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Dato #14 Tecnología

10 inventos que cambiaron la vida

El número 1 salió de un accidente.

29 de septiembre de 2026 · 27 min de lectura

Muchos de los grandes inventos nacieron por accidente, por un error o por mirar con curiosidad algo cotidiano: una chocolatina derretida, un moho en una placa o unos cardos pegados al pelo de un perro.

Estos diez datos cuentan cómo surgieron inventos que usamos a diario, quién estuvo detrás, qué parte de la historia es leyenda y qué nos enseñan sobre la creatividad y la ciencia.

DATO 10El microondas nació de un chocolate derretido

En 1945, el ingeniero estadounidense Percy Spencer trabajaba en la empresa Raytheon con magnetrones, los tubos de vacío que generan las microondas usadas en los radares militares. Un día, mientras estaba cerca de uno de estos aparatos en funcionamiento, notó que una barrita de chocolate que llevaba en el bolsillo se había derretido. Según la historia más contada, en lugar de ignorarlo, Spencer decidió investigar. Puso granos de maíz cerca del magnetrón y vio cómo se convertían en palomitas. Después probó con un huevo, que empezó a temblar y explotó, salpicando, según algunas versiones, la cara de un compañero curioso.

Spencer comprendió que las microondas podían calentar los alimentos. Raytheon patentó la idea, y en 1947 salió a la venta el primer horno microondas comercial, el Radarange. Era enorme: medía casi 1,8 metros de alto, pesaba unos 340 kilos, necesitaba refrigeración por agua y costaba unos 5.000 dólares de la época, el equivalente a decenas de miles de dólares actuales. Se usaba en restaurantes, barcos y trenes, no en casas. El primer microondas doméstico de encimera, más pequeño y asequible, lo lanzó la empresa Amana, filial de Raytheon, en 1967. A partir de los años 70 y 80 se popularizó en los hogares.

Percy Spencer tiene una historia personal sorprendente. Se quedó huérfano de pequeño, dejó la escuela antes de terminar primaria y aprendió electricidad y electrónica por su cuenta, y después en la Marina de Estados Unidos. Llegó a tener más de 300 patentes. Durante la Segunda Guerra Mundial, desarrolló métodos para fabricar magnetrones en masa, clave para los radares aliados.

¿Cómo funciona un microondas? El magnetrón genera ondas electromagnéticas con una frecuencia de unos 2,45 gigahercios. Esas ondas hacen que las moléculas de agua, que tienen una carga ligeramente positiva en un extremo y negativa en el otro, giren y se agiten millones de veces por segundo al intentar alinearse con el campo eléctrico, que cambia de dirección constantemente. Ese movimiento produce calor por fricción entre las moléculas. Por eso los alimentos con más agua se calientan mejor, y los platos secos, como el vidrio o la cerámica, se calientan poco por sí mismos.

Hay algunos mitos sobre los microondas que conviene aclarar. No hacen que los alimentos sean radiactivos: las microondas son una radiación no ionizante, como la de la radio o el wifi, que no tiene energía suficiente para alterar los átomos ni el ADN; cuando se apaga el aparato, desaparecen. Tampoco calientan “de dentro hacia fuera”: las microondas penetran solo unos centímetros en el alimento, y el resto del calor se transmite por conducción. Por eso es recomendable remover y dejar reposar la comida, para evitar zonas frías donde puedan sobrevivir bacterias.

Sí hay que tener precauciones: no introducir metales, porque pueden producir chispas, no calentar agua sola demasiado tiempo en recipientes muy lisos, porque puede sobrecalentarse y hervir de golpe al moverla, y usar recipientes aptos para microondas, porque algunos plásticos pueden liberar sustancias al calentarse.

La historia de la chocolatina derretida puede estar algo embellecida, como ocurre con muchas historias de inventos, pero es la versión que el propio Spencer y Raytheon contaron.

Por qué importa. El microondas muestra el valor de la curiosidad: un fenómeno inesperado en un laboratorio de radares acabó cambiando la forma de cocinar en millones de hogares.

DATO 9La penicilina se descubrió por un descuido

En septiembre de 1928, el bacteriólogo escocés Alexander Fleming volvió de sus vacaciones a su laboratorio del Hospital St Mary’s, en Londres. Antes de irse, había dejado sobre una mesa varias placas de cultivo con bacterias del género Staphylococcus, las que causan infecciones como forúnculos o neumonías. Al revisarlas, observó algo extraño en una de ellas: había crecido un moho de color verde azulado, y alrededor del moho las bacterias habían desaparecido, formando un halo limpio. El moho resultó ser del género Penicillium, pariente del que aparece en el pan o las naranjas viejas.

