10 inventos cotidianos con origen sorprendente
El número 1 salió de una pastelería.
29 de septiembre de 2026 · 34 min de lectura
Los objetos más cotidianos tienen historias sorprendentes: patatas fritas que nacieron de una leyenda, clips que casi no han cambiado en 125 años, gafas de sol para jueces y un juguete que empezó como molde de tarta.
Estos diez datos explican el origen de inventos que usamos a diario, qué parte de su historia es cierta y qué es leyenda, y qué nos enseñan sobre la innovación.
DATO 10Según la leyenda, las papas fritas de bolsa nacieron por un cliente quejoso
Existe una leyenda muy famosa sobre el origen de las patatas fritas de bolsa, las que en muchos países se llaman chips. Según esta historia, en 1853, el cocinero George Crum, que trabajaba en el restaurante Moon’s Lake House, en Saratoga Springs, un lugar de veraneo de Nueva York, estaba harto de un cliente que devolvía una y otra vez sus patatas fritas quejándose de que eran demasiado gruesas y blandas. Algunas versiones dicen que el cliente era el magnate Cornelius Vanderbilt. Para molestarle, Crum cortó las patatas finísimas, como papel, las frió hasta que quedaron muy crujientes y les echó mucha sal, pensando que así no se podrían comer con tenedor. Pero, para su sorpresa, al cliente le encantaron, y así nacieron las “Saratoga chips”, que se hicieron muy populares.
Pero los historiadores consideran esta historia un mito, o al menos una exageración. Hay varias razones. Primero, existen recetas similares anteriores: en 1817, el médico inglés William Kitchiner publicó en su libro de cocina The Cook’s Oracle una receta de “patatas fritas en rodajas” o virutas, muy finas, fritas en grasa. Y en 1824, la escritora estadounidense Mary Randolph incluyó una receta parecida en su libro The Virginia House-Wife. Segundo, la historia de Crum no aparece en los documentos de la época: las primeras menciones de su participación son muy posteriores, y la historia del cliente quejoso apareció en anuncios publicitarios de los años 70 del siglo XX. Según algunos registros, las Saratoga chips se atribuían en el siglo XIX a la hermana de Crum, Catherine Wicks, que trabajaba en el mismo restaurante, o a otros cocineros. Vanderbilt, además, no estaba en Saratoga en esa época, según los historiadores. Lo que sí es cierto es que las patatas fritas finas eran una especialidad de Saratoga Springs en la segunda mitad del siglo XIX.
George Crum, cuyo nombre real era George Speck, era hijo de un padre afroamericano y una madre de origen indígena mohawk. Más tarde abrió su propio restaurante, que fue muy popular. Su historia, aunque embellecida, se ha usado a menudo como ejemplo de la contribución de las personas afroamericanas e indígenas a la cocina de Estados Unidos.
Las patatas fritas de bolsa se convirtieron en un producto industrial a principios del siglo XX. En 1926, la empresaria californiana Laura Scudder tuvo la idea de envasarlas en bolsas de papel encerado, que sus trabajadoras planchaban a mano para sellarlas, lo que permitía que se conservaran crujientes durante más tiempo; antes se vendían a granel en barriles o latas. En 1932, Herman Lay empezó a vender patatas fritas en el sur de Estados Unidos, y su empresa se convirtió en Lay’s. En los años 50, en Irlanda, la empresa Tayto inventó las primeras patatas con sabor, de queso y cebolla, gracias a su fundador Joe “Spud” Murphy. En España, las patatas fritas de churrería y de bolsa son muy populares desde hace décadas.
Hoy, las patatas fritas de bolsa son uno de los aperitivos más consumidos del mundo, con un mercado de decenas de miles de millones de euros al año. Pero los nutricionistas recomiendan consumirlas con moderación, porque tienen mucha grasa, sal y calorías. Además, al freír alimentos ricos en almidón a altas temperaturas, se forma una sustancia llamada acrilamida, que la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer clasifica como probablemente cancerígena, por lo que la Unión Europea obliga a los fabricantes a reducir sus niveles desde 2018.
Por qué importa. La historia del cocinero que inventó las patatas fritas por despecho es probablemente un mito, un buen ejemplo de cómo las leyendas se mezclan con la historia de los inventos.
DATO 9Las zapatillas deportivas usan caucho vulcanizado
En 1839, el inventor estadounidense Charles Goodyear descubrió el proceso de vulcanización del caucho, al mezclar caucho con azufre y calentarlo. El resultado fue un material mucho más resistente, elástico y estable, que no se derretía con el calor ni se volvía quebradizo con el frío. Este descubrimiento hizo posibles productos como los neumáticos, las suelas de las zapatillas, las mangueras, las juntas de las máquinas, los guantes y muchos otros objetos.
El caucho natural se obtiene del látex, un líquido lechoso que sale de la corteza de algunos árboles, sobre todo del árbol del caucho (Hevea brasiliensis), originario de la Amazonia. Los pueblos indígenas de América, como los olmecas, los mayas y los aztecas, usaban el caucho desde hace más de 3.000 años: lo mezclaban con el jugo de una planta, la enredadera de la luna (Ipomoea alba), para hacerlo más resistente, y fabricaban pelotas para el juego de pelota ceremonial mesoamericano, calzado, recipientes y tejidos impermeables. El nombre “olmeca” significa, en náhuatl, “gente del país del hule”, del caucho. Los europeos conocieron el caucho a través de los españoles, y el científico francés Charles Marie de La Condamine lo describió en el siglo XVIII tras un viaje a la Amazonia. Su nombre en inglés, rubber, viene de que el químico Joseph Priestley descubrió en 1770 que servía para borrar las marcas del lápiz frotando (to rub).
