio que la mayoría de los mensajes cabían en unos 160 caracteres, y ese fue el límite que se estableció para los SMS. Aprovechaban un canal de la red GSM que se usaba para señales de control y que estaba libre gran parte del tiempo.

Al principio, pocos creían que los SMS fueran a tener éxito. Se pensaban como un servicio secundario, para avisos de las operadoras o de buzón de voz. Los primeros teléfonos que permitían escribirlos llegaron en 1993, de la mano de Nokia. Escribir era lento: había que pulsar varias veces la misma tecla para elegir una letra. Luego llegó el sistema T9, que predecía palabras.

Pero a finales de los 90, los SMS se hicieron enormemente populares, sobre todo entre los jóvenes, porque eran baratos y discretos. Para ahorrar caracteres y dinero, surgió todo un lenguaje de abreviaturas, como “q” por “que”, “xq” por “porque” o “tb” por “también”. En la década de 2000, se enviaban billones de SMS al año en el mundo, y eran un gran negocio para las operadoras. Algunas personas los usaban para votar en concursos de televisión o para donaciones solidarias.

Los 160 caracteres también influyeron en otras tecnologías. Twitter, lanzado en 2006, limitó sus mensajes a 140 caracteres para que un tuit, junto con el nombre del usuario, cupiera en un SMS. En 2017, el límite se amplió a 280.

Con la llegada de los teléfonos inteligentes y aplicaciones como WhatsApp, lanzada en 2009, los SMS perdieron protagonismo para las conversaciones personales, porque las apps permitían enviar mensajes por internet, con fotos, vídeos y grupos. Sin embargo, los SMS siguen siendo muy importantes: se usan para códigos de verificación de bancos y servicios, alertas de emergencia, avisos de citas médicas y en lugares con poca conexión a internet.

Hay que tener cuidado: los SMS también se usan para estafas, el llamado smishing, con mensajes falsos que imitan a bancos, empresas de paquetería o administraciones para robar datos.

En 2021, el primer SMS de la historia se subastó como NFT, un certificado digital, por unos 107.000 euros, con fines benéficos.

Por qué importa. Los SMS mostraron que la gente quería comunicarse por escrito desde el móvil, y siguen siendo útiles, aunque conviene desconfiar de mensajes que piden datos o dinero.

DATO 2El código QR se inventó para fábricas de coches

El código QR lo inventó en 1994 el ingeniero japonés Masahiro Hara, en la empresa Denso Wave, entonces parte de Denso, un fabricante de componentes del grupo Toyota. QR significa Quick Response, “respuesta rápida”. Se creó para seguir las piezas de los coches en las fábricas, porque el tradicional código de barras guardaba muy pocos datos, unos 20 caracteres, y en las líneas de montaje hacía falta leer varios códigos en cada pieza.

Hara se inspiró, según ha contado, en el juego de mesa japonés go, que tiene piedras blancas y negras sobre un tablero cuadriculado. Pensó que un código en dos dimensiones, con cuadrados blancos y negros, podía guardar mucha más información que las barras en una sola dimensión. Un código QR puede almacenar hasta unos 7.000 números o unos 4.000 caracteres alfanuméricos.

Uno de sus problemas era cómo hacer que el lector encontrara y leyera el código rápidamente, desde cualquier ángulo y aunque hubiera otros dibujos alrededor. La solución fueron los tres cuadrados que tiene en tres esquinas, llamados patrones de posición. Para que no se confundieran con otras imágenes, el equipo de Hara analizó miles de dibujos, textos y envases, y buscó la proporción de blanco y negro que menos aparecía en ellos. Eligieron una proporción de 1:1:3:1:1. Gracias a esos cuadrados, el lector sabe dónde está el código y cómo está orientado, y puede leerlo girado.

Otra característica importante es la corrección de errores. Los códigos QR guardan la información de forma redundante, así que siguen funcionando aunque una parte esté dañada, sucia o tapada, hasta un 30 % en el nivel más alto de corrección. Por eso hay códigos QR con logos en el centro.

Una decisión clave fue que Denso Wave no ejerció sus derechos de patente para cobrar por su uso, y publicó las especificaciones. Esto permitió que cualquier persona o empresa los usara libremente, y ayudó a que se extendieran por todo el mundo.

Al principio se usaron en la industria y la logística. En la década de 2000 se popularizaron en Japón con los móviles con cámara. En el resto del mundo tardaron más, porque hacían falta aplicaciones especiales para leerlos. Su gran impulso llegó hacia 2017, cuando los teléfonos empezaron a leerlos directamente con la cámara, y sobre todo durante la pandemia de COVID-19, cuando se usaron para ver las cartas de los restaurantes sin tocar papel, para los certificados de vacunación y para pagos sin contacto. En China, los pagos con código QR a través de aplicaciones como WeChat Pay y Alipay son parte de la vida diaria desde hace años.

Hoy se usan en entradas, billetes de avión, envases, carteles, museos y pagos. En 2014, Masahiro Hara recibió el Premio Europeo al Inventor.