Fleming dedujo que el moho producía una sustancia capaz de matar a las bacterias, y la llamó penicilina. Publicó sus resultados en 1929. Pero se encontró con grandes dificultades: la penicilina era muy difícil de aislar y purificar en cantidades suficientes, y era inestable. Fleming no era químico, y aunque intuía su potencial, no logró convertirla en un medicamento. Durante casi una década, su descubrimiento se quedó en poco más que una curiosidad de laboratorio.

La historia del descubrimiento incluye varias casualidades: se cree que las esporas del moho llegaron desde un laboratorio del piso de abajo, donde se estudiaban hongos, y que el clima de aquel verano en Londres, con una ola de frío seguida de calor, favoreció que el moho creciera antes que las bacterias. Pero sin la observación atenta de Fleming, la placa habría acabado en la basura. Como dijo el científico Louis Pasteur, “el azar favorece solo a la mente preparada”.

La penicilina se convirtió en medicamento gracias a otro equipo, en la Universidad de Oxford, formado por el patólogo australiano Howard Florey, el bioquímico alemán Ernst Chain, que había huido de la Alemania nazi, y el bioquímico Norman Heatley, entre otros. A partir de 1939, desarrollaron métodos para producir, purificar y probar la penicilina. En 1940, demostraron que curaba infecciones mortales en ratones. En 1941, trataron al primer paciente, Albert Alexander, un policía con una grave infección que empezó por un rasguño. Mejoró mucho, pero la penicilina se agotó antes de que se curara, y murió. Para obtener suficiente, el equipo llegó a recuperar la penicilina de la orina del paciente.

La producción a gran escala se logró en Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, con técnicas de fermentación en grandes tanques. Un hallazgo curioso: una de las cepas de Penicillium más productivas se encontró en un melón con moho de un mercado de Peoria, Illinois, en 1943. Gracias a la penicilina, se salvaron miles de soldados heridos en el desembarco de Normandía. En 1945, Fleming, Florey y Chain recibieron el Premio Nobel de Medicina.

La penicilina fue el primer antibiótico de uso generalizado y abrió la era de los antibióticos, que cambió la medicina: infecciones como la neumonía, la sífilis o las infecciones de heridas, que antes eran a menudo mortales, pasaron a ser tratables.

Pero el propio Fleming advirtió en su discurso del Nobel de un peligro: la resistencia a los antibióticos. Si se usan mal, en dosis insuficientes o sin necesidad, las bacterias pueden adaptarse y dejar de responder. Hoy la Organización Mundial de la Salud considera la resistencia antimicrobiana una de las mayores amenazas para la salud mundial: se calcula que causa directamente más de un millón de muertes al año.

Por qué importa. La penicilina muestra que un descubrimiento necesita observación, trabajo en equipo e inversión para llegar a los pacientes, y que los antibióticos deben usarse con responsabilidad.

DATO 8El velcro se inspiró en plantas

En 1941, el ingeniero suizo George de Mestral volvió de una excursión de caza por los Alpes con su perro y notó que tanto su ropa como el pelo del animal estaban llenos de cardos, las bolitas espinosas de la planta de la bardana (Arctium), que se pegaban con mucha facilidad y eran difíciles de quitar. Por curiosidad, observó los cardos al microscopio y descubrió que estaban cubiertos de cientos de pequeños ganchos que se enganchaban en las fibras de la tela y en los pelos, que actuaban como bucles.

Esa estructura es una adaptación de la planta para dispersar sus semillas: los cardos se enganchan al pelo de los animales que pasan y viajan con ellos, hasta que caen lejos de la planta madre.

De Mestral pensó que podía imitar ese mecanismo para crear un nuevo sistema de cierre, una alternativa a las cremalleras, los botones y los cordones. Pero convertir la idea en un producto no fue fácil: tardó años en encontrar el material y el método de fabricación adecuados. Probó primero con algodón, pero los ganchos se desgastaban rápidamente. Finalmente descubrió que el nailon, un material sintético entonces nuevo, funcionaba muy bien: si se cosían bucles de nailon y se cortaban con cuidado, formaban ganchos rígidos y resistentes. Otro reto fue fabricarlo de forma industrial. Lo consiguió con la ayuda de tejedores de la ciudad francesa de Lyon.

Patentó su invento en Suiza en 1951 y lo registró en otros países en los años siguientes, con la patente estadounidense concedida en 1955. Lo llamó Velcro, una combinación de las palabras francesas velours, “terciopelo”, y crochet, “gancho”. Hoy “velcro” se usa como nombre común, aunque es una marca registrada; el término genérico es “cierre de gancho y bucle” o abrojo.