Pero el caucho natural tenía un gran problema: era muy sensible a la temperatura. En verano, con el calor, se volvía pegajoso, blando y maloliente, y en invierno, con el frío, se volvía duro y quebradizo. A principios del siglo XIX hubo una “fiebre del caucho” en Estados Unidos, con productos impermeables, pero muchos se estropeaban, y las empresas quebraban.
Charles Goodyear, que había arruinado su negocio de ferretería, se obsesionó con encontrar una forma de estabilizar el caucho. Durante años hizo experimentos en su casa y en su cocina, mezclando el caucho con todo tipo de sustancias, como magnesia, cal o ácido nítrico, a menudo sin éxito. Estaba tan endeudado que pasó varias temporadas en la cárcel por no pagar sus deudas, y su familia vivía en la pobreza. Según la historia más contada, en 1839, dejó caer por accidente una mezcla de caucho y azufre sobre una estufa caliente. En lugar de derretirse, el caucho se carbonizó por fuera como el cuero, pero por dentro se volvió firme y elástico. Goodyear se dio cuenta de la importancia del descubrimiento, aunque tardó años más en perfeccionar el proceso, controlando la temperatura y el tiempo de calentamiento. Él mismo reconoció el papel del accidente, pero dijo que solo alguien que llevaba años buscando la solución podía darse cuenta de su importancia.
¿Qué ocurre químicamente? El caucho está formado por largas cadenas de moléculas, llamadas polímeros, que pueden deslizarse unas sobre otras, lo que lo hace pegajoso y deformable. Al calentarlo con azufre, los átomos de azufre forman puentes o enlaces entre las cadenas, uniéndolas en una red tridimensional. Esta red hace que el caucho sea elástico, vuelva a su forma después de estirarlo y sea mucho más resistente al calor, al frío y al desgaste.
Goodyear patentó su invento en Estados Unidos en 1844, pero tuvo muchos problemas para proteger su patente frente a los imitadores, y gastó mucho dinero en juicios. En Inglaterra, el inventor Thomas Hancock patentó un proceso similar en 1843, semanas antes que Goodyear, después de analizar muestras del caucho de Goodyear. Fue un amigo de Hancock, William Brockedon, quien acuñó el término “vulcanización”, en honor a Vulcano, el dios romano del fuego y la forja. Goodyear murió en 1860 con enormes deudas. La famosa empresa de neumáticos Goodyear Tire & Rubber Company, fundada en 1898, lleva su nombre como homenaje, pero no tiene relación con él ni con su familia.
La vulcanización impulsó una enorme demanda de caucho a finales del siglo XIX, sobre todo con la llegada de la bicicleta y el automóvil. Esto provocó la llamada “fiebre del caucho” en la Amazonia y en el Congo, donde la explotación del caucho estuvo asociada a terribles abusos contra la población indígena, como en el Estado Libre del Congo del rey Leopoldo II de Bélgica, donde millones de personas murieron por la violencia y el trabajo forzoso. Hoy, la mayor parte del caucho natural se produce en Asia, en países como Tailandia, Indonesia y Vietnam, y más de la mitad del caucho que se usa es sintético, fabricado a partir del petróleo.
Por qué importa. La vulcanización del caucho, descubierta tras años de fracasos, hizo posibles los neumáticos y muchos objetos modernos, y muestra el papel de la perseverancia en la invención.
DATO 8El papel higiénico moderno es del siglo XIX
En 1857, el empresario estadounidense Joseph Gayetty vendió en Estados Unidos el primer papel higiénico comercial, envasado y vendido específicamente para ese uso. Se llamaba “Gayetty’s Medicated Paper”, “papel medicinal de Gayetty”. Consistía en hojas planas y sueltas de papel de cáñamo de Manila, humedecidas con aloe, que se vendían en paquetes de 500 hojas por unos 50 centavos. Gayetty lo anunciaba como un producto medicinal para prevenir las hemorroides, y hacía imprimir su nombre en cada hoja como marca de calidad.
Sin embargo, al principio el producto no tuvo mucho éxito. Muchas personas no veían la necesidad de pagar por un papel especial, porque ya usaban otros materiales gratis, como las hojas de periódicos, de catálogos de venta por correo o de almanaques. En Estados Unidos, el famoso catálogo de Sears, Roebuck se usaba con frecuencia en los retretes de las granjas, e incluso se decía que la empresa recibía quejas cuando empezó a imprimir el catálogo en papel satinado, que era menos absorbente.
El papel higiénico en rollo, con perforaciones para cortarlo, se popularizó a finales del siglo XIX. Hacia 1890, los hermanos Clarence y E. Irvin Scott, de Filadelfia, fundaron la Scott Paper Company, que empezó a vender papel higiénico en rollos. Al principio, se vendía de forma discreta, porque se consideraba un tema tabú. La perforación del papel la patentó en 1891 el inventor Seth Wheeler, de Albany, quien también patentó el diseño del rollo y del soporte. Curiosamente, en su patente, Wheeler dibujó el rollo con el papel colgando por delante, lo que muchos citan hoy como prueba de la forma “correcta” de colocar el papel, en un debate muy popular.
Durante mucho tiempo, el papel higiénico tenía un problema: en muchos casos tenía astillas. En 1935, la empresa Northern Tissue anunció que su papel era “libre de astillas”, lo que muestra que era un problema real hasta entonces. El papel higiénico de doble capa se introdujo en 1942 por la empresa británica St. Andrew’s Mill.