Pero hay que tener cuidado: existe una estafa llamada quishing, en la que se colocan códigos QR falsos, por ejemplo en parquímetros o en correos, que llevan a webs fraudulentas para robar datos o dinero. Es recomendable comprobar la dirección web antes de introducir datos.

Por qué importa. El código QR muestra cómo una solución industrial puede convertirse en una herramienta cotidiana, aunque conviene escanear solo códigos de fuentes de confianza.

DATO 1Tu móvil tiene más potencia que los superordenadores de los 80

El Cray-2, uno de los superordenadores más potentes del mundo a mediados de los años 80, alcanzaba unos 1,9 gigaflops, es decir, casi 2.000 millones de operaciones de coma flotante (cálculos con decimales) por segundo. Fue diseñado por Seymour Cray, considerado el padre de la supercomputación, y presentado en 1985. Costaba unos 17 millones de dólares de la época. Hoy, un teléfono móvil moderno de gama alta supera con creces esa potencia: su procesador gráfico puede realizar billones de operaciones por segundo, cientos o miles de veces más que el Cray-2.

El Cray-2 era toda una máquina de ciencia ficción. Tenía forma de herradura o de “C”, para que los cables internos fueran lo más cortos posible y las señales llegaran más rápido. Pero su característica más famosa era su sistema de refrigeración: sus circuitos estaban sumergidos por completo en un líquido llamado Fluorinert, un fluido que no conduce la electricidad. El líquido burbujeaba al absorber el calor y se enfriaba en un depósito, por lo que algunos lo apodaron “la pecera” o “Bubbles”, burbujas. Tenía un panel transparente para que se viera el líquido.

Se usó en centros de investigación como el Laboratorio Nacional Lawrence Livermore y la NASA, para tareas como simular armas nucleares, fluidos o el clima, o diseñar aviones.

El enorme salto de potencia desde entonces se explica en gran parte por la ley de Moore. En 1965, Gordon Moore, que después cofundó la empresa Intel, observó que el número de transistores, los interruptores electrónicos que forman los chips, que se podían poner en un chip se duplicaba cada cierto tiempo. En 1975 ajustó su predicción a cada dos años. Durante décadas, la industria cumplió esa predicción: los transistores se hicieron cada vez más pequeños, más rápidos, más baratos y consumían menos energía. El primer microprocesador de Intel, el 4004, de 1971, tenía unos 2.300 transistores. Los chips de los móviles actuales tienen decenas de miles de millones.

Hoy la ley de Moore se está frenando, porque los transistores ya miden unos pocos nanómetros, casi el tamaño de unas decenas de átomos, y reducirlos más es cada vez más difícil y caro. Por eso la industria busca otras formas de aumentar la potencia: chips especializados en tareas concretas, como la inteligencia artificial, apilar capas de chips en tres dimensiones o, en el futuro, la computación cuántica.

Los superordenadores actuales son muchísimo más potentes que el Cray-2. Los más rápidos del mundo, como El Capitan o Frontier, en Estados Unidos, superan el exaflop: más de un trillón de operaciones por segundo, es decir, cientos de millones de veces la potencia del Cray-2. Se usan para predecir el clima, diseñar medicamentos, simular el universo o entrenar modelos de inteligencia artificial. Pero consumen tanta electricidad como una pequeña ciudad.

Lo más sorprendente es que la mayor parte de la potencia de nuestros móviles se dedica a cosas cotidianas, como procesar fotos, reproducir vídeos o mover gráficos de videojuegos.

Por qué importa. Hoy llevas en el bolsillo más potencia de cálculo que la de los superordenadores de hace 40 años, lo que permite desde fotos de calidad hasta herramientas de inteligencia artificial.

Resumen de los 10 datos

  1. Tu móvil tiene más potencia que los superordenadores de los 80.
  2. El código QR se inventó para fábricas de coches.
  3. El primer SMS decía “Merry Christmas”.
  4. La mayor parte de internet viaja por cables bajo el mar.
  5. El GPS tiene que corregir la relatividad de Einstein.
  6. Existe un ordenador de 2.000 años.
  7. La primera webcam vigilaba una cafetera.
  8. El primer disco duro de IBM pesaba más de una tonelada.
  9. El ordenador del Apolo 11 tenía mucha menos memoria que un móvil.
  10. El primer “bug” informático fue una polilla real.

¿Viste este carrusel en TikTok? Es el Dato #008. Cuéntanos en los comentarios cuál te sorprendió más.

Preguntas frecuentes

¿De dónde viene la palabra "bug"?

Se usaba en ingeniería antes, pero se hizo famosa en 1947 por una polilla atrapada en un ordenador.

¿Por qué el GPS necesita la relatividad?

Porque sin corregir los efectos relativistas sus relojes acumularían un error de unos 10 km al día.

¿Internet funciona por satélite?

Casi todo el tráfico internacional viaja por cables submarinos.

¿Qué significa QR?

Quick Response, respuesta rápida.

Fuentes

  1. Smithsonian: Grace Hopper's bug
  2. Denso Wave: History of QR Code
  3. TeleGeography: Submarine cable map
  4. Wikipedia: Mecanismo de Anticitera
  5. Wikipedia: Trojan Room coffee pot
  6. Ohio State University: GPS and relativity

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