Al principio, el velcro no tuvo mucho éxito en la moda, porque su aspecto se consideraba poco elegante. Su gran impulso llegó en los años 60 gracias a la NASA, que lo usó en el programa espacial. En microgravedad, los objetos flotan, así que el velcro era perfecto para sujetar herramientas, comida, bolígrafos y otros objetos a las paredes de las naves, o para ajustar los trajes espaciales. Después se popularizó en la ropa deportiva, el calzado infantil, las mochilas, el material de acampada y la medicina, por ejemplo en tensiómetros, férulas y vendajes. Incluso se usó en el primer corazón artificial, en 1982, para unir partes del dispositivo.

El velcro es uno de los ejemplos más famosos de biomimética, la disciplina que busca soluciones técnicas inspiradas en la naturaleza. Otros ejemplos son el diseño del tren bala japonés Shinkansen, cuyo morro se rediseñó imitando el pico del martín pescador para reducir el ruido al salir de los túneles; los materiales que imitan la superficie de las hojas de loto, que repelen el agua y la suciedad; o los adhesivos inspirados en las patas de los gecos. También hay edificios que imitan la ventilación de los termiteros para regular su temperatura sin aire acondicionado.

Los ingenieros que trabajan en biomimética recuerdan que la naturaleza ha tenido millones de años de evolución para “probar” soluciones, y que muchas son eficientes y usan poca energía.

Por qué importa. El velcro demuestra que observar la naturaleza con curiosidad puede inspirar inventos útiles, y que convertir una idea en un producto requiere paciencia y muchos intentos.

DATO 7El pósit nació de un pegamento “fallido”

En 1968, el químico Spencer Silver, que trabajaba en la empresa estadounidense 3M, intentaba crear un adhesivo muy fuerte para la industria aeronáutica. En lugar de eso, obtuvo lo contrario: un pegamento débil, que se adhería a las superficies pero se podía despegar con facilidad sin dejar restos, y que se podía volver a pegar varias veces. Estaba formado por pequeñas microesferas de acrílico que solo tocaban la superficie en algunos puntos, lo que explicaba su adherencia ligera.

Silver estaba convencido de que su invento tenía algún uso, pero no sabía cuál. Durante años lo presentó en seminarios y reuniones internas de 3M, intentando que alguien le encontrara una aplicación. Propuso, por ejemplo, un tablón de anuncios cubierto con su pegamento, donde se pudieran pegar y despegar papeles, pero no tuvo mucho éxito.

La solución llegó en 1974 de la mano de un compañero, el ingeniero químico Art Fry. Fry cantaba en el coro de su iglesia y tenía un problema: los trozos de papel que usaba para marcar las páginas de su libro de himnos se caían cada vez que lo abría. Recordando el adhesivo de Silver, que había oído en un seminario, pensó que podía usarlo para crear un marcapáginas que se quedara en su sitio sin dañar las páginas. Fry y Silver desarrollaron la idea y, después, pensaron en usar esos papeles para escribir notas y pegarlas en documentos, algo que resultó mucho más útil.

El producto no tuvo éxito inmediato. En 1977, 3M lo probó en varias ciudades con el nombre de “Press ’n Peel”, y las ventas fueron decepcionantes, porque la gente no entendía para qué servía. Entonces 3M cambió de estrategia: en 1978, en la llamada “Boise Blitz”, repartió miles de muestras gratis en oficinas de la ciudad de Boise, en Idaho. Una vez que la gente lo probó, se enganchó: una gran parte de quienes lo probaron dijo que lo compraría. En 1980, se lanzó a nivel nacional en Estados Unidos con el nombre de Post-it, y al año siguiente en Canadá y Europa.

El famoso color amarillo canario también fue casual: según 3M, el laboratorio de al lado tenía papel amarillo sobrante, y lo usaron para las primeras pruebas. Hoy hay Post-its de muchos colores y tamaños, y se venden miles de millones cada año.

La historia del Post-it se usa a menudo en escuelas de negocios para ilustrar varias ideas. Primero, que un “fracaso” en un proyecto puede ser un éxito en otro: el adhesivo que no servía para aviones fue perfecto para las notas. Segundo, la importancia de compartir ideas dentro de una organización: el invento funcionó porque Silver lo presentó durante años y Fry lo escuchó. Y tercero, la cultura de innovación de 3M, que permitía a sus empleados dedicar un 15 % de su tiempo de trabajo a proyectos propios, una política que después inspiró a otras empresas como Google, con su “20 % de tiempo”.