Pero la historia de la limpieza tras ir al baño es mucho más antigua y variada. En distintas épocas y culturas se han usado muchos materiales:
-
En la antigua Grecia, se usaban piedras y trozos de cerámica rota, llamados pessoi. Un estudio de 2012 sugirió que algunos de estos fragmentos podían causar irritaciones.
-
En la antigua Roma, se usaba el tersorium, una esponja de mar sujeta a un palo, que se mojaba en agua con sal o vinagre y se compartía en las letrinas públicas. Algunos historiadores discuten si se usaba exactamente para eso o para limpiar las letrinas.
-
En China, en el siglo VI, ya se usaba papel para la higiene, según los textos de la época, y en el siglo XIV, la corte imperial de la dinastía Ming fabricaba grandes hojas de papel especial para el emperador. China inventó el papel hacia el siglo II a. C.
-
En otras culturas y épocas, se usaban hojas de plantas, musgo, hierba, heno, mazorcas de maíz, conchas, trapos, lana o, simplemente, la mano izquierda y agua, una práctica muy extendida en el mundo islámico, en la India y en otras partes de Asia, que todavía hoy es habitual en muchos países, con el uso de jarras o duchas especiales.
Hoy, el papel higiénico es un producto básico en muchos países. Se calcula que cada persona en Estados Unidos usa unos 140 rollos al año. Su fabricación consume grandes cantidades de madera, agua y energía, lo que plantea problemas ambientales, sobre todo por la tala de bosques. Por eso se recomienda usar papel reciclado, que es igual de higiénico.
En los últimos años, en países como España, se ha popularizado el uso de los bidés y de las toallitas húmedas. Pero las toallitas húmedas no se deben tirar por el inodoro, aunque se anuncien como “desechables”, porque no se deshacen bien en el agua y provocan atascos en las tuberías y las depuradoras, formando enormes bolas de grasa y residuos llamadas “fatbergs”.
Una anécdota reciente: durante la pandemia de COVID-19, en marzo de 2020, hubo una ola de compras compulsivas de papel higiénico en muchos países, incluida España, que dejó vacías las estanterías de los supermercados, un fenómeno que los psicólogos atribuyeron a la sensación de control ante la incertidumbre y al contagio social.
Por qué importa. La historia del papel higiénico muestra cómo algo tan cotidiano tiene una larga evolución, y cómo cada cultura ha resuelto a su manera una necesidad universal.
DATO 7Los clips se patentaron en 1899
El clip moderno de doble vuelta, conocido como el clip Gem, apareció a finales del siglo XIX, probablemente en Inglaterra, fabricado por la empresa Gem Manufacturing Company, de la que toma su nombre. Nadie sabe con certeza quién lo inventó ni exactamente cuándo, porque el clip Gem nunca fue patentado. En 1899, el inventor estadounidense William Middlebrook, de Connecticut, patentó una máquina para fabricar clips, y en el dibujo de su patente aparece un clip con la forma del Gem, lo que demuestra que ya existía. Desde entonces, su forma casi no ha cambiado en más de 125 años.
El clip es un ejemplo de diseño sencillo y eficaz. Está hecho de un solo trozo de alambre de acero, doblado en forma de doble óvalo o espiral. Funciona gracias a la elasticidad del acero: cuando se separan las vueltas del alambre para introducir las hojas, el metal tiende a volver a su posición original, y ejerce una presión que sujeta los papeles. Además, al retorcerse ligeramente, el alambre aprovecha la torsión. Así, puede sujetar varias hojas sin agujerearlas ni dañarlas, y se puede quitar y reutilizar. Por eso es un símbolo del diseño minimalista. En 2004, el Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York incluyó un clip Gem en su colección de diseño.
Antes del clip, para sujetar los papeles se usaban alfileres, cintas o cordeles que pasaban por agujeros hechos en el papel, o se cosían. El clip se hizo posible gracias a la fabricación industrial del alambre de acero barato y flexible, a mediados del siglo XIX.
Hay una leyenda muy extendida sobre el clip: que lo inventó el noruego Johan Vaaler. Vaaler, un empleado de una oficina de patentes, patentó en Alemania en 1899 y en Estados Unidos en 1901 un diseño de sujetapapeles, pero su diseño era distinto al clip Gem: era más sencillo, con una sola vuelta rectangular y sin la vuelta interior, y no funcionaba tan bien, porque le faltaba la espiral que da la presión. Su clip nunca se fabricó a gran escala. Sin embargo, en Noruega se le considera durante décadas el inventor del clip.
El clip se convirtió en un símbolo de la resistencia en Noruega durante la Segunda Guerra Mundial. Tras la invasión alemana en 1940, muchos noruegos empezaron a llevar un clip en la solapa de la chaqueta como símbolo de unidad y de rechazo pacífico a la ocupación nazi: la idea era que los noruegos debían “permanecer unidos”, como las hojas sujetas por un clip. Las autoridades de ocupación llegaron a prohibirlo, y llevarlo podía suponer la detención. Después de la guerra, en 1989, se construyó en Oslo una escultura gigante de un clip, de unos 7 metros, en homenaje a Vaaler, aunque la escultura tiene la forma del clip Gem, no la de su diseño.
El clip también ha dado lugar a otras curiosidades. En 2005 y 2006, el canadiense Kyle MacDonald se hizo famoso en internet por empezar con un clip rojo y, mediante una serie de 14 intercambios, conseguir finalmente una casa en la ciudad de Kipling, en Canadá. Y en la informática, muchos recordarán a “Clippy”, el asistente con forma de clip del programa Microsoft Office, introducido en 1997 y retirado en 2007, que se hizo famoso por aparecer ofreciendo ayuda cuando no se le pedía, y que se convirtió en objeto de bromas y de cierta nostalgia.
En el campo de la inteligencia artificial, el filósofo Nick Bostrom propuso en 2003 un famoso experimento mental, el “maximizador de clips”: una inteligencia artificial programada solo para fabricar el máximo número de clips podría, si fuera muy poderosa y no tuviera otros valores, acabar transformando toda la materia del planeta en clips. El ejemplo se usa para explicar los riesgos de una IA con objetivos mal definidos.
Hoy se fabrican miles de millones de clips cada año, en muchos tamaños y colores, y también de plástico. Se usan no solo para sujetar papeles, sino para muchas otras cosas: como gancho, para reiniciar aparatos, para sacar la bandeja de la tarjeta SIM del móvil o incluso, en situaciones de emergencia, para abrir cerraduras.
Por qué importa. El clip, con un diseño que casi no ha cambiado en más de un siglo, es un ejemplo de cómo una solución sencilla puede ser casi perfecta.
DATO 6La cremallera tardó décadas en popularizarse
En 1893, el ingeniero estadounidense Whitcomb Judson, de Chicago, presentó en la Exposición Universal de Chicago un cierre para zapatos y botas, llamado “cierre de cadena para zapatos” o clasp locker. Judson quería ayudar a las personas que tenían dificultades para abrocharse los largos cordones o los numerosos botones de las botas de la época, entre ellas, según se cuenta, un amigo con problemas de espalda. Su invento consistía en una serie de ganchos y ojales que se unían al deslizar un tirador. Pero no funcionaba bien: era caro, pesado, se abría de forma inesperada y se enganchaba con facilidad. Judson fundó una empresa para fabricarlo, la Universal Fastener Company, pero tuvo poco éxito comercial.
En realidad, la idea de un cierre similar ya se le había ocurrido antes a Elias Howe, el inventor de la máquina de coser, que en 1851 patentó un “cierre automático y continuo para ropa”, pero nunca lo comercializó, quizá porque estaba ocupado con el éxito de su máquina de coser.
La cremallera moderna la creó el ingeniero sueco-estadounidense Gideon Sundback, que trabajaba en la empresa de Judson. En 1913, Sundback diseñó un sistema mucho más fiable, llamado “Hookless Fastener”, “cierre sin ganchos”, y lo patentó en 1917 como “separable fastener”. Su diseño tenía una serie de dientes metálicos, cada uno con un pequeño hueco en un lado y una protuberancia en el otro, dispuestos en dos tiras de tela. Un deslizador, en forma de Y, unía los dientes de las dos tiras al moverlo en una dirección, encajándolos entre sí, y los separaba al moverlo en la dirección contraria. Sundback aumentó el número de dientes por centímetro, lo que hacía el cierre más resistente. También inventó una máquina para fabricar las cremalleras de forma industrial y barata, que producía cientos de metros al día, algo clave para su éxito.
La cremallera tardó en popularizarse. Al principio se usaba sobre todo en botas de goma y en bolsas para el tabaco. Durante la Primera Guerra Mundial, el ejército de Estados Unidos la usó en los uniformes y el equipo de los aviadores, y en los chalecos salvavidas. En 1923, la empresa B. F. Goodrich la usó en unas botas de goma, y un directivo le dio el nombre de “zipper”, por el sonido “zip” que hacía al cerrarse, que se convirtió en su nombre en inglés. En español se llama “cremallera”, porque su mecanismo recuerda al de una cremallera de ferrocarril, una barra dentada en la que encaja una rueda dentada, usada en los trenes de montaña, que a su vez viene del francés crémaillère. En otros países de habla hispana se le llama también “cierre” o “zíper”.
La cremallera empezó a usarse en la ropa hacia los años 30. Al principio, en la ropa de niños, porque se decía que les ayudaba a vestirse solos. Hubo resistencia en la moda de adultos, porque algunos la consideraban poco elegante o incluso inmoral en los pantalones de hombre, por la facilidad para desabrocharlos. En 1937, la revista Esquire declaró que la cremallera en la bragueta de los pantalones masculinos era la “idea más novedosa” en la sastrería, y el duque de Windsor la adoptó. Algunos diseñadores de moda, como la italiana Elsa Schiaparelli, la usaron de forma decorativa en sus vestidos, lo que ayudó a popularizarla.
Hoy, el mayor fabricante de cremalleras del mundo es la empresa japonesa YKK, fundada en 1934 por Tadao Yoshida, cuyas iniciales aparecen en muchas cremalleras de todo el mundo: se estima que fabrica alrededor de la mitad de las cremalleras del planeta, miles de millones al año. En los años 60 se inventaron las cremalleras de plástico y de espiral de nailon, más ligeras y flexibles, y hoy existen cremalleras impermeables que se usan en trajes de buceo y trajes espaciales.
Las cremalleras han facilitado mucho la vida diaria, aunque a veces fallan: se atascan, pierden dientes o el deslizador se separa. Un truco útil para que una cremallera atascada se deslice mejor es frotarla con la mina de un lápiz de grafito, que actúa como lubricante, o con jabón.
Por qué importa. La cremallera tardó décadas en perfeccionarse y en aceptarse, un ejemplo de que un buen invento necesita también fabricación barata y aceptación social.
DATO 5El chicle moderno nació de un intento de caucho
En los años 1860, el inventor y fotógrafo estadounidense Thomas Adams intentó convertir el chicle, la savia del árbol del chicozapote o zapote (Manilkara zapota), que crece en México y Centroamérica, en un sustituto del caucho, que era muy caro. Fracasó: el chicle no tenía las propiedades necesarias para fabricar neumáticos, juguetes o botas. Pero se dio cuenta de que el chicle se podía masticar, y lo vendió como goma de mascar, creando una de las industrias más exitosas del mundo.