Hoy los Post-its se usan también en metodologías de trabajo en equipo, como la lluvia de ideas o los tableros de tareas de las metodologías ágiles, en las que se pegan notas en una pared para organizar proyectos. En el arte, se han creado murales enormes con miles de notas.

Spencer Silver murió en 2021; Art Fry recibió numerosos premios por la invención.

Por qué importa. El Post-it enseña que los inventos a veces necesitan años y otra mirada para encontrar su utilidad, y que compartir ideas es clave para la innovación.

DATO 6Las gafas existen desde el siglo XIII

Las primeras gafas conocidas aparecieron en el norte de Italia, probablemente en la región de Pisa o Venecia, hacia 1285-1290. Eran dos lentes convexas, más gruesas en el centro, montadas en marcos de madera, hueso o metal, y unidas por un remache en el centro, de modo que se sujetaban sobre la nariz o se sostenían con la mano. Servían para leer: ayudaban a las personas con presbicia, la vista cansada que aparece con la edad, a ver de cerca.

No se sabe quién las inventó. Una de las primeras menciones conocidas es un sermón del fraile dominico Giordano da Pisa en 1306, en Florencia, en el que dijo que hacía menos de veinte años que se había descubierto el arte de hacer gafas, “uno de los artes más útiles del mundo”, y que él había conocido a su inventor. Durante un tiempo se atribuyó la invención a un florentino llamado Salvino degli Armati, gracias a una inscripción en una tumba, pero los historiadores han demostrado que era una falsificación del siglo XVII.

Las lentes se basaban en conocimientos anteriores de óptica. El científico árabe Ibn al-Haytham, conocido en Europa como Alhacén, escribió hacia el año 1011 un Libro de óptica en el que explicaba cómo funcionan la visión y la refracción de la luz. En la Edad Media se usaban piedras de lectura, trozos de cristal o cuarzo con forma de media esfera que se colocaban sobre el texto para aumentar las letras. Venecia, con sus famosos talleres de vidrio de Murano, fue clave para producir un vidrio lo bastante transparente para fabricar lentes.

Las gafas para leer tuvieron un impacto enorme. Permitieron que los monjes, los escribas, los artesanos y los eruditos siguieran trabajando y leyendo durante muchos más años, cuando su vista empezaba a fallar con la edad. Algunos historiadores creen que contribuyeron a la difusión del conocimiento en Europa, sobre todo cuando se combinaron con la imprenta.

Las lentes cóncavas, más finas en el centro, que corrigen la miopía, la dificultad para ver de lejos, llegaron más tarde, en el siglo XV. En un famoso retrato de 1517, el pintor Rafael muestra al papa León X, que era miope, con una lente cóncava en la mano.

Las patillas que se apoyan sobre las orejas tardaron mucho en llegar: se generalizaron en el siglo XVIII, gracias a ópticos como el londinense Edward Scarlett, hacia 1727. Antes, las gafas se sujetaban con la mano, se apoyaban en la nariz o se ataban con cintas. En 1784, Benjamin Franklin popularizó las gafas bifocales, con dos tipos de lentes para ver de cerca y de lejos. Las lentes de contacto modernas aparecieron en el siglo XX, y la cirugía láser para corregir la vista, en los años 80 y 90.

Hoy, más de la mitad de la población de muchos países necesita algún tipo de corrección visual. La miopía está aumentando rápidamente en todo el mundo, sobre todo entre niños y jóvenes: en algunas ciudades de Asia oriental, más del 80 % de los jóvenes son miopes. Los estudios apuntan a que pasar más tiempo al aire libre durante la infancia reduce el riesgo, mientras que el trabajo de cerca prolongado, como leer o usar pantallas, podría aumentarlo. Según la OMS, además, cientos de millones de personas en el mundo tienen problemas de visión que podrían corregirse con unas simples gafas, pero no tienen acceso a ellas.

Por qué importa. Las gafas son uno de los inventos más útiles de la historia, y hoy recuerdan la importancia de revisar la vista y pasar tiempo al aire libre desde la infancia.

DATO 5La imprenta de Gutenberg multiplicó los libros

Hacia 1450, el orfebre alemán Johannes Gutenberg desarrolló en Maguncia una imprenta de tipos móviles metálicos. Su gran aportación fue combinar varias innovaciones en un sistema eficaz: un método para fabricar en serie letras de metal individuales, con un molde manual y una aleación de plomo, estaño y antimonio que se fundía fácilmente y se enfriaba rápido; una tinta a base de aceite que se adhería bien al metal; y una prensa adaptada de las que se usaban para prensar uvas y aceitunas. Así, los textos se componían colocando las letras una a una, se imprimían muchas copias, y las letras se podían reutilizar para otros textos.