La historia empieza con un personaje sorprendente: el general mexicano Antonio López de Santa Anna, que había sido presidente de México varias veces y dirigió al ejército mexicano en la batalla de El Álamo en 1836, contra los independentistas de Texas. Tras perder el poder, vivió en el exilio en Nueva York, en Staten Island, en los años 1860. Santa Anna trajo consigo una gran cantidad de chicle, y pensaba que se podía usar para fabricar caucho sintético y ganar dinero para financiar su regreso al poder. Conoció a Thomas Adams, que trabajaba como su secretario o traductor según algunas versiones, y le propuso el negocio. Adams compró una tonelada de chicle y pasó un año experimentando para convertirlo en caucho, sin éxito.
Según la historia, Adams vio a una niña en una farmacia comprando goma de mascar hecha de parafina o de resina de abeto, que era lo que se masticaba entonces en Estados Unidos. Recordó que Santa Anna masticaba chicle, y pensó que podía venderlo como goma de mascar. En 1869 o 1871, empezó a fabricar pequeñas bolitas de chicle sin sabor, que vendía en las farmacias, con el nombre de “Adams New York Chewing Gum”. Tuvieron un gran éxito. Después añadió sabores, como el regaliz, en el chicle Black Jack, de 1884, uno de los primeros chicles con sabor, y fabricó una máquina para producirlos en tiras. En 1888, las primeras máquinas expendedoras de Estados Unidos, instaladas en las estaciones del metro de Nueva York, vendían chicles de su marca Tutti-Frutti.
Pero masticar resinas no era algo nuevo. Los mayas y los aztecas masticaban el chicle desde hace siglos, para limpiar los dientes, calmar la sed y el hambre y refrescar el aliento. Los aztecas tenían normas sociales sobre su uso: según el fraile Bernardino de Sahagún, masticarlo en público estaba bien visto para los niños y las mujeres solteras, pero no para los hombres ni para las mujeres casadas. De hecho, la palabra “chicle” viene del náhuatl tzictli, que significa “cosa pegajosa”. En la antigua Grecia, se masticaba la resina del lentisco (Pistacia lentiscus), llamada almáciga, que todavía se produce en la isla de Quíos. En el norte de Europa, se han encontrado trozos de alquitrán de corteza de abedul masticados, con marcas de dientes, de hace hasta unos 9.000 años. En 2019, un estudio de la Universidad de Copenhague extrajo ADN de un trozo de alquitrán de abedul masticado hace unos 5.700 años en Dinamarca, y pudo reconstruir el genoma completo de la mujer que lo masticó, a la que llamaron “Lola”, e incluso saber que tenía piel oscura y ojos azules, y qué había comido.
A finales del siglo XIX y principios del XX, otros empresarios hicieron crecer la industria. El más famoso fue William Wrigley Jr., que empezó en 1891 regalando chicles con la compra de levadura y jabón, y como los chicles tenían más éxito que los productos, se dedicó a venderlos. En 1893 lanzó los chicles Juicy Fruit y Spearmint, de menta, que siguen vendiéndose hoy. Wrigley fue un pionero de la publicidad, y en 1915 envió cuatro chicles gratis a todas las personas de la guía telefónica de Estados Unidos, más de 1,5 millones.
La demanda de chicle provocó una intensa explotación de los árboles de zapote en México y Centroamérica, sobre todo en la península de Yucatán, donde trabajaban los chicleros, que extraían la savia haciendo cortes en zigzag en la corteza. Desde mediados del siglo XX, la mayoría de los chicles se fabrican con bases sintéticas, derivadas del petróleo, como el acetato de polivinilo, que son más baratas. Algunas empresas han recuperado el chicle natural como producto ecológico.
El chicle plantea también un problema ambiental: los chicles tirados en las calles son muy difíciles de limpiar y no son biodegradables. En Singapur, la venta de chicles está prohibida desde 1992, salvo los de uso médico o dental, porque la gente los pegaba en las puertas del metro y en los ascensores.
Por qué importa. El chicle nació de un intento fallido de fabricar caucho, pero su historia se remonta a los mayas, los aztecas y la prehistoria.
DATO 4Las gafas de sol se usaban en China antigua
En la China de la dinastía Song, alrededor del siglo XII, algunos jueces usaban lentes de cuarzo ahumado, un cristal de color oscuro, para ocultar sus expresiones faciales y sus emociones durante los interrogatorios de los testigos y los acusados. Así, las personas interrogadas no podían saber qué pensaba el juez ni si les creía, lo que ayudaba a que el juez pareciera imparcial. Estas lentes se consideran uno de los precedentes de las gafas de sol. Se trataba de lentes planas, que no corregían la vista ni protegían especialmente del sol, sino que servían para ocultar los ojos. Hay que decir que estas historias proceden en gran parte de fuentes posteriores, y algunos historiadores las consideran difíciles de verificar.
Antes de eso, otras culturas ya habían buscado formas de proteger los ojos del sol. Los pueblos inuit y otros pueblos del Ártico fabricaban gafas para la nieve hechas de hueso, madera, marfil de morsa o asta de caribú, con ranuras estrechas para mirar a través de ellas. Estas gafas reducían la cantidad de luz que llegaba a los ojos y protegían de la ceguera de la nieve, una quemadura de la córnea causada por la radiación ultravioleta reflejada en la nieve y el hielo, que es muy dolorosa. Se han encontrado gafas de este tipo de hace unos 2.000 años. Y según algunos relatos, el emperador romano Nerón, en el siglo I, miraba los combates de los gladiadores a través de una esmeralda pulida, aunque no está claro si era para protegerse del sol, para ver mejor por su miopía o simplemente por lujo.
En Europa, en el siglo XVIII, el óptico inglés James Ayscough experimentó con gafas de lentes tintadas de color azul o verde, porque creía que ayudaban a corregir algunos problemas de visión y a proteger los ojos sensibles. No las diseñó para protegerse del sol. En el siglo XIX, se usaban gafas de lentes oscuras para tratar enfermedades como la sífilis, que puede causar sensibilidad a la luz.
Las gafas de sol tal y como las conocemos hoy se popularizaron en el siglo XX. En 1929, el empresario estadounidense Sam Foster empezó a vender gafas de sol baratas, fabricadas en plástico, en las playas de Atlantic City, en Nueva Jersey, a través de los almacenes Woolworth. Se hicieron muy populares entre las estrellas de cine de Hollywood, que las usaban para protegerse de los potentes focos de los estudios y para no ser reconocidas por los fans, lo que las convirtió en un símbolo de glamur. En 1936, el científico estadounidense Edwin Land, fundador de la empresa Polaroid, patentó las lentes polarizadas, que reducen los reflejos de la luz en superficies como el agua, la nieve o el asfalto. Ese mismo año, la empresa Bausch & Lomb creó para los pilotos del ejército de Estados Unidos unas gafas de sol para protegerlos del sol intenso a gran altura, que se vendieron al público en 1937 con el nombre de Ray-Ban, porque “bloqueaban los rayos” del sol. Su modelo Aviator, de lentes grandes con forma de gota, se hizo muy famoso, sobre todo cuando el general Douglas MacArthur fue fotografiado con ellas durante la Segunda Guerra Mundial.
Hoy sabemos que las gafas de sol tienen una función médica importante: protegen los ojos de la radiación ultravioleta (UV) del sol, que puede causar problemas como las cataratas, que vuelven opaco el cristalino, la degeneración macular, el pterigión, un crecimiento de tejido sobre el ojo, y el cáncer de piel en los párpados. Por eso es importante que las gafas de sol filtren el 100 % de la radiación UV, algo que no depende de lo oscuras que sean las lentes. De hecho, unas gafas oscuras sin filtro UV pueden ser peores que no llevar gafas, porque la oscuridad hace que la pupila se dilate y entre más radiación UV en el ojo. En la Unión Europea, las gafas de sol deben llevar el marcado CE y una categoría de filtro, del 0 al 4. Las de categoría 4 son para la alta montaña y no se deben usar para conducir. Los niños también deben protegerse los ojos, porque su cristalino deja pasar más radiación UV.
Además, nunca se debe mirar directamente al sol, ni siquiera con gafas de sol normales: para ver un eclipse, hacen falta gafas especiales homologadas, porque puede causar lesiones permanentes en la retina.
Por qué importa. Las gafas de sol empezaron como una forma de ocultar la mirada, y hoy sabemos que protegen la salud de los ojos si filtran bien la radiación ultravioleta.
DATO 3Las tijeras existen desde el antiguo Egipto
Las tijeras tienen una historia muy antigua. Las primeras tijeras conocidas eran tijeras de resorte, formadas por dos cuchillas de metal unidas por un muelle o una banda metálica en forma de U en el extremo del mango, que se abrían solas al dejar de presionarlas. Existían en Egipto hacia el 1500 a. C., según los restos arqueológicos, y probablemente antes en Mesopotamia. Se fabricaban de bronce y después de hierro, y se usaban para esquilar ovejas, cortar el pelo, tejidos y otras cosas. Este tipo de tijeras de resorte se usa todavía hoy para esquilar ovejas a mano y en algunas tareas de costura y jardinería.
Las tijeras con pivote central, como las actuales, en las que dos cuchillas se cruzan y giran alrededor de un tornillo o remache situado entre las cuchillas y los mangos, se atribuyen a los romanos, hacia el siglo I d. C. Se fabricaban de bronce o hierro, y se usaban sobre todo para cortar el pelo y en la sastrería. Este diseño es el de una palanca de primer grado: el punto de apoyo está en el centro, entre la fuerza que aplicamos con los dedos y la resistencia del material que cortamos. Cuanto más cerca del pivote se coloca lo que se quiere cortar, más fuerza se ejerce, por eso cortamos los materiales duros con la parte de la hoja más cercana al tornillo.
¿Cómo cortan las tijeras? En realidad, las tijeras no cortan como un cuchillo, que corta con un solo filo, sino que cizallan: las dos cuchillas se deslizan una contra otra en sentidos opuestos, y aplican fuerzas que rompen el material entre ellas. Por eso es importante que las cuchillas estén bien ajustadas y rozando una con la otra. Por esa misma razón, el nombre técnico de este tipo de corte es cizalla, y las tijeras grandes para cortar metal se llaman cizallas.
Durante la Edad Media, las tijeras eran objetos valiosos, fabricados a mano por herreros, y a menudo decorados. En la ciudad inglesa de Sheffield, famosa por su industria del acero y la cuchillería, se empezaron a fabricar tijeras a mayor escala en el siglo XVIII. Hacia 1761, el cuchillero Robert Hinchliffe, de Sheffield, fue uno de los primeros en fabricar tijeras de acero fundido, de mejor calidad y en grandes cantidades, lo que las hizo más accesibles. Por eso a veces se le atribuye erróneamente la invención de las tijeras modernas.