Su obra más famosa es la Biblia de Gutenberg, impresa hacia 1455, de la que se hicieron unas 180 copias. Hoy se conservan unas 49, algunas incompletas, y son de los libros más valiosos del mundo. Una de ellas está en la Biblioteca Pública de Burgos, en España.

Los tipos móviles no los inventó Gutenberg. En China, hacia el año 1040, un artesano llamado Bi Sheng ya había creado tipos móviles de arcilla, según describió el erudito Shen Kuo. Y en Corea, en 1377, se imprimió el Jikji, un texto budista, con tipos móviles de metal, el libro más antiguo conservado impreso con tipos metálicos, que se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia. Pero en China y Corea, la escritura con miles de caracteres distintos hacía que los tipos móviles fueran menos prácticos que la impresión con planchas de madera talladas. En Europa, con un alfabeto de pocas letras, los tipos móviles eran mucho más eficientes.

El impacto de la imprenta de Gutenberg fue enorme y muy rápido. En pocas décadas, se abrieron imprentas en unas 250 ciudades europeas. Se calcula que antes del año 1501 se imprimieron en Europa entre unos 8 y 20 millones de libros, según las distintas estimaciones. Los libros impresos antes de esa fecha se llaman incunables, de la palabra latina que significa “cuna”, porque son de la infancia de la imprenta. Un libro que antes tardaba meses en copiarse a mano podía imprimirse en cientos de copias en poco tiempo, y su precio bajó mucho.

La imprenta tuvo consecuencias profundas. Aceleró la difusión del conocimiento y de las ideas del Renacimiento, y fue clave para la Reforma protestante: las 95 tesis de Martín Lutero, de 1517, y sus escritos se imprimieron y difundieron por toda Alemania en semanas. También contribuyó a la revolución científica, al permitir que los científicos compartieran sus descubrimientos con copias idénticas, con los mismos dibujos y tablas, lo que facilitaba verificar y corregir los datos. Además, ayudó a fijar las lenguas: la ortografía y la gramática empezaron a unificarse, y las lenguas locales, como el alemán, el castellano o el inglés, ganaron peso frente al latín.

Paradójicamente, Gutenberg no se hizo rico con su invento. Tuvo problemas económicos y legales con su socio, el comerciante Johann Fust, que le había prestado dinero; en 1455 Fust ganó un pleito y se quedó con parte del taller y del material. Gutenberg murió en 1468.

Muchos comparan la revolución de la imprenta con la de internet: en ambos casos, una nueva tecnología multiplicó el acceso a la información, pero también facilitó la difusión de propaganda y noticias falsas, y provocó debates sobre la censura y el control de la información.

Por qué importa. La imprenta muestra cómo una tecnología de la información puede transformar la cultura, la religión y la ciencia en pocas generaciones, algo que vivimos de nuevo con internet.

DATO 4El cepillo de dientes moderno nació en una prisión

Hacia 1770, un comerciante inglés llamado William Addis fue encarcelado, según las versiones más difundidas por provocar disturbios durante una revuelta. En la prisión, se dio cuenta de que la forma habitual de limpiarse los dientes en Inglaterra, frotándolos con un trapo con hollín o sal, no era muy eficaz. Según la historia que cuenta su propia empresa, guardó un hueso de la comida, le hizo pequeños agujeros, consiguió unas cerdas de animal, probablemente de jabalí o cerdo, a través de un guardia, las ató en mechones, las metió en los agujeros y las fijó con pegamento. Así creó un cepillo de dientes parecido a los actuales.

Al salir de prisión, hacia 1780, fundó una empresa para fabricarlos. El negocio tuvo éxito y la empresa ha seguido en manos de sus descendientes durante generaciones. Hoy se llama Wisdom Toothbrushes y sigue fabricando cepillos de dientes en el Reino Unido. Durante mucho tiempo, los cepillos siguieron haciéndose con mangos de hueso y cerdas de animal.