En el siglo XX, las tijeras se diversificaron enormemente: hay tijeras de cocina, de costura, de peluquería, de uñas, de podar, quirúrgicas, para zurdos, de seguridad para niños, con punta redonda, y muchas más. En 1967, la empresa finlandesa Fiskars, fundada en 1649, una de las empresas más antiguas del mundo, lanzó unas tijeras con mangos de plástico de color naranja, diseñadas por Olof Bäckström, que se hicieron muy populares y hoy son un clásico del diseño. El color naranja fue casual: el fabricante tenía plástico naranja sobrante de otra producción, y en una votación entre los empleados ganó el naranja frente al negro, el rojo y el verde. Fiskars incluso registró el color “naranja Fiskars” como marca.
Hay una curiosidad sobre las tijeras para zurdos: las tijeras normales están diseñadas para diestros, y cuando un zurdo las usa, las cuchillas tienden a separarse en lugar de juntarse, y la hoja superior tapa la línea de corte, lo que dificulta cortar con precisión. Las tijeras para zurdos tienen las cuchillas invertidas.
Las tijeras tienen también un valor simbólico. En muchas culturas, el acto de cortar una cinta con tijeras se usa para inaugurar edificios, puentes o eventos. En algunas culturas, regalar tijeras se considera de mala suerte, porque simboliza “cortar” la relación. Y en el famoso juego de “piedra, papel o tijera”, originario de China, donde se jugaba hace al menos unos 2.000 años, las tijeras ganan al papel y pierden contra la piedra.
Por qué importa. Las tijeras llevan más de 3.500 años acompañando a la humanidad, y su diseño es un ejemplo sencillo y eficaz de la física de las palancas.
DATO 2El paraguas tiene más de 3.000 años
Los paraguas aparecen representados en relieves del antiguo Egipto y de Asiria, en Mesopotamia, de hace unos 3.000 años o más. Pero en aquella época no se usaban para protegerse de la lluvia, sino como sombrillas para dar sombra y proteger del sol, sobre todo a los nobles, los reyes y los sacerdotes. Eran un símbolo de poder y de estatus: los sirvientes sostenían las sombrillas sobre la cabeza de los reyes. En los relieves asirios, como los del palacio de Nínive, se ve al rey bajo una sombrilla sostenida por un sirviente, y solo el rey tenía derecho a usarla. De hecho, la palabra “sombrilla” viene de “sombra”, y el término en inglés, umbrella, viene del latín umbra, “sombra”.
En la antigua China, los paraguas tenían una larga historia. Según la tradición, el paraguas plegable se inventó en China hace unos 2.000 años o más. Se fabricaban con papel o seda tensados sobre un armazón de bambú, y se impermeabilizaban con aceite, cera o laca, lo que permitía usarlos también para protegerse de la lluvia. Los chinos fueron probablemente los primeros en usar el paraguas para la lluvia. El número de capas de un paraguas indicaba el rango de su dueño: el emperador usaba un paraguas con cuatro capas. Desde China, el paraguas se extendió a Japón y Corea, donde los paraguas de papel encerado, llamados wagasa en Japón, son todavía un símbolo de la cultura tradicional.
En la antigua Grecia y Roma, las sombrillas se usaban sobre todo por las mujeres para protegerse del sol, y se consideraban un objeto femenino. Los romanos también las usaban en los espectáculos del anfiteatro.
En Europa, el paraguas para la lluvia tardó en popularizarse. Durante siglos, la gente se protegía de la lluvia con capas, sombreros y abrigos. En el siglo XVII y XVIII, las sombrillas y paraguas se pusieron de moda entre las mujeres de Francia e Italia. Pero en Inglaterra, el paraguas se consideraba un objeto femenino y afeminado para los hombres, e incluso se consideraba que usar paraguas era signo de que uno no podía permitirse un carruaje. Esto cambió gracias a un viajero y comerciante británico, Jonas Hanway, que había visto paraguas en sus viajes por Persia y, desde hacia 1750, empezó a usarlo en las calles de Londres durante unos 30 años, a pesar de las burlas de la gente y los insultos de los cocheros, que veían en el paraguas una amenaza para su negocio, porque la gente dejaría de tomar carruajes cuando llovía. Poco a poco, el paraguas se aceptó entre los hombres, y durante un tiempo se le llamó “Hanway” en Inglaterra. Se convirtió en un símbolo del caballero inglés.
En el siglo XIX, el paraguas se hizo más ligero y resistente. En 1852, el inglés Samuel Fox inventó un armazón con varillas de acero en forma de U, que sustituyó a las pesadas varillas de hueso de ballena o de madera. En 1928, el alemán Hans Haupt patentó un paraguas plegable de bolsillo, y en 1969, el estadounidense Bradford Phillips patentó el paraguas plegable moderno. Hoy existen paraguas automáticos, antiviento, con varillas de fibra de vidrio que se doblan con el viento sin romperse, y paraguas invertidos, que se cierran al revés para no mojar.
Se calcula que en el mundo se venden más de mil millones de paraguas al año. China es con diferencia el mayor fabricante: la ciudad de Shangyu, en la provincia de Zhejiang, se considera la capital mundial del paraguas. Por desgracia, los paraguas baratos se rompen fácilmente y son difíciles de reciclar, porque combinan metal, plástico y tela, lo que genera muchos residuos.
El paraguas tiene también un papel en la historia política: en 1978, el disidente búlgaro Georgi Markov fue asesinado en Londres con un paraguas modificado que disparaba una pequeña bola con veneno, la ricina, en un caso atribuido a los servicios secretos búlgaros con ayuda del KGB soviético. Y en 2014, las protestas prodemocracia de Hong Kong se conocieron como la “revolución de los paraguas”, porque los manifestantes usaban paraguas para protegerse del gas pimienta de la policía.