Pero Addis no inventó el cepillo de dientes. La higiene dental es muy antigua. Hace más de 5.000 años, los babilonios y los egipcios usaban palitos masticables, ramitas con un extremo deshilachado a base de mascarlo, para limpiarse los dientes. En la cultura islámica y en partes de África y Asia, se sigue usando el miswak, una ramita del árbol Salvadora persica, que tiene propiedades antibacterianas y que la OMS reconoce como una herramienta útil de higiene bucal. Y en China, durante la dinastía Tang, hacia el siglo VII-IX, ya se usaban cepillos con cerdas de cerdo atadas a mangos de hueso o bambú, muy parecidos al de Addis. Los viajeros llevaron la idea a Europa, pero no se popularizó hasta el siglo XVIII.

El gran cambio llegó en 1938, cuando la empresa estadounidense DuPont lanzó el primer cepillo con cerdas de nailon, llamado “Doctor West’s Miracle Toothbrush”. El nailon era más higiénico que las cerdas animales, que retenían humedad y bacterias, y más barato. Durante la Segunda Guerra Mundial, los soldados estadounidenses estaban obligados a cepillarse los dientes, y al volver a casa extendieron el hábito. El primer cepillo eléctrico se creó en Suiza en 1954, por el doctor Philippe-Guy Woog.

Curiosamente, en el siglo XVIII, antes de la popularización del cepillo, en Europa era común que la gente tuviera la dentadura en muy mal estado, sobre todo a medida que el azúcar se volvió más barato y abundante gracias al comercio con las colonias.

Hoy la Organización Mundial de la Salud y los dentistas recomiendan cepillarse los dientes al menos dos veces al día durante unos dos minutos, con una pasta de dientes con flúor, que fortalece el esmalte y ayuda a prevenir las caries. También se recomienda cambiar el cepillo cada tres o cuatro meses, o antes si las cerdas están abiertas, y usar hilo dental o cepillos interdentales para limpiar entre los dientes.

La salud de la boca afecta a todo el cuerpo. Las enfermedades de las encías, como la periodontitis, se han relacionado con un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares y diabetes, aunque la relación exacta todavía se estudia. Según la OMS, las enfermedades bucodentales afectan a unos 3.500 millones de personas en el mundo, y la caries en dientes permanentes es la enfermedad más común.

Por qué importa. La historia del cepillo de dientes recuerda que un gesto cotidiano tiene una larga evolución, y que dos minutos de cepillado con flúor dos veces al día previenen muchos problemas.

DATO 3El primer semáforo explotó

El primer semáforo del mundo se instaló en Londres el 10 de diciembre de 1868, frente al Parlamento, en el cruce de las calles Great George Street y Bridge Street, cerca de Westminster. Lo diseñó el ingeniero ferroviario John Peake Knight, que se inspiró en las señales de los ferrocarriles. Tenía unos 7 metros de altura y funcionaba con brazos móviles, llamados semáforos, que se levantaban o bajaban para indicar a los carruajes que se detuvieran o que avanzaran durante el día. Por la noche, se usaban lámparas de gas con luces rojas y verdes. No era automático: lo manejaba un policía con una palanca.

Su objetivo era reducir los accidentes en una de las zonas con más tráfico de Londres, llena de carruajes, caballos y peatones. Al principio parecía funcionar bien. Pero en enero de 1869, menos de un mes después de su instalación, una fuga de gas en una de sus tuberías hizo que el semáforo explotara, y el policía que lo manejaba resultó herido con quemaduras en la cara. El semáforo se retiró poco después, y la idea se abandonó en Londres durante décadas.

Los semáforos volvieron con la llegada del automóvil y de la electricidad, a principios del siglo XX, sobre todo en Estados Unidos, donde el tráfico de coches crecía rápidamente. El primer semáforo eléctrico se instaló en Cleveland, Ohio, en 1914, con luces rojas y verdes y un timbre que sonaba antes de cambiar. En 1920, el policía William Potts, de Detroit, creó uno de los primeros semáforos con tres colores, añadiendo el amarillo o ámbar para advertir del cambio. En 1923, el inventor afroamericano Garrett Morgan patentó un semáforo mecánico con una posición intermedia de “todo parado”, que permitía a los peatones cruzar con seguridad.

¿Por qué se eligieron el rojo y el verde? Venían de las señales ferroviarias, donde ya se usaban. El rojo se asocia al peligro y se ve bien a distancia, porque su longitud de onda se dispersa menos en la atmósfera. En los primeros ferrocarriles, el color para “avanzar” era el blanco, pero se cambió por el verde tras accidentes en los que se confundía con otras luces.

Los semáforos modernos han evolucionado mucho. Hoy usan luces LED, que consumen mucha menos energía y duran más. Muchos están coordinados por ordenadores que ajustan los tiempos según el tráfico, crean “ondas verdes” para que los coches encuentren los semáforos en verde si mantienen una velocidad, o dan prioridad a autobuses y ambulancias. Muchos semáforos para peatones tienen señales sonoras para personas ciegas o con discapacidad visual, y contadores de tiempo.

Hay curiosidades: en la ciudad alemana de Berlín, el muñequito de los semáforos de peatones del antiguo Berlín Este, el Ampelmännchen, con sombrero, se convirtió en un símbolo tan querido que se mantuvo tras la reunificación. En Japón, el semáforo “verde” es de un tono azulado, por razones históricas relacionadas con el idioma, en el que la palabra ao se usaba para el azul y el verde.

Los expertos en movilidad debaten hoy sobre alternativas como las rotondas, que en muchos casos reducen los accidentes graves, o los espacios compartidos sin semáforos en zonas de poco tráfico.

Por qué importa. El semáforo nació de un experimento fallido, y su evolución muestra cómo la tecnología se adapta a los cambios en la forma de movernos por la ciudad.

DATO 2La rueda llegó después que la agricultura

La agricultura empezó hace unos 11.000 a 12.000 años, en el llamado Creciente Fértil, en Oriente Próximo, y poco después, de forma independiente, en otros lugares como China, Mesoamérica o los Andes. La rueda, en cambio, apareció mucho después: hace unos 5.500 años, hacia el 3500 a. C., casi al mismo tiempo en Mesopotamia, en el norte del Cáucaso y en Europa central. Es decir, la humanidad cultivó la tierra, construyó ciudades, domesticó animales y fabricó cerámica durante miles de años antes de tener ruedas.

Curiosamente, algunos de los primeros usos de la rueda no fueron para el transporte, sino para la alfarería. El torno de alfarero, una rueda giratoria horizontal sobre la que se modela la arcilla, aparece en Mesopotamia hacia el 4500-4000 a. C., según algunos arqueólogos, aunque las primeras versiones eran ruedas lentas que se giraban a mano. Las ruedas de los vehículos aparecieron algo después. Las representaciones más antiguas conocidas de un vehículo con ruedas están en la vasija de Bronocice, hallada en Polonia y fechada hacia el 3500 a. C., que muestra lo que parece un carro de cuatro ruedas. La rueda de madera más antigua conocida es la rueda de Liubliana, encontrada en un pantano de Eslovenia y fechada hacia el 3150 a. C., con su eje.

¿Por qué tardó tanto en inventarse? Porque la rueda no es solo un círculo que rueda: el gran reto era el eje. Para que funcione, la rueda y el eje deben encajar con precisión: si el agujero es demasiado ajustado, hay demasiada fricción; si es demasiado holgado, la rueda se tambalea. Además, el eje debe ser fuerte y la rueda lo bastante ligera. Fabricar esto requería herramientas de metal, como las de cobre, y una gran habilidad en carpintería. Por eso algunos historiadores consideran que la combinación de rueda y eje fue uno de los inventos más difíciles de la Antigüedad.

Las primeras ruedas eran macizas, hechas de tablones de madera unidos, y muy pesadas. Hacia el 2000 a. C. aparecieron las ruedas con radios, mucho más ligeras, que permitieron construir carros de guerra tirados por caballos, rápidos y maniobrables, que cambiaron la forma de hacer la guerra en Oriente Próximo, Egipto y China.

Hay algo sorprendente: algunas grandes civilizaciones no usaron la rueda para el transporte. En Mesoamérica, los mayas y los aztecas conocían la rueda, porque se han encontrado juguetes con ruedas con forma de animales, pero no la usaron en carros. Una razón probable es que no tenían animales de tiro grandes, como caballos o bueyes, que pudieran arrastrar carros, y el terreno selvático y montañoso lo dificultaba. Los incas, en los Andes, construyeron una red de caminos de miles de kilómetros, el Qhapaq Ñan, pero la recorrían a pie, con llamas como animales de carga. En zonas montañosas con escaleras, las ruedas eran poco útiles.

La rueda permitió después muchos otros inventos: el molino de agua, las poleas, los engranajes, los relojes mecánicos, las turbinas y, por supuesto, la bicicleta, el tren y el coche. Por cierto, la maleta con ruedas no se patentó hasta 1970, por Bernard Sadow, y las maletas con ruedas y asa extensible modernas, en 1987, por el piloto Robert Plath. A veces un invento sencillo tarda mucho en aplicarse a cosas cotidianas.

Por qué importa. La historia de la rueda muestra que los inventos dependen del contexto: materiales, herramientas, animales y terreno, y que incluso ideas simples pueden tardar milenios en aparecer.