Por qué importa. El paraguas nació como sombrilla y símbolo de poder, y tardó siglos en convertirse en el objeto cotidiano que hoy usamos para protegernos de la lluvia.
DATO 1El frisbee se inspiró en moldes de pastel
El Frisbee, el famoso disco volador de plástico, tiene un origen muy curioso relacionado con una pastelería. La Frisbie Pie Company era una empresa de Bridgeport, en Connecticut, Estados Unidos, fundada en 1871 por William Russell Frisbie, que vendía tartas a las universidades de la zona, en unos moldes metálicos de hojalata con el nombre de la empresa, “Frisbie’s Pies”, grabado en el fondo. Según la historia más contada, los estudiantes de universidades como Yale, a partir de finales del siglo XIX o principios del XX, descubrieron que podían lanzarse los moldes vacíos entre ellos, y que volaban muy bien. Cuando lanzaban un molde, gritaban “¡Frisbie!” para avisar a los demás, como se grita “¡cuidado!”. Algunos relatos dicen que los estudiantes también lanzaban las tapas de las latas de galletas.
El disco de plástico moderno lo inventaron en 1948 el estadounidense Walter Frederick Morrison y su socio Warren Franscioni. Según contó Morrison, en 1937, él y su futura esposa, Lucile, estaban lanzándose la tapa de una lata de palomitas en una playa de California, y un hombre les ofreció 25 centavos por ella, cuando los moldes de tarta costaban unos 5 centavos. Se dieron cuenta de que había un negocio, y empezaron a vender moldes de tarta en las playas. Tras la Segunda Guerra Mundial, en la que Morrison fue piloto, diseñó un disco de plástico, más ligero y resistente que el metal, al que llamaron “Flyin-Saucer”, “platillo volante”, aprovechando la fiebre de los ovnis de la época: en 1947 había habido el famoso incidente de Roswell, y se hablaba mucho de platillos volantes. En 1955, Morrison diseñó un modelo mejorado, el “Pluto Platter”, “plato de Plutón”.
En 1957, Morrison vendió los derechos de su invento a la empresa de juguetes Wham-O, de California, fundada por Richard Knerr y Arthur “Spud” Melin, que también popularizó el hula-hoop. Wham-O comercializó el disco con el nombre de Frisbee, porque Knerr había oído hablar de que los estudiantes de las universidades del este llamaban así a los discos, en referencia a la pastelería Frisbie. Cambiaron la ortografía, de “Frisbie” a “Frisbee”, para evitar problemas legales con la marca de la pastelería, que casualmente cerró en 1958. Morrison ganó millones de dólares en derechos por su invento.
Un diseñador de Wham-O, Ed Headrick, mejoró el disco en 1964, añadiendo unos anillos concéntricos en la superficie, llamados “líneas de Headrick”, que mejoraban su estabilidad y su vuelo, y patentó el diseño. Headrick se convirtió en un gran promotor del Frisbee como deporte, y también inventó el disc golf, un deporte parecido al golf en el que se lanza un disco a unas cestas de cadenas, con reglas similares. Headrick pidió que, tras su muerte, sus cenizas se mezclaran con plástico para fabricar discos, y así se hizo tras su muerte en 2002.
¿Por qué vuela un Frisbee? Por una combinación de sustentación y efecto giroscópico. El disco tiene un perfil curvado, parecido al ala de un avión: cuando avanza por el aire, el aire pasa más rápido por la parte superior que por la inferior, y se crea una diferencia de presión que lo empuja hacia arriba. Además, el giro del disco al lanzarlo le da estabilidad, por el efecto giroscópico, como una peonza, y evita que dé vueltas de forma descontrolada. Sin el giro, el disco caería rápidamente.
El Frisbee ha dado lugar a varios deportes. El más conocido es el ultimate, un deporte de equipo creado en 1968 por estudiantes de un instituto de Maplewood, en Nueva Jersey, en el que dos equipos de siete jugadores intentan pasarse el disco hasta la zona de anotación del rival, sin correr con el disco. Tiene una característica única: no hay árbitros en la mayoría de las competiciones, y los propios jugadores resuelven las faltas según el principio del “espíritu del juego”, que valora el juego limpio y el respeto. El Comité Olímpico Internacional reconoció la Federación Mundial de Disco Volador en 2015.
El Frisbee también se usa en competiciones con perros, que atrapan los discos en el aire, un deporte muy popular llamado disc dog.
Por qué importa. El Frisbee nació de estudiantes que lanzaban moldes de tarta, y su vuelo es un ejemplo de física aplicada al juego, que dio lugar a deportes como el ultimate.
Resumen de los 10 datos
- El frisbee se inspiró en moldes de pastel.
- El paraguas tiene más de 3.000 años.
- Las tijeras existen desde el antiguo Egipto.
- Las gafas de sol se usaban en China antigua.
- El chicle moderno nació de un intento de caucho.
- La cremallera tardó décadas en popularizarse.
- Los clips se patentaron en 1899.
- El papel higiénico moderno es del siglo XIX.
- Las zapatillas deportivas usan caucho vulcanizado.
- Según la leyenda, las papas fritas de bolsa nacieron por un cliente quejoso.
¿Viste este carrusel en TikTok? Es el Dato #034. Cuéntanos en los comentarios cuál te sorprendió más.
Preguntas frecuentes
¿Quién inventó el chicle?
Thomas Adams lo comercializó en el siglo XIX tras fracasar al intentar hacer caucho.
¿De dónde viene el nombre frisbee?
De la Frisbie Pie Company, cuyos moldes lanzaban los estudiantes.