DATO 1El marcapasos se inventó por error

En 1956, el ingeniero estadounidense Wilson Greatbatch, que trabajaba en la Universidad de Buffalo, en Nueva York, estaba montando un circuito electrónico para registrar los latidos del corazón. Por error, cogió una resistencia equivocada, un componente que limita el paso de la corriente, de un valor diferente al que necesitaba. Al conectar el circuito, en lugar de registrar los latidos, empezó a emitir pulsos eléctricos rítmicos, a intervalos regulares, como los latidos de un corazón: se encendía durante unos 1,8 milisegundos y se apagaba durante un segundo, y luego se repetía.

Greatbatch se dio cuenta de que ese circuito podía servir para estimular el corazón. En algunas enfermedades, como el bloqueo cardíaco, las señales eléctricas que produce el marcapasos natural del corazón no llegan bien a los ventrículos, y el corazón late demasiado lento o se detiene. Un pequeño aparato que enviara impulsos eléctricos regulares podría hacerlo latir al ritmo adecuado. Así nació la idea del marcapasos implantable, un aparato pequeño que pudiera colocarse dentro del cuerpo.

Ya existían marcapasos externos, pero eran grandes, se conectaban a la red eléctrica o a baterías voluminosas y obligaban a los pacientes a estar conectados a una máquina, con cables que atravesaban la piel y riesgo de infecciones. Greatbatch aprovechó un invento reciente, el transistor, que permitía fabricar circuitos mucho más pequeños que con las válvulas de vacío. Trabajó con el cirujano William Chardack y el médico Andrew Gage. Tras probar el aparato en animales, en 1960 implantaron por primera vez su marcapasos en un paciente humano en Buffalo, un hombre de 77 años, que vivió 18 meses más.

Pero no fue el único pionero. En 1958, en Suecia, el ingeniero Rune Elmqvist y el cirujano Åke Senning implantaron el primer marcapasos interno a un paciente, Arne Larsson, que sufría frecuentes paradas cardíacas. El primer aparato falló a las pocas horas, y el segundo duró unas semanas, pero Larsson recibió después muchos otros marcapasos a lo largo de su vida, y vivió hasta 2001, cuando murió a los 86 años, más que sus médicos.

Uno de los grandes problemas de los primeros marcapasos era la batería: duraba solo unos meses o un par de años, y había que operar al paciente para cambiarla. Greatbatch hizo otra aportación clave: en los años 70, desarrolló y comercializó una batería de litio-yodo que duraba 10 años o más, y que se convirtió en el estándar de los marcapasos durante décadas. Fundó una empresa que todavía fabrica baterías médicas. Tuvo más de 300 patentes, y en 1986 entró en el Salón de la Fama de los Inventores de Estados Unidos.

Hoy se implantan más de un millón de marcapasos al año en el mundo. Son mucho más pequeños y sofisticados: muchos detectan el ritmo del corazón y solo actúan cuando es necesario, ajustan la frecuencia según la actividad física y pueden revisarse a distancia. Desde hace unos años existen marcapasos sin cables, del tamaño de una pastilla grande, que se colocan directamente dentro del corazón a través de una vena, sin cirugía abierta. También existen los desfibriladores automáticos implantables, que pueden dar una descarga para detener arritmias peligrosas.

La historia de Greatbatch es otro ejemplo de cómo un error puede convertirse en un gran descubrimiento, cuando quien lo comete sabe reconocer su potencial.

Por qué importa. El marcapasos nació de un error bien aprovechado, y hoy permite a millones de personas con problemas del ritmo cardíaco llevar una vida normal.

Resumen de los 10 datos

  1. El marcapasos se inventó por error.
  2. La rueda llegó después que la agricultura.
  3. El primer semáforo explotó.
  4. El cepillo de dientes moderno nació en una prisión.
  5. La imprenta de Gutenberg multiplicó los libros.
  6. Las gafas existen desde el siglo XIII.
  7. El pósit nació de un pegamento “fallido”.
  8. El velcro se inspiró en plantas.
  9. La penicilina se descubrió por un descuido.
  10. El microondas nació de un chocolate derretido.

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Preguntas frecuentes

¿Cómo se inventó el microondas?

Percy Spencer notó que un radar derritió una chocolatina en su bolsillo en 1945.

¿Quién inventó el velcro?

El ingeniero suizo George de Mestral, inspirado en los cardos.

Fuentes

  1. Wikipedia: Horno de microondas
  2. Wikipedia: Penicilina
  3. Wikipedia: Velcro
  4. Wikipedia: Semáforo